La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época

La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época: mujeres ayer admiradas, hoy olvidadas

martes, 12 de octubre de 2010

LA FORNARINA III: Los años oscuros

Una joven Fornarina, hacia 1900

En algún momento de su adolescencia, o quién sabe si de su niñez, Consuelo ingresó en las abundantes filas de la prostitución callejera.
Hemos de imaginar un Madrid en el que las posibilidades laborales de las mujeres humildes, eran escasas: en el servicio doméstico como criadas, cocineras, doncellas, etc ... generalmente mal pagadas y sufriendo toda clase de abusos; como lavanderas, modistillas o planchadoras en los muchos talleres que existían cuando aún no se había inventado el prêt-a-pòrter; como dependientas en comercios especializados en señoras o atendiendo puestos propios o ajenos en los numerosos mercados y mercadillos -desde aquí un emotivo recuerdo para las célebres verduleras -; y como artistas, por supuesto. Y poco más.
Hacendosa y formalita, desde pequeña

Mujeres que eran en la mayoría de los casos analfabetas o casi sin estudios, aprendiendo lo que entonces se llamaba "las 4 letras", ya que la educación no se consideraba aún imprescindible y menos para las mujeres. Con suerte, llegaban a ser las jefas y a regentar sus propios negocios.
Con más suerte todavía, se casaban más o menos bien y se dedicaban a su marido y a sus hijos hasta el final de sus días. Aquí estaría bien recordar que la esperanza media de vida en la España de 1900 era de ¡35 años!. La mortalidad infantil era muy elevada y las mujeres padecían una altísima tasa de mortalidad en el parto o el post-parto (por entonces puerperio), igual que sucede hoy en día en lo que llamamos el Tercer Mundo. Además en las clases populares no siempre había boda y los hijos ilegítimos eran numerosos.
No había mucho donde escoger pero sí
mucho que planchar

El caso es que Fornarina, cuando aún era Consuelito la hija de la lavandera, comenzó como tal, y tras no sabemos qué estado intermedio, terminó ejerciendo de meretriz en los mismísimos soportales de la Plaza Mayor madrileña. Viéndolo en perspectiva, resulta difícil de creer que la hija de un guardia civil al que podemos imaginar celoso guardián de la virtud de su hija -tal y como estas cosas de honor se trataban en la época-, pudiera vender su cuerpo en plena calle en el pueblo grande que era Madrid a principios del siglo XX, con poco más de 200.000 habitantes. Un lugar donde todo acababa sabiéndose.
De lo que nada se sabe es de la edad en la que comenzó su actividad mercenaria, aunque por entonces no existían demasiados escrúpulos en lo que a menores se refería, y se consideraba que una niña de 13 ó 14 años ya tenía cierta madurez sexual, sobre todo si era pobre.
Muchas niñas de las clases más desfavorecidas sufrían de abusos por parte de su entorno, a veces dentro de su propia familia o cuando se ponían a trabajar en el servicio doméstico, a merced de los impulsos de los señoritos calaveras.
El señorito y su entretenida, entreteniéndose

Sin que haya prueba de que fuera su caso, se sabe que por entonces algunos padres eran los primeros en ofrecer los encantos de sus hijas o incluso vender su virginidad. La necesidad era grande y muchos hombres bien situados estaban dispuestos a pagar mucho dinero por semejante perspectiva. Las chicas se convertían en mantenidas, entretenidas o simples busconas, dependiendo de su suerte, su inteligencia y su aspecto.
Consuelito era hermosa, con una belleza muy al gusto de la época, pecho abundante y cintura fina, cabellos espesos y ondulados, gesto simpático y desenvuelto. Lo que entonces y ahora se consideraba una chulona. Sin duda estos atributos llamarían la atención de los hombres, que le ofrecerían ganar en "un ratito" lo que probablemente no ganaría en una semana.
Aunque nunca renegó de su pasado -ni se jactó de él- cuesta trabajo creer que esta parte de su vida no causara ninguna reacción en su familia, a no ser que estuvieran al tanto de sus actividades, las admitieran tácitamente o incluso en su momento las fomentaran.
En el momento de la muerte de Fornarina, en 1915, vivían su padre y sus hermanos, a los que legó su fortuna, así que podemos pensar que sus relaciones con ellos, y más concretamente con su padre, fueron más o menos fluidas y normales.
Sólo podemos especular con lo que pudo suceder, pero es el caso que hacia 1900 Fornarina alternaba, literalmente, su carrera callejera con el posado para artistas (actividades intrínsecamente relacionadas en muchas ocasiones) o pequeñas figuraciones en el teatro de variedades. Porque, claro, siempre había otra salida para una mujer como ella: ser artista.

Y de cómo salió de la calle y dio sus primeros pasos en espectáculos de variedades, gracias a su belleza y su gracia naturales, trataremos en el siguiente capítulo.

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