La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época

La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época: mujeres ayer admiradas, hoy olvidadas

lunes, 4 de febrero de 2013

LAS OTRAS: Antonia de Cachavera (III)

Una lozana y exultante Cachavera en pose de
machicha, su número más conocido
y el que más fama le diera
Durante el año 1912 y gran parte de 1913 Antonia sigue trabajando en Barcelona en diferentes locales: el Edén Concert, la Gran Peña, el Gayarre (después Olimpia) y en el Petit Moulin Rouge, principalmente los dos primeros. Todos ellos situados en la zona del Paralelo, estos locales guardan similitudes notables con la propia Cachavera: de mayor o menor categoría (dependiendo de la obrita y el momento económico), siempre alegres, ruidosos, desinhibidos, dados al escándalo... y con múltiples problemas con la autoridad competente.
Las multas, los procesos a la moral y las prohibiciones de sus espectáculos estuvieron siempre presentes en la vida de Antonia. Sólo en el mes de mayo se le imponen tres multas de 500 pesetas y se le notifican dos más pendientes de pagar, de sus buenos días de Valencia. En octubre se niega a pagar la enésima multa, estando ya hasta el moño de tanto abuso administrativo, y se la llevan detenida. Pasa la noche en el calabozo pero ante la tesitura de pasarse quince días arrestada en una cárcel de las de entonces, al día siguiente paga todo lo que debe más recargos, fianzas, etc. En total acumula en poco más de un año veinte sanciones, todas ellas referentes a faltas a la moral. A todo y eso, a pesar del éxito de público, los críticos califican sus espectáculos como pornográficos y la consideran una artista "a la baja".
El Edén Concert y el "ambientazo" que cada noche le rodeaba
(fuente: rutesparallel.cccb.org)
A finales de 1912 la situación llega a un punto totalmente insostenible. En la noche del 3 de diciembre la policía barcelonesa realiza una redada nocturna que deja pequeña a cualquiera que hayamos visto en las clásicas películas americanas de gangsters: siguiendo ordenes del gobernador, y persiguiendo la pornografía y los juegos prohibidos(sic), los agentes acuden preferentemente a los locales donde hay camareras, detienen a sesenta mujeres de vida airada, multan a cinco artistas de café-concerts por inmorales y les pone multas de 25 pesetas, siendo la multa a los dueños de los locales de 100 pesetas, que para eso son los empresarios. La indomable Cachavera, que se resiste y se niega a pagar, es conducida al juzgado junto a la transformista italiana Fregolina.
Tina Parri, conocida como Fregolina, fue una artista
italiana de variedades que cultivaba
el género "a transformación"
La Junta de Espectáculos cierra el Edén Concert, el establecimiento de su clase mas antiguo de Barcelona, por el muy peregrino motivo de carecer de condiciones -como si alguna vez las hubiera tenido- y ya de paso cierran un cinematógrafo del Paseo de Gracia. Y aprovechando la coyuntura, teniendo en cuenta las telarañas que se acumulan en las arcas públicas, conminan a otros veintiocho locales a hacer obras de acondicionamiento, con sus correspondientes licencias. La campaña  moralizadora y de seguridad del  gobernador civil de Barcelona, da sus frutos económicos e higiénicos que durarán... unas semanas. En lo que se refiere al gobernador y a su prurito moralizante, ahí va una anécdota de cómo se las gastaba: la final de la Copa del Rey, que se iba a celebrar en el Estadio de la Industria del Barcelona entre el Barça y el Gimnástica Española, quedó aplazado por coincidir con el Miércoles Santo. Con las cosas de la moral y la religión no había bula, ni tan siquiera para el football. Por cierto, ganó el Barça 2-0.
La descocada Antonia, con sugerentes transparencias,
parece esperar, resignada, el momento
de su enésima detención
En octubre de 1913 Antonia es condenada por la Audiencia de Barcelona a dos meses de arresto "por escándalo público y desobediencia", aunque no ingresa en prisión al serle aplicados los beneficios de la ley de condena condicional. Ha llegado hasta el límite, debido a la despiadada e implacable persecución del gobierno civil hacia su género (el ínfimo y el femenino) pero también a la actitud de los críticos, que llegan a juzgarla como la causante de "exaltar a los morenos, que salen derechos a los alrededores donde hay instalado un barrio de clandestinas a precios módicos" . Harta y en bancarrota parte hacia Madrid, contratada por un local de segunda categoría, el Salón Madrid. Allí estrena obritas que ya en su momento representara en Barcelona, como "Dulce tango", "Noche pistonuda", "Señoras solas" y "La reina del molinete".
Y en el diminuto escenario del Salón Madrid estrena una obra en verso, "La bella Tenorio", que inopinadamente se convierte en un éxito de crítica y público. La noche del estreno se la escuchó en silencio (cosa rara) y tuvo un largo recorrido en la trayectoria artística de Cachavera.
La  Cachavera, aquí en deshabillé,  fue el terror
de los juzgados y de los gobernadores
civiles más escrupulosos
Pero poco duraban los apropósitos del género ínfimo en cartelera, y ya en noviembre nos la encontramos en el teatro Nuevo con los siguientes estrenos, o reposiciones: "Deshabillé", "También Pepita lo prueba", "Pelotas de fraile", "En la corte del sultán", "El bar del placer" y "El dulce meneo", junto a Chelito (que es la empresaria), Ninón y las jovencísimas Hermanas Rosas. Se repone "La cachunda", uno de los títulos emblemáticos de Cachavera, y todo parece ir bien hasta que recibe una nueva citación en Barcelona, acusada de nuevo por escándalo público y desobediencia. Es acompañada a la Audiencia por numerosas compañeras del espectáculo, recreando por unos momentos el célebre proceso de "La diosa del placer". Antonia es absuelta de desobediencia, hallada culpable de inmoralidad y no ingresa en prisión porque en estos casos nunca llegaba la sangre al río ni la indecente a la trena. Los juicios eran más ejemplarizantes que otras cosa y las multas servían más para recaudar que como advertencia.
Antonia regresa a Barcelona, durante las navidades de 1913, y actúa de nuevo en el Edén Concert. Regresa al Nuevo de Madrid y 1914 se convierte en uno de sus años más activos y viajeros. Aparte de idas y vueltas continuas a Madrid y Barcelona, actúa en múltiples escenarios de toda España. Tiene un éxito discreto pero muy ventajoso, económicamente hablando, en el Salón de Columnas de Bilbao. En Murcia y Valladolid tendrá sus respectivos escándalos, que bien merecen ser reseñados.
Antonia con alegre y primaveral conjunto,
y un sombrero de rosas en cascada,
ante una silla incómoda como pocas
En Valladolid estrena, la noche del 28 de mayo de 1914, uno de sus espectáculos sicalípticos en el Teatro de la Comedia. Es anunciada como "la reina del molinete" y los pucelanos aguardan su actuación expectantes. Comienza la función y, al cabo de unos minutos, aparecen los agentes de la autoridad que proceden a desalojar y clausurar el local por orden del gobernador. Del escándalo consiguiente contaron las crónicas que no se había conocido otro en Valladolid, ejemplar ciudad castellana de gentes recias, cristianas y poco propensas a soliviantarse que, mira tú por donde, se soliviantaron aquel día todo lo que no habían hecho durante siglos. Antonia y otras artistas del elenco, desvestidas ya para la función, salieron a la calle indignadas y muy ligeritas de ropa, rumbo a la comisaria. Detrás de ellas, en alegre cofradía, el público asistente a la función, más vestidos pero no menos exaltados. La procesión, como no se recuerda otra en ciudad con tan bellas procesiones para Semana Santa, fue recordada durante mucho tiempo y de ella se hicieron eco los medios como el "penúltimo" escándalo de la Cachavera. Pero no, el penúltimo estaba por llegar, y fue acaso el más sonado y desagradable de todos cuantos tuvo que sufrir nuestro "diablo con faldas".
Murcia en una foto antigua tomada desde la catedral
(fuente: descubriendomurcia.com)
Antonia fue contratada en enero de 1916 para dar tres representaciones en el Teatro Ortiz de Murcia. Como su fama la precedía, el gobernador civil quiso curarse en salud y citó a la cupletista en su despacho antes de que comenzara su contrato. Siendo este gobernador, cosa rara, de ideas más bien abiertas y tolerantes hacia el género ínfimo, negoció con Cachavera asegurándole que no habría prohibiciones ni multas pero que, en contrapartida, ésta tendría que bajar el listón de la picardía en su actuación. Los periódicos clericales, no contentos con esto, iniciaron una campaña contra el gobernador y la artista. Un grupo de Acción Católica fue expulsado del propio despacho del gobernador, harto ya de presiones e insultos. Como es de suponer, no quedó ahí la cosa y decidieron montarla el día del estreno. Salió Cachavera a escena y, nada más empezar, "comenzaron los asnos piadosos a rebuznar" (tal y como aparece en un periódico de la época), intervino la policía y expulsó al grupo, formado por unos treinta individuos, en medio de los silbidos y los aplausos al gobernador por parte del público del teatro. La función pudo terminar, pero esta historia le dejó a Antonia un regusto amargo ya que la campaña promulgada por los medios clericales había sido de una ferocidad rayana en el ultraje. Para más inri, la artista estaba ya embarazada del que sería su segundo hijo. El niño nació en mayo de 1916, apenas cuatro meses después del escándalo de Murcia. Tras un parto difícil y problemas que no se especificaron, el bebé vivió apenas unas horas. Antonia quedó desolada y muy afectada tanto moral como físicamente. Visto en perspectiva, aquella airada reacción de los grupos ultracatólicos de Murcia bien pudiera haber tenido su origen, más que en la actuación de Cachavera (al parecer, muy contenida en esta ocasión) en su ya más que evidente embarazo, sin estar casada "como Dios manda" y algunos intolerantes exigen.
Estas enfermeras inglesas en la Primera Guerra Mundial guardan
una curiosa relación con la biografía de Cachavera
Una vez recuperada, Antonia sigue trabajando incansablemente (tiene otro hijo que mantener) y en julio de 1916 ya está actuando en el Monte Carlo de Barcelona con un espectáculo "como para que no dejen entrar a los solteros". A continuación es contratada por el Trianon Palace de Valencia, por el Teatro Circo de Reus y de allí a Tortosa, donde estrena "Justino el jardinero", una de sus obras más picantes. A pesar de tanto contrato, en una entrevista que se le hizo en el mes de octubre declaró que su único deseo en esos momentos era salir de España y presentarse voluntaria como enfermera, para así atender a los numerosos heridos que la Gran Guerra estaba causando en el resto de Europa. Detrás de esta curiosa declaración se esconde una historia más sórdida y aún más triste: otro escándalo y su consiguiente juicio, esta vez en La Unión y sin policías de por medio. El caso es muy delicado, "sensible" decían por entonces, y convierte a Cachavera en una de las primeras víctimas de acoso laboral que han defendido su inocencia en el banquillo. Al parecer, el alcalde de La Unión, solidariamente apoyado por su entusiasta secretario, pretendió de la artista una actuación personal en su despacho, de las que hoy diríamos que llegan hasta el final. Antonia se negó contundentemente, menuda era ella para estas cosas, y fue denunciada por escándalo e inmoralidad en represalia por su negativa. Cuando llegó el momento del juicio Antonia se defendió de la manera en que ella hacía las cosas: con dignidad y firmeza. El secretario ni se dignó a aparecer por el juzgado y el alcalde, en un tardío gesto de caballerosidad, reconoció que había existido un "malentendido" y que la artista no era culpable de lo que se le acusaba. Fue absuelta, pero este proceso da mucho que pensar sobre todo lo que esta mujer, y otras como ella, tuvieron que soportar en manos del cacique de turno. Por supuesto, no acabó de enfermera voluntaria en la guerra. Ya bastante tenía con su guerra diaria...
Antonia en 1916, siguiendo los dictados de la moda:
traje suelto de talle bajo, tocado de plumas
y peinado sin voluminosos postizos
Durante los años 1918-1919 pocas noticias se tienen de Cachavera. No hay reseñas sobre actuaciones suyas, si acaso alguna evocación de su figura por parte de admiradores que no la olvidan. En estos dos años tuvo otro hijo, una niña, y vivió una vida retirada de los focos, dedicada a su familia, a sus amigos (Álvaro Retana es uno de ellos) y a una de sus principales aficiones, la lectura. Es todavía joven pero ha vivido con demasiada intensidad, especialmente en los últimos años. Ha pasado por situaciones altamente estresantes que ha tenido que superar casi sin otra ayuda que no fuera la de su voluntad. El acoso, cuando no derribo y captura, por parte de estamentos públicos y religiosos, la pérdida de su hijo recién nacido, su errática vida sentimental,... todo ello le pasa factura y decide huir "del mundanal ruido" durante estos dos años. Se siente desorientada y teme haber perdido la ilusión primera, aquella que le llevó a huir de la casa de sus padres para buscarse la vida en los escenarios. Volverá en 1920, renovada y con ganas de presentarle batalla, la enésima, a todo gobernador civil, obispo o rijoso alcalde que se le ponga por delante.
La sonrisa de Cachavera en 1920, fotografiada
por Calvache y anunciando su exitosa
reaparición en el Romea
Durante el tiempo de su voluntario exilio Antonia ha estado reflexionando sobre cómo sería su vuelta a los escenarios. Bien aconsejada y aprendiendo de errores pasados, decide darle un vuelco a su carrera y adquirir un repertorio más culto y apto para todos los públicos, cambiar su imagen sicalíptica por otra más elegante y huir, o al menos intentarlo, de polémicas y conflictos con las fuerzas vivas. Lo primero que hace es ponerse en contacto con los autores dramáticos más prestigiosos de la época: Jacinto Benavente recibe una carta suya en la que le pide una canción, un monólogo, algo, cualquier cosa que de su pluma venga. La carta es extraordinaria, bien escrita y pintorescamente razonada. Benavente pide conocer en persona a Cachavera y se presenta en su habitación del Hotel Sevilla de Madrid. Resultado: le escribe un monólogo y unas cuantas piececitas cortas, que pone a disposición de la bella Antonia. Y no sólo es Benavente el que se adhiere al debut de Cachavera, también consigue ésta colaboraciones de los hermanos Álvarez Quintero, de Muñoz Seca, Martínez Sierra o García Álvarez, entre otros. Por supuesto, las colaboraciones se pagan, pero no deja de resultar chocante que tan ilustres autores, considerados como "serios", escribieran para la que Retana calificaba como una "flor pasional abierta al deseo de las multitudes".
Los prolíficos y enormemente populares hermanos
Álvarez Quintero escribieron una pieza
para la reaparición de Cachavera
Lo primero de todo, incluso en 1920, es la publicidad. Durante semanas aparecen en la prensa reseñas sobre la reaparición de Cachavera en las que se incide sobre todo en su nuevo repertorio -escrito por tan prestigiosos autores-, serio o cómico pero siempre culto y limpio de frases de dudoso gusto, y no menor es la incidencia en que "se presentará completamente transformada en lo que a modalidad artística se refiere". La elección de la sala ya indica algo sobre el giro que Antonia quiere dar a su carrera, ya que el Romea sigue siendo el mismo ruidoso teatrito de siempre, pero no es el Salón Madrid precisamente. Acaba de despedirse Carmen Flores, con su estilo desenfadado, ingenuo y algo kamikaze, con un estruendoso éxito. Los empresarios apuestan por la otrora escandalosa Cachavera, y su apuesta resulta ser un éxito.
El cambio en el vestuario, más elegante y sofisticado,
fue otra de las características de
la "rentrée" de Cachavera 
En cuanto salió a escena, consiguió destruir y borrar su pasado. Emocionada, nerviosa como la primera vez, consigue sobreponerse a fuerza de talento y verdad. El repertorio escogido con tanto mimo triunfa.También su nueva imagen. Comienza para Antonia de Cachavera, la "princesa de las tentaciones", una nueva etapa en su vida, completamente diferente de la anterior... ¿o no?
Lo averiguaréis en la próxima y última entrada sobre su vida y obras.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Intermedio: UNA NAVIDAD DEL CUPLÉ

Este blog ha cumplido dos años en octubre y, hasta ahora, no se me había ocurrido dedicarle una entrada a las navidades de los tiempos del cuplé. Le agradezco la idea, deliciosamente desarrollada en su blog, a mi amiga de "enAteneo" (http://enateneo.blogspot.com.es/). A ella está especialmente dedicada esta entrada. Y a todos vosotros, mis lectores.
La Sultana, enésima cupletista de moda, era portada de la edición del 25 de diciembre de 1912 en la prestigiosa revista "Mundo Gráfico". Parecía desearnos, con su rotunda presencia física, esplendorosas y contundentes comilonas navideñas, señal inequívoca de prosperidad por aquellos años.

Aquellas Navidades de 1912: de cuplés, reinas, pavos y cosas que nunca cambian

Hace exactamente 100 años nuestros antepasados, tanto los ilustres como los ignorados, tanto los nobles como los plebeyos, celebraban la navidad y el año nuevo ateniéndose a tradiciones que aún seguimos nosotros y perdiendo otras que ya nunca volverían, exactamente igual que ahora...
Para celebrar aquellas contundentes comilonas era obligación, en todo hogar burgués o mínimamente acomodado, un banquete a base de pavo. La diferencia con nuestros días era la convivencia previa de la familia con el desdichado animalito, durante unas horas en las que se daban todo tipo de imprevisibles situaciones.
Estos otros animalitos se libraban de ser carne de banquete (al menos, durante  la navidad de 1912) y celebran su suerte con una muy particular y nevada navidad. Esta ingenua postal del caricaturista Louis Wain, era muy del gusto en aquellos años en lo que se refería a felicitaciones navideñas.
Y para quien se queje de la gastronomía navideña del siglo XXI, aquí le dejo una receta de pavo de hace justo un siglo. A ver quién es el guapo o la guapa que con ella se atreve.

Pavo en galantina:
Bien vaciado y limpio un pavo (recordad que había que comprarlo vivo y "ejecutarlo" en casa), chamuscado y separados todos sus despojos, se deshuesa y en crudo, lo que queda.
Se deshilacha (un premio para quien me diga qué técnica es esta del deshilachado) la carne de las pechugas y de las patas o muslos y se ponen en una ensaladera, sazonando con sal, pimienta y una rociada de gotas de aceite.
Se deja que el pavo tome la sazón un par de horas, y entretanto se van picando media libra de ternera (otro premio para el que me dé las equivalencias de los pesos y medidas de entonces), otra media de jamón crudo y un cuarterón de tocino muy fresco, que se sazona, al mezclarlo bien, con todas (sí, sí, todas) especias, mojándolo además con una copa de cognac.
Se amasa luego, para expresarlo mejor esta mezcla, con la carne deshilachada del pavo y se le van incorporando trufas en la cantidad que se quiera (con la crisis del 2012, ni una), cortadas como medias pesetas, y también cuadraditos de lengua a la escarlata y alguno que otro pistacho mondado.
En la cocina antigua, con todo esto o cosa parecida se rellenaba un pavo deshuesado y se concluía la operación asándolo o braseándolo, pero es faena molesta y poco práctica, y conviene terminar el procedimiento según mi receta (estáis avisados).
Ya la masa bastante trabajada, se moldea en forma cilíndrica, en un lienzo fuerte de hilo, que la da diez o doce vueltas(?!), para prensarla y ceñirla bien con bramantillo.
Se coloca la galantina en una cacerola de brasear y sobre brasas, con fuego encima de la cobertera de campana, que ha de cubrir la cacerola, y se cuece durante tres horas en caldo concentrado que la bañe con las grasas y desperdicios de la preparación, dos manos de ternera y todos los despojos y huesos del pavo. Se agregan (si a estas alturas no se te ha prendido fuego la cocina, o la casa entera) zanahorias, cebollas y nabos, sazonando fuerte, y al cabo de las tres horas se saca la galantina de la cacerola, se desata y se rectifica cualquier deformidad, se envuelve nuevamente en el mismo lienzo (otras diez o doce vueltas, pero esta vez con el trapo pringadito perdido), pero ligando con bramantillo nuevo, y se coloca el manjar entre dos tablas, poniendo en la de encima mucho peso para que la carne suelte todo su jugo.
A las doce horas (tiempo necesario para descansar de la receta, ni una hora menos), y en sitio fresco, se saca la galantina de su envuelta y se coloca en una fuente larga y allí, con un pincel, se le van dando manos de manteca de cerdo nada más que derretida, para que al concretarse cada untura formen todas, una capa sobre la superficie de la galantina del espesor que se quiera, pues depende de la cantidad de manteca de cerdo y de la paciencia del operador.

(En fin, que no se diga que en este blog no se dan recetas. Ya me contaréis qué tal os quedó la galantina, espero impaciente vuestros comentarios).

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Entonces, como ahora, los mercadillos navideños eran un buen motivo para distraer a los niños y calmar el ansia consumista de los pequeños... y de los mayores. Este mercado de la plaza de Santa Cruz en Madrid ya no se celebra, igual que los niños ya no visten de marineritos ni las señoras se ponen faldas largas cuando llueve. 
Otro mercadillo navideño, esta vez en Barcelona, con sus señoras encopetadas comprando y los vendedores tocados con gorrilla: en los sombreros se veían claramente las diferencias de clase, situación que se repite en los más pequeños...
...como estas niñas, tan elegantes como formalitas, con sus aparatosos sombreros de lazada de raso.  Eso sí, entonces como ahora, los puestos con figuritas para el belén eran una tentación irresistible y causaban el mayor de los asombros.
Los deportes de invierno, recientemente puestos de moda, servían como reclamo publicitario de este establecimiento madrileño de "delicatessen": jamones, turrones, mazapanes y vinos de crianza, entonces llamados "viejos".
El tamaño siempre ha importado: cuanto mayor era una cesta, mayor la satisfacción del que la recibía y  mayor el prestigio del que la regalaba. Eso sí, el contenido era digno del peor de los ataques de gota.
Y para aquellos que se tenían que contentar con mirar las cestas desde el otro lado del escaparate, siempre quedaba una opción: la caridad. Estos pobres salen del ropero del Palacio Real de Madrid, donde la realeza y la aristocracia lavaban sus ociosas conciencias. Para comer estaban los comedores de beneficencia, casi siempre llevados por órdenes religiosas.
Para los pobres siempre quedaba una esperanza, la ilusión improbable pero enormemente popular de que te tocara la lotería de navidad, el famoso "Gordo" (la gordura era sinónimo de riqueza y salud) que, entonces como ahora, tenía un enorme poder de convocatoria.
Y para celebrar que te ha tocado, al menos, una "perra gorda" en la  pedrea, qué mejor que brindar con sidra "El Gaitero": más barata que el champagne francés, más conocida que el cava catalán (aún no tan extendido su consumo como ahora) y con baja graduación alcohólica, apta para dignas damas y menores de edad.
Y después de cenar, tras el brindis, todos al teatro. En la navidad de 1912 triunfan las operetas, como esta de "Los húsares del Káiser", con las deliciosas Ana Lopetegui, Julia Fons y Amparo Pozuelo. Espectáculo familiar, apto para todos los públicos (como la sidra) igualaba en popularidad al cuplé, entretenimiento de mayor graduación (in)moral.
Entre las cupletistas, muchas de ellas tan deslumbrantes y efímeras estrellas como la del portal de Belén, destaca en  la navidad de 1912 la Bella Montalvito. Como reza el pie de foto triunfa en América y se marcha escopetada a París, para celebrar allí la Nochevieja de 1912, probablemente la mejor de su vida.
Y para damas que desean mejorar su aspecto sin ir maquilladas "como una vulgar cupletista" hay productos milagrosos como la Creme Sirena, en dos tonos: blanco para toda mujer y rosa para las pálidas o morenas(?). Para las de color verde o violeta tirando a rojo, la Creme Sirena, simplemente, no servía.
El estilo que comenzaba a imponerse en la moda, basado en la antigüedad clásica, se basaba en  la palidez, la delicadeza y la languidez de las prendas sueltas. Esta innovadora portada de Nuevo Mundo celebraba una navidad modernista.
Como no podía ser de otra manera, una parte importante de la dicha navideña consistía en el arte de regalar y ser regalado. En los tiempos del cuplé, la zarzuela y la opereta, regalar un piano o una pianola (menos exigente) era una opción elegante, aunque el gramófono estaba empezando a ponerle las cosas difíciles.
A la reina Victoria Eugenia le llegaban los regalos en las navidades por partida doble, ya que celebraba su cumpleaños el 23 de diciembre. Sus joyas fueron famosas, por su gusto y por su gasto, una manera como otra cualquiera que tenía su marido de hacerse perdonar sus innumerables infidelidades.
Y para terminar, os dejo la felicitación del Año Nuevo 1913, de la delicada Mademoiselle Marguerite de Denain, artista francesa de variedades. En su gesto se resume esta entrada y, acaso, todo este blog: la nostalgia, la dulce nostalgia, ya no es lo que era...

lunes, 26 de noviembre de 2012

LAS OTRAS: Antonia de Cachavera (II)

Antonia de Cachavera y otros miembros del elenco, en el escenario
de "Las Bribonas", concretamente en la escena XX del Cuadro V
El 10 de junio de 1908 se estrena en el teatro Apolo de Madrid, una obrita de género chico llamada "Las Bribonas", con libreto y letra de Martínez Viergol y música del maestro Calleja (sobre ella tenéis numerosa información en la red). El género chico, que se encuentra en su momento de máximo apogeo, se ha visto influenciado en los últimos años por la sicalipsis y en "Las Bribonas" se encuentra, probablemente, su máximo y más digno exponente. Siendo en su momento una obra influyente y de una calidad por encima de la media, aún se repone en la actualidad, a diferencia de otras muchas que se han perdido -algunas, merecidamente- en el mayor de los olvidos escénicos. Pero para este blog y la entrada que nos ocupa, es importante por lo que significó en la carrera artística de Cachavera.
Antonia, perfecta en su papel de Mademoiselle Margherite,
luciendo deshabillé y coquetos lazos en el Cuadro III
Después de estrenarla en el Tívoli de Barcelona, donde tuvo sus más y sus menos con la empresa, Cachavera pasa a formar parte de la compañía que la estrena en el teatro Duque de Sevilla, interpretando de nuevo a la (aparentemente) casquivana Mademoiselle Marguerite. Tiene tanta confianza en su papel y en la obra, que encarga su vestuario a una casa de modas parisina, gastándose en sus toilettes escénicas la friolera de 6.000 francos de entonces. Esta costumbre nos puede resultar chocante hoy en día pero en aquella época no era infrecuente que una artista llevase su propio vestuario a escena: seguir la última moda y vestir lujosamente no era algo que se incluyese en los presupuestos de las compañías de género chico, la mayoría de ellas modestas y algo toscas para los detalles.
Cachavera, Pepe Alfonso y Elias Herrero en la escena II del Cuadro III,
con Antonia en el deshabillé que luce en la foto anterior
Pero no todo es moda y apariencia. Antonia triunfa en "Las Bribonas" principalmente por su talento escénico, su habilidad innata para la comedia y su voz, pequeña pero bien modulada, con la que canta los "Cuplés de la modista", que se convertirían en un clásico del género y en la pieza insustituible del repertorio de la tiple. En la obra canta, baila, interpreta, luce palmito y ofrece al público, con la generosidad que siempre le fue característica, su personalidad abierta y desinhibida.
En el la escena VII del Cuadro I, Antonia junto a Rosita Viñas, Pepe Alfonso y
Elías Herrero, en el  número del baile inglés "Muy buenos días"
En el teatro Duque de Sevilla actuará con enorme éxito "la hermosa tiple madrileña Cachavera" durante unos tres meses, simultaneando "Las Bribonas" con otras obras, tales como "Certamen nacional", "San Juan de Luz", "La balsa de aceite", "La república del amor" (otro de los grandes éxitos del género chico) e "Imposible l'hais dejado" que, con tan chusco título, tuvo de imposible tanto el argumento como el éxito, resultando un enorme fracaso. La que no fracasa es Antonia, que creciéndose con la enorme fama adquirida, pide a la empresa del Duque un aumento de sueldo que, de nuevo, no consigue. Y, de nuevo, sale Antonia disparada de los escenarios sevillanos, buscando y consiguiendo trabajo como tiple en el teatro Principal de Alicante. Pero a Sevilla tiene que regresar, esta vez llevada por la irresistible llamada de su enésimo pleito.
Cuando Antonia sale escopetada de Sevilla, desaparece su serrano cuerpo pero queda allí la impresión de su elegante y bien vestida figura, con aquellos famosos trapitos franceses que le habían costado un españolísimo riñón. La empresa del Duque, tan tacaña como espabilada, decide copiar las toilettes y colocárselas a Amaparito Bori, la tiple que ha sustituido a Cachavera en su papel de Margherite en "Las Bribonas". La desvergüenza llega al extremo de incluir otro de los atuendos fusilados en la obra "La Brocha Gorda".
Amparito Bori en "La Brocha Gorda", postal que incluye la leyenda:
"Trage(sic) que motivó el pleito con La Cachavera"
Antonia se entera del apaño e interpone la correspondiente demanda en los tribunales de Sevilla contra la empresa del Duque, solicitando una indemnización de 5.000 pesetas que es, al parecer, lo que le pagó al modisto parisino. Teniendo en cuenta que anteriormente había declarado que el coste de los trajes había sido de 6.000  francos, o bien rebajó sus pretensiones ante la ley o el cambio de la época resultaba ventajoso a la peseta... caso raro, muy raro de creer. En fin, la justicia falla y lo hace a favor de Cachavera, quedándose la Bori compuesta y sin trajes. La carrera de la bella Amparito quedó asimismo en suspenso, sin ser culpable de nada que no fuera lucir su palmito con las toilettes diseñadas para otra. A la Bori volveremos más tarde, siendo como fue, una más entre las "bellas olvidadas".
La Bori, esta vez en "Las Bribonas", con idéntica
leyenda explicativa pero diferente trage(y de nuevo, sic)
Antonia continúa su carrera triunfal y, mientras hace temporada en Alicante, regresa brevemente a Madrid para actuar en el baile de la sociedad La Bagatela, celebrado el 10 de febrero de 1910 en el teatro de la Zarzuela. Vuelven a contar con ella tras el éxito obtenido el pasado año con su famoso traje de tul transparente, aunque este año decide enseñar menos y cantar más. Interpreta el cuplé del minino de "La república del amor" (no confundir con el morrongo de "Enseñanza libre", aunque en él se basa) y baila la machicha de "La carne flaca". Los títulos de género chico se suceden a tal velocidad que, a estas alturas, ya nadie sabe si es la república la flaca y el amor es a la carne. Aunque algo de todo esto había.
Escena de "La república del amor", con las señoritas
Sánchez Jiménez (Marioneta) y Manso (Soldadito)
Cuando termina en Alicante, después de un breve paso por Orán, es contratada por el teatro Máiquez de Cartagena y allí sucede algo que ya estábamos echando de menos: el alcalde decide clausurar el teatro (y de paso, otros locales del género ínfimo) a causa de los frecuentes escándalos que provoca Cachavera noche tras noche. Después de esto, y acostumbrada como está, continúa impertérrita sus galas veraniegas (los famosos bolos por provincias) hasta que regresa al escenario de una gran ciudad, esta vez Barcelona y en el teatro Gran Vía, que reabre como una "sucursal del Eslava" madrileño, especializado en género chico. En Barcelona residirá durante unos meses, convirtiéndose más adelante esta ciudad en su lugar favorito para actuar y para vivir, pero en la primavera de 1910 la volvemos a ver girando por España, actuando en el Principal de Málaga, el Máiquez de Cartagena (sí, el del penúltimo escándalo) y, de nuevo, el Duque de Sevilla.

Antigua litografía del Teatro Duque de Sevilla, ya derribado,
y que estaba situado en la plaza del mismo nombre
En Sevilla tiene Cachavera un público incondicional y, al parecer, había hecho las paces con la demandada empresa del Duque o bien, cosa nada infrecuente, la empresa ya era otra. En su escenario representa las obras "La cachunda" e "¡... Y cómo me pica!", título éste último merecedor de ser incluido en una antología, no se sabe si sobre la sicalipsis escénica o sobre dermatitis y otras alergias. Estas obras, desenfadadas y sin pretensiones, entusiasman a los espectadores sevillanos tanto como a los barceloneses, a los murcianos o a los madrileños. Si algo unía a los españoles de la época era su solidaria afición al género ínfimo.
"Os contaré un secreto: soy capaz de hacer cosas mucho mejores,
pues talento no me falta...", parece decirnos Cachavera
Pero Antonia no se conforma con la sicalipsis y el 10 de mayo de 1910 estrena en Sevilla un monólogo lírico titulado "La tiple", escrito expresamente para ella por el periodista Juan Antonio de Eguilaz. En este monólogo, cómico y crítico a partes iguales, con un cierto toque de lucidez y amargura, la Cachavera de rotundas carnes deja entrever un fondo sensible y vulnerable. La crítica se deshace en elogios pero, desafortunadamente, el monólogo no dura en escena más allá del tiempo necesario para otorgar cierto prestigio a la monologuista.
Pero el prestigio no es algo que dé de comer y a continuación Antonia regresa a Madrid, al Salón Madrid para ser más exactos (ese "antro de amoralidad" que tan bien funcionó durante el reinado de la sicalipsis), para actuar en programas de variedades figurando como "la verdadera creadora de la machicha", obviando así al inolvidable dúo de Las Argentinas, que fueron las auténticas creadoras. En el Madrid toma parte en un entremés titulado "Del baile al lecho", con la autoría reconocida -por increíble que parezca- de Huete Ordoñez en el libreto y el maestro Muñoz en la música. Quede como muestra del género esta breve descripción de lo que en escena acontecía: "...Cachavera ha hecho una auténtica creación en su picaresco papel de artista de varietés, y así cuando viene a su alcoba coquetona, del baile de disfraces, derrochando alegría y un tanto achampanada, como en los cuplés del "chupa-chupa" que corea el público mientras ella lanza bocanadas de humo, está inimitable". Todas las noches se agotan las localidades.
Las tiples de "La diosa del placer" durante el proceso:
obsérvese el sombrero de Cachavera, no lo había más grande y aparatoso
En junio de 1910, tres años después del suceso, llega el momento del juicio por "La diosa del placer". Si conocéis las entradas que al respecto están publicadas en este blog, poco más hay que añadir. Si no es así, aquí tenéis un breve resumen: después de tres años, el fenómeno de la sicalipsis en los escenarios españoles ha "evolucionado" de tal forma, que lo que en 1907 se consideraba el colmo de la desvergüenza es visto ahora como un entretenimiento inofensivo; si entonces las tiples fueron motivo de escándalo por ir en camisa, poco después se quitaron la camisa, más tarde se pusieron mallas y ahora ni eso. Nadie se ofende ya por un sensual garrotín cuando más tarde llegaría la machicha, con sus explícitos movimientos. Y así las tiples, los autores y el empresario son absueltos en un proceso que hoy definiríamos como mediático y que tuvo momentos francamente hilarantes (ver la foto de las artistas maniatadas).
Antonia, abajo a la derecha, y el resto de implicados en el proceso de
"La Diosa del placer", tiples y autores mezclados, que no revueltos
Antonia sale indemne de este caso, e incluso con su fama reforzada ya que el escándalo siempre le sentó bien a su carrera. Sigue actuando en el Salón Madrid con "Del baile al lecho" y "El último recurso", donde canta picarescos cuplés que son coreados por el entusiasta público. Pero Cachavera no sería lo que fue si no fuera por lo que era: una de las artistas del cuplé que más veces pasó por los juzgados y las comisarías de España.

Una tiple enfurecida y un empresario acongojado o cómo aprender a no mentar un impuesto para desfacer un entuerto

La noche del 13 de junio de 1910, estando ya próximo a finalizar su contrato en el Madrid, Antonia tiene un sonado encontronazo con el representante de la empresa, el sufrido Sr. Hernández. Cierto es que tan sólo se conoce la versión del empresario, ya que éste se encargó de difundir un comunicado en prensa exponiendo su punto de vista como víctima de la "feroz" Cachavera. Y esta parcial versión de lo ocurrido, a falta de otra, es la siguiente: aquella aciaga noche, y por razones que se desconocen, Antonia decide unilateralmente alterar el programa e incluir en la función números no dispuestos por la empresa. Como era de esperar, el número es el que se forma tras el telón, con el público impaciente sentadito ya en sus butacas. El Sr. Hernández se niega a cambio alguno, Antonia amenaza con largarse y Hernández se ve obligado a recurrir a la autoridad competente que se encuentra en el local, pero ni empresario ni autoridad logran doblegar a la indómita cupletista. Ésta pide su finiquito, Hernández le dice que, bueno, pero que le tiene que descontar un cinco por ciento del impuesto de utilidades, ya que con Hacienda -entonces, como ahora- no se juega. Antonia monta en cólera "en forma incorrectísima, verdaderamente soez".
Cachavera o el azote de los empresarios,
siempre según la versión de éstos últimos
La escandalera ha llegado hasta el público, la cosa se pone fea y la policía se lleva a la desatada Antonia, una vez más, a comisaría. Pero la tiple no se da por vencida y a continuación demanda a la empresa del Salón Madrid por el impago de su sueldo durante los veinte días que ha estado allí actuando. El Sr. Hernández no da crédito y cuando se repone del soponcio inicial demanda a Cachavera por incumplimiento de contrato. Y consigue demostrar el pago religioso de la empresa a la artista de todos y cada uno de los días en que ésta actuó en el Salón Madrid, "exactamente uno por uno", según sus propias palabras, presentando los correspondientes recibos.

Conclusión: Hernández no tuvo nada que pagar, Cachavera pagó lo que debía y Hacienda, una vez más, se quedó con su parte sin que en ningún momento le fuera discutida. Entonces como ahora.

Quedándose en nada, o en muy poco, el enésimo choque de Cachavera con los empresarios de variedades, y aprovechando que ya ha comenzado la temporada estival, decide la tiple hacer una pequeña gira que le lleva al Cómico de Huelva y al Teatro de Verano de Melilla, entre otros. Por increíble que parezca regresa al Salón Madrid durante unos pocos días, formando parte de un espectáculo de variedades. No impone condiciones ni es figura de cartel, limitándose a ser una más del elenco, calladita y obediente como la que más. Después es contratada, muy ventajosamente, por el Teatro Lópe de Vega de Valladolid donde es premiada por su buena conducta con interesantes papeles en "La corte de Faraón" y la opereta "El conde de Luxemburgo" junto a su vieja conocida, Ascensión Méndez y el prestigioso Enrique Palacios. En este teatro, y como tiple, actuará durante una larga temporada.
Antonia escondía, tras su apariencia elegante y sosegada,
una personalidad hecha para el pleito y la demanda
Todo parece ir bien hasta que, con fecha del 19 de diciembre de 1910, el nombre de Antonia de Cachavera y Aguado ("coupletista, mayor de edad, sin vecindad fija y que se halla en rebeldía") aparece en el Diario Oficial de Avisos por su incomparecencia y condena posterior en el juzgado del distrito de Palacio de Madrid. Todo ello motivado por una deuda de 850 pesetas contraída con el escribiente Nicanor del Castillo y Rodríguez, en concepto de no sabemos qué. Antonia, en paradero desconocido, es condenada y se le insta a pagar esa cantidad, más costas, intereses y otras cosicas, a pesar de haber hecho declaración previa de pobreza. Algo difícil de creer por parte del ilustre juez, don Adolfo Suárez, ni por don Nicanor, ni aún tocando el tambor.
Antonia, en un evidente estado "interesante"
que ni la túnica de corte imperio podía ocultar
Respecto a la vida privada de Cachavera poco os he contado ya que fue, paradójicamente, una de las artistas más discretas y celosas de su intimidad de los tiempos del cuplé. Así como no le dolían prendas a la hora de actuar, de demandar, de discutir o de lucir exagerados sombreros, en lo que se refiere a su vida privada Antonia se convertía en una criatura recatada, casi gris de tanto querer pasar desapercibida. Sin  embargo vida privada tenía, claro está, y fue sin duda tan poco convencional como su temperamento. Tuvo varias parejas, con o sin papeles por medio, siendo una de las más conocidas la que formó con su representante Antonio Díaz. Con él compartió, al menos, un hijo y no pocos pleitos. El más sonado de los cuales fue el motivado por un contrato en Cuba que artista y representante incumplieron. La excusa fue la del embarazo de Cachavera, en febrero de 1911 a punto de dar a luz, siéndole por tanto imposible embarcarse para La Habana. Sin embargo, el embarazo no impidió a la pareja cobrar las 1.700 pesetas que los empresarios Santos y Artigas les habían adelantado para los gastos del viaje. Estos empresarios, establecidos en Cuba, envían como intermediario al artista José Toresky para que visite a la pareja e intente convencer a Díaz del pago de su deuda, pero éste alega reveses familiares, el embarazo de Antonia, etc, disculpándose por todo ello y prometiendo pagar lo que debe.
Toresky era un transformista, un actor cómico que cambiaba
de personaje para contar diferentes historias
Este pago no se realiza nunca y la pareja es demandada, ya que ambos firmaron el recibo de la discordia. A raíz de este suceso conocemos un dato que resulta inquietante: Antonio Díaz tenía ya fama de informalidad, no era precisamente el más honrado de los agentes artísticos y, lo que es peor, nadie se fía ya de él ni en éste ni en otros asuntos. Mientras tanto, en Cuba solicitan artistas de variedades, comunicando a los interesados que serían bien acogidos ventrílocuos, duetistas, pantomimístas y excéntricos, pero que no es buena época para coupletistas y bailarinas. La informalidad de Cachavera ha dejado mala impresión en la isla.
Los excéntricos ingleses The Pantos, bailarines y acróbatas,
tuvieron un gran éxito con su número de variedades
Antonia se ha afincado en Barcelona, en donde a partir de ahora tendrá diferentes domicilios, siempre alrededor de la zona del Paralelo. De hecho será en Barcelona donde se desarrollará mayoritariamente su carrera artística, actuando en los primeros tiempos sobre todo en el Edén Concert y la Gran Peña. En estos locales simultaneará obras de contenido marcadamente sicaliptico, como las ya conocidas "La cachunda" y "La noche del rompimiento", junto a otras nuevas -pero igualmente olvidables- como "Amor de viejo", "¿Traes el chisme?", "Teodomiro no tiene nada" y "La presa". De todos modos, y siempre y cuando la empresa se lo permite, incluye en su repertorio alguna obra de mayor calidad como la zarzuela "La reina del molinete" o sus queridos monólogos, en los que se maneja con soltura entre lo cómico y lo melodramático. Aunque realiza grandes esfuerzos en sentido contrario, es en Barcelona donde se remata su conversión en la "reina de la sicalipsis", convirtiéndose el nombre de Cachavera en un sinónimo del género. A pesar de su manera libre de ver la vida, tiene que ver cómo incluso los más progresistas ponen en juicio sus costumbres y su estilo: en la publicación "Vida socialista" se critica a la cupletista veladamente, considerando que su talento es auténtico pero que "si no se le vendiesen obras, se purificaría el ambiente...".
La cupletista italiana Circasiana Fini en la época
en la que compartió escenario con Cachavera
Cada vez que Antonia abandona el Edén Concert para hacer algún bolo, en Barcelona se da por desaparecida la sicalipsis, al menos momentáneamente. Aunque no suele ser cabeza de cartel, tiene un público incondicional muy característico (es decir, algo golfo), que sabe perdonarle sus pequeñas deserciones. Durante el año 1912 compartirá escenario con cupletistas como la Bella Nena (estrella de fugaz paso), Angelita Solsona y Circasiana Fini, estas dos últimas consideradas como artistas "serias" dentro del género del cuplé, con grandes voces, versatilidad en la interpretación y decentísimas toilettes. Cachavera es... otra cosa. Cachavera es Cachavera y en la siguiente entrada veremos como el escándalo sigue acechándola, sin que su fama merme ni su inquebrantable voluntad se tambalee. A pesar de las multas.

viernes, 9 de noviembre de 2012

LAS OTRAS: Antonia de Cachavera (I)

La Cachavera en su espléndida juventud, pícara y sugerente,
fue llamada, no sin razón, "El diablo con faldas"
La figura de Antonia de Cachavera, "La Cachavera", es una de las más emblemáticas y, al mismo tiempo, una de las más inclasificables de la historia del cuplé. En todas y cada una de sus múltiples facetas, como cupletista, tiple, actriz cómica o seria, bailarina sicalíptica, stripteuse, empresaria, madre abnegada o adicta a los pleitos, puso incansable empeño y empleó energías dignas de las más titánicas empresas. Considerada en su época como una belleza prototípica, este físico privilegiado fue su luz y su sombra: los críticos siempre esperaron de ella mayores logros debido a su natural talento pero se decantó por el género ínfimo en su faceta más cruda y no quiso -no pudo o no supo- ganarse de otra manera las pesetitas necesarias para mantener a su abultada prole. Trabajadora incansable, como tantas otras bellas del cuplé, no obtuvo reconocimiento en su época y del tiempo sólo ha sacado, como otras tantas, olvido y desprestigio. Ha llegado el momento de sacar de tan inmerecidas sombras su desdibujada figura, trayendo de nuevo, bajo la intensa luz de sus amados focos, la espectacular peripecia vital de tan insólita diva.

Antonia de Cachavera, tiple, bailarina y cupletista

(Nota previa: una parte importante de la información biográfica que aparece a continuación, sobre la familia, amistades y fecha probable de nacimiento de Cachavera, se deben a la ayuda de un anónimo lector de este blog, que ha tenido acceso a la mejor de las fuentes: las notariales. Espero que me de su nombre, para poder hacerle un más personal agradecimiento por su valiosa contribución).
Pocas cosas se saben a ciencia cierta sobre Cachavera, y sobre aquellas que por más ciertas podamos tener se ciernen las sombras de incertidumbre que en su momento sembrara -al parecer, con éxito- la propia interesada. Antonia de Cachavera y Aguado nació en Madrid antes de 1883, fecha de la muerte de su madre, Micaela Aguado de la Sierra (hermana del célebre arquitecto Miguel Aguado de la Sierra). Antonia siempre se quitó, como mínimo, tres años cuando no seis o siete con respecto a la fecha real de su nacimiento. Lo que si es cierto es que pertenecía a una familia de cierto abolengo y recibió una educación todo lo exquisita que se podía esperar de su situación acomodada. Vivía la familia en la calle de la Ballesta número 13, por entonces todavía no perteneciente a lo que después se convertiría en el barrio más golfo de Madrid. El padre, Higinio de Cachavera y Pascual, aparece en diferentes informaciones ora como magistrado ora como ilustre arquitecto, siendo esto último lo más probable. En cuanto a la madre, doña Micaela, era hermana o prima hermana de Remedios de la Gándara y Aguado, marquesa de Casa Iglesia por su matrimonio con el marqués, Guillermo Rancés y Esteban. Un tío, no se sabe por parte de quién, fue obispo de Granada y una hermana de la cupletista  se hizo monja en las Esclavas del Corazón de Jesús. La misma Antoñita recibió una esmerada educación, estudiando en las Ursulinas todo aquello que las niñas de buena familia debían saber en aquella época, no mucho, pero todo muy decente. Amigo de la familia fue el maestro Barbieri, que seguramente influyó en las tendencias artísticas de una jovencísima Antonia.
El futuro "diablo con faldas" estudió provechosamente
en las Ursulinas, recibiendo consejos de virtud y recato
La niña es aplicada aunque algo traviesa, recibe lecciones de canto, piano y baile, declama en prosa y verso ante las amistades y tiene todas las papeletas para ser un buen partido: es guapa, muy desarrollada para su edad y con las redondeces que la moda pide. Su carita redonda, de sanos colores, y una abundante cabellera castaña hacen olvidar una nariz demasiado ancha, defecto del que más tarde sabrá sacar provecho. Sólo una cosa empaña tanta perfección: la niña quiere ser artista, algo insólito dada su educación y posición. Como no puede ser de otra manera, su familia se opone y ella se siente algo asfixiada.
Cachavera, con traje serio y elegante, tal y como
correspondía a su educación y posición social
Todo aparentaba normalidad y bienestar en la familia Cachavera-Aguado, pero lo cierto es que las cosas no eran ni mucho menos lo que parecían ser. En diciembre de 1904 don Higinio es demandado por la cantidad de 3.000 pesetas por parte de un tal José García y Navarro. La economía familiar se ve resentida por las deudas del padre, hombre con poca suerte y acaso algún que otro vicio. En 1907 la niña (ya no tan niña) toma una decisión sorprendente que esconde una verdad incómoda: se escapa de casa para comenzar su carrera como artista, por vocación, pero también huyendo de una situación económica cada día más desesperada. De hecho, un año antes le ha sido embargada una finca, con hotelito incluido, en la madrileña calle de Eloy Gonzalo, acaso proveniente de alguna herencia. Las deudas familiares les han empobrecido, Antoñita ya no es tan buen partido.
Y así la señorita Cachavera, de buena familia y excelente educación, comienza a buscar trabajo en el mundillo teatral, y como todas las otras chicas (de familias más humildes y educación menos esmerada) encuentra su oportunidad en el floreciente mundo de las variedades, en su vertiente más sicalíptica. Tiene suerte y a finales de enero de 1907 ya está trabajando en el Price de Madrid, en un cartel en el que aparece Fornarina como figura principal, cantando el cuplé de "La llave" y su celebérrima machicha.
La deliciosa Fornarina en 1907 era ya una primera figura
del cuplé en España, a punto de partir hacia París
Pepita Sevilla compartió con Cachavera escenarios sicalípticos,
escándalos varios y no pocos procesos judiciales
En el recientemente reformado teatro-circo de la Plaza del Rey se reponen unas obritas del género chico alegre, es decir, sicalíptico: "La Arabia feliz" (poco feliz, según la crítica), "Enseñanza libre", "El corsé de Venus" (que, literalmente, borda Pepita Sevilla), "Miss Full" y "Venus Salón" (en la que actúa Fornarina). En "La Arabia feliz" tiene su oportunidad de lucimiento Antonia, que se convierte en el único aliciente de tan mediocre apropósito. La compañía del Price, tildada ácidamente por la crítica de "cómico-lírica-piernográfica", está formada por bellezas a la moda: jovencísimas, rebosantes de carnes y con poquita vergüenza a la hora de enseñarlas. Cachavera triunfa ya que reúne todos estos requisitos y alguno más, no en vano su capacidad vocal le sitúa en la zona de las tiples de zarzuela. Comienza los ensayos de una nueva obra, "La diosa del placer" y Cachavera (junto a sus compañeras de cartel) cumple sobradamente las expectativas en ella puestas. Os remito a las dos entradas sobre esta obra y sus consiguientes consecuencias, en los siguientes enlaces de este mismo blog:

http://consuelitoyotrasbellasdelcuple.blogspot.com.es/2011/01/intermedio-la-diosa-del-placer-i.html
http://consuelitoyotrasbellasdelcuple.blogspot.com.es/2011/01/la-diosa-del-placer-vista-desde-una.html

Después de la prohibición de "La diosa del placer", y como ideas no le faltaban ni a Cartolano ni a los otros empresarios de variedades, a continuación se anuncia en el Price un concurso de machichas, cuyo primer premio consiste en 1.000 pesetas, un dineral para la época. El público debe apostar por su pareja favorita, entre ellas las formadas por Pepita Sevilla con Elvira Lafón y Cachavera con Rosario Tordesillas. Las parejas cambian, según la noche y la disponibilidad de tiples. El concurso es tan sólo un reclamo para el público masculino, ya que el baile de la machicha es considerado, junto con el garrotín, el más atrevido de la temporada. Los orígenes del baile son oscuros: argentino o brasileño, con toques caribeños y un cierto atrevimiento parisino, una mezcla de muchas cosas con atuendos de fantasía inspirados en el Caribe o en cualquier lugar del sur de América o de España. En fin, una excusa tan buena como otra cualquiera para bailar sicalípticamente...
Antonia Cachavera y Marina Navarro bailando la machicha
Pepita Sevilla y Elvira Lafón y su versión del mismo baile
La machicha del Price dará que hablar durante mucho tiempo ya que provocará un escándalo más de aquellos irrepetibles tiempos del cuplé: disparatado, divertido, excesivo y algo chusco. Procuraré resumir, no será fácil.

El escándalo de la machicha del Price o cómo un empresario nunca aprende y una tiple no escarmienta

El 24 de febrero de 1907 actúan en el Price, como cada noche, Antonia de Cachavera y Pepita Sevilla bajo la dirección de Cartolano. Recientemente imputados por "La diosa del placer" y apercibidos por la autoridad competente, se han visto obligados tanto el empresario como las artistas a bajar el tono de los números más atrevidos. En uno de ellos, correspondiente a "La Arabia feliz", las chicas bailan una machicha (o matchicha), "baile de color harto subido" que recientemente han puesto de moda en España la pareja de baile Las Argentinas, en el teatro Eslava.
Las Argentinas, la italiana Olimpia D'Avigny y la bonaerense
María Cores, ejecutando su atrevida matchicha
Todo va bien, más o menos, hasta que el público -recordando la picardía del garrotín de la diosa- pide a voz en grito un poco más de movimiento o descomedimiento por parte de las bailarinas. En ese momento se encuentra en el escenario la Sevilla que, escamada por el comportamiento del respetable, hace un "ademán indecoroso" (pongamos que un corte de mangas o una peineta) dirigido al ya soliviantado personal. Para qué quieres más... se monta un follón que ríete tú de la guerra de Cuba. Dentro del teatro, como es de rigor, se encuentra un teniente de seguridad de tiesos bigotes, el Sr. López Salgado, con su correspondiente cuerpo de guardia. La escandalera alcanza tales proporciones que los guardias sacan los sables, la emprenden a golpes con el público, amagan con ensartar a los más violentos y consiguen desalojar el local. En la calle, no obstante, se sigue repartiendo estopa. Lo siguiente es lo de siempre: detienen a la Sevilla y a algún que otro gallito soliviantado. Y como siempre, acaban en la comisaria, esta vez la de Hospicio. La obediente Pepita (vestida como podemos ver en la fotografía de más arriba) se dispone a pasar la noche en el calabozo. A eso de las cuatro de la madrugada Francisco Cartolano, el sufrido empresario del Price, aparece en la comisaria con las 400 pesetas que se piden de fianza. Libera a su artista y se la lleva a casa, con el lazo chafado y el ánimo decaído. De momento, nada pasa, pero la cosa no va a quedar ahí, ni mucho menos. No sólo la Sevilla ha salido perjudicada de la escandalera: la empresa es multada con 500 pesetas, la obra se prohíbe, el local se clausura preventivamente y ¡se denuncia a Cachavera por bailar "demasiado alegremente"! ¿No quedamos en que el problema era, precisamente, la falta de "alegría"?
La  Cachavera en pose clásica, ocultándose tras una columna,
temerosa de ser detenida por su excesiva alegría
Unos días después comparecen Pepita y Antonia ante el Juzgado del distrito de Hospicio. La primera se declara inocente de haber realizado ningún gesto inconveniente ya que tan sólo estaba llamando a su compañera para que saliese a escena, en vista de lo que el público solicitaba. A continuación declara Antonia y con pocas palabras (ella era muy escueta) desbarata la versión de Pepita: imposible que la estuviese reclamando, ya que se encontraba justamente en el lado contrario, en el foro de la izquierda, junto a los bastidores. Además, ella no tiene que salir a escena porque una compañera le llame, ni ser llamada por nadie, ya que sólo la música marca sus entradas. Como se ve, no reina entre ellas precisamente el compañerismo y la armonía, pero la explicación es mucho más sencilla ya que Antonia, simplemente, está diciendo la verdad. Ya bastante tiene con la denuncia que le han puesto por sicalíptica, si además la pillan por mentirosa, entonces no se libra del calabozo. A continuación declara el teniente de seguridad y ratifica la declaración de Cachavera: él no vio en el ademán de la Sevilla ninguna llamada a una compañera, más bien una llamada a la rebelión de las masas. Aclara también lo de sacar los sables, ya que tuvieron que detener por la fuerza a los exaltados espectadores que amenazaban con subir al escenario y llevarse a las tiples. Al final todo se queda en lo de siempre, es decir, apenas nada. Se imponen (y se cobran) multas, se reabre el local, el público y las tiples se comprimen durante una temporada y el marqués de Vadillo se toma una tila. Otra más.
¡Ah, la tila! ¡Cuánto bien hizo en los tiempos del cuplé!
Conclusión (aparecida en un periódico de la época): "Mandaría a la empresa del Price que no dejase de poner en los carteles diariamente esta coletilla: Si el público pide matchicha acentuada, los guardias le suministrarán un calmante de evidentes y eficaces resultados. Se suplica el árnica".
Y el árnica, sin duda, el árnica también...

Después de tanto escándalo y tanto juzgado, el Price decide reabrir a mediados de marzo de 1907, inaugurando su tercera temporada con nueva compañía, más acorde con la moral y las buenas costumbres. Dirigida por el Sr. Armengod, famoso por sus comedimientos escénicos, se estrena "El soldado de San Marcial", obrita casta, pura y de entretenimiento familiar. Resulta un fracaso. Todo el mundo echa de menos la machicha de Cachavera. Mientras tanto ésta asiste, junto a sus compañeras y además amigas, la Méndez y la Rosales, al estreno en el Cómico de una obra pretendidamente sicalíptica, "El Paraíso de Mahoma". Asisten desde un palco, atónitas, a la representación. Cuchichean, se hacen cruces, se entristecen. Al salir hablan con los críticos teatrales y éstos, contritos, escriben en sus rotativos al día siguiente: "La sicalipsis ha muerto". Tanto decreto, tanto estricto gobernador, tanto teniente que tira de sable han conseguido, al fin, convertir el género ínfimo en una cosa mediocre e insípida. Pero no tienen razón en una cosa: la sicalipsis no ha muerto, sigue vivita y coleando dentro del cuerpo retrechero de Cachavera y otras como ella. Ya se encargarán de resucitar el género en muy poco tiempo. Mientra tanto, Cachavera consigue un contrato en Barcelona, ciudad con un gobernador algo más tolerante hacia el género ínfimo. La tiple se encuentra lejos de Madrid cuando sucede allí algo que le afecta profundamente, de una forma personal: un hermano suyo es detenido, junto a un compinche, acusado de haber estafado un mantón de Manila tasado en 1.500 pesetas al dueño de una casa de préstamos de la calle Amor de Dios. Desgraciadamente se trata de la primera de unas cuantas tropelías que, a lo largo de los años, irá cometiendo el extraviado hermano de la cupletista.
Cachavera, ajustándose o desajustándose el mantón (no se sabe)
mientras piensa en cómo resucitar la sicalípsis
Antonia regresa a Madrid contratada por la sala Parisiana, cuya empresa "sabiendo los deseos de una gran parte del público elegante de Madrid, del bello sexo, que no pueden asistir a los music-halls" ha decidido  hacer la fiesta de la Asociación de la Prensa con vedettes de las variedades como Amalia Molina, Fornarina, Nieves Gil, Malaguita,Candelaria Medina, las Olivares, la Negrita y, cómo no, Cachavera. Ésta canta sus cuplés, con su voz elegante y educada, luce un atuendo esmerado y baila una machicha "con todo el sabor pero sin exageraciones que puedan molestar a los detractores de este baile". Los empresarios se fijan en ella, llevados en parte por su fama tras los escándalos en Price pero también, y sobre todo, por su contundente presencia escénica, ya que no es sólo una cara bonita sino que también sabe cantar y actúa con graciosa desenvoltura. Se dice que va a ser contratada por el Eslava para reforzar la compañía de Julia Fons, tiple fina que no perdía la compostura ni cuando cantaba el cuplé de "La regadera". Al final, Cachavera no es contratada, pero sí algunas chicas provenientes de las filas del género ínfimo, en lo que público y crítica consideran como un giro hacia la sicalipsis por parte del teatro del pasadizo de San Ginés.
Cachavera, elegante, dulce y discreta, apta para
el público "del bello sexo" que no podía ir al music-hall
Antonia hará su gira por provincias, triunfará en Lisboa, volverá a Barcelona (donde empieza a ser enormemente popular) y vivirá estos primeros tiempos profesionales con gran intensidad. Ha triunfado desde el primer momento y su figura no ha sufrido, todavía, el descrédito que el género que cultiva le traerá más adelante. Es considerada más como una tiple que como una cupletista, aún cuando cuplés cante cuando así se tercia. Su belleza juvenil no pasa inadvertida y ella sabe cómo emplearla. Sin embargo, desde el principio, tuvo fama de inaccesible para los caballeros. Su sentido de la moral no era el que de su educación podría esperarse pero, a su manera, fue una mujer tremendamente fiel, monógama, decentísima y tradicional, siempre avant la lettre, adelantándose a su época en muchos aspectos. Sigue teniendo relación con su familia (su padre va de susto en susto, pero se va acostumbrando) y mantiene a raya a los admiradores más insistentes. Tras su físico incitante se esconde una viva inteligencia que, de cuando en cuando, se deja entrever a través de sus ingeniosas salidas. Toda una compleja personalidad.
Antonia de Cachavera podía ser la más elegante y
delicada entre todas las tiples...
... o la más descocada de las cupletistas de su época
Comienza el año 1908 triunfando en el Lírico de Madrid donde, tras bailar una de sus machichas, es sacada en hombros del teatro por un público enfervorizado, que se la lleva a la calle entre aclamaciones toreras. En febrero es noticia por demandar a una costurera por un asunto menor pero de cierta jugosidad: al parecer, Cachavera había traído de Lisboa un bonito cuerpo (o corpiño) de seda color vino de Burdeos pero, siendo la comida española de más fundamento que la portuguesa, Antoñita engorda y necesita hacerle al cuerpo (el de seda) una ampliación que lo ajuste a sus nuevas formas. Se lo lleva a una costurera y, cuando va a recogerlo, se encuentra con que no hay cuerpo, ni grande ni pequeño ni nada. Al parecer, la costurera se lo había vendido por una buena cantidad a un admirador de la tiple, al que bien podemos considerar un tanto fanático cuando no fetichista. Con lo del "cuerpo de la Cachavera" hubo en Madrid chufla durante una corta temporada.
Por lo demás, el año 1908 resultará tan triunfante como agotador. Es contratada por la sociedad Lageded para el baile de máscaras que celebrará en el Lírico, junto a otras estrellas de las variedades como Julia Esmeralda, las Hermanas Celis, la Bella Oriental, Candelaria Medina, Amalia Molina y Las Pilarcillas. Como estrella indiscutible se presenta a la bailarina Paz Calzado (recién llegada de París) que interpretará junto a un grupo de ocho chicas más un descocado y desenfrenado can-can. En cuanto a Cachavera, bailará con su compañera Palmira su no menos descocada -aunque no tan desenfrenada- machicha. Su triunfo es tan apoteósico que es contratada a continuación por otra sociedad, la Bagatela, para actuar en el baile que celebrará en la Zarzuela. Allí lucirá su famoso traje de tul negro, sobre mallas ceñidas de seda marfil, que será uno de los hitos de su carrera.
El traje del baile de Bagatela es uno de los más impactantes
de la historia del género ínfimo español
Cachavera vuelve a Barcelona donde decide dar clases de canto con Caridad Herrera, ilustre profesora tanto de una soprano como la Paretto como de una tiple como Antonia. Y con la lección bien aprovechada, debuta ésta en el Tívoli dentro de la compañía de Pepe Moncayo en las obras "San Juan de Luz" y "Las bribonas". Dura poco (no llega a los dos meses) en esta compañía debido a diferencias surgidas con la empresa ya que, al parecer, pide una mayor retribución y no consigue otra cosa que ser sustituida por la tiple Conchita Sánchez-Bell. Pero no será en vano este paso por el Tívoli ya que esta obrita, "Las bribonas", le dará a Cachavera la fama y casi la fortuna que tanto ansía.
Como "Las bribonas" se merecen, por muchos motivos, una larga explicación, déjolas junto a una espléndida Cachavera para la siguiente entrada sobre su vida y obra. No os lo perdáis, no tiene desperdicio.
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