La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época

La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época: mujeres ayer admiradas, hoy olvidadas

viernes, 26 de noviembre de 2010

Intermedio: El escándalo del melón

Cucurbitáceas varias: sandías, calabazas, melones ...

De las notas (mentales) del funcionario de guardia de la Delegación:
Lugar: Teatro Novedades de Madrid.
Fecha: 18 de diciembre de 1905.
Hora: nocturna (y ya algo golfa), pongamos las 10 ó las 11.
Intervinientes: de una parte y como imputados, los señores D. Francisco Belmonte, D. Ricardo Sabriega y D. Joaquín López, todos vecinos de Madrid. De otra parte (y qué hermosa parte), la señorita Consuelo Vello Cano, más conocida por su nombre artístico, La Fornarina, asimismo vecina de esta villa y corte.
También interviene en el incidente un melón, del que sólo tenemos como cierto el dato de su procedencia, al parecer de la provincia de Valencia.
Acuden a esta delegación conducidos por la autoridad competente, en este caso los agentes de vigilancia destinados a labores de seguridad en el referido teatro (famoso por sus números, no siempre encima del escenario).
Los hechos: que en el lugar y las horas ya mencionadas y al término de la actuación de la señorita Vello, en calidad de cupletista, el señor D. Francisco Belmonte, en calidad de admirador, se levanta de su butaca de patio, se dirige al escenario y le ofrece a la gentil artista un presente en forma de melón, con tarjeta y todo.
Que dicha señorita se siente ofendida, con razón, al recibir semejante cucurbitácea y no un ramo de flores, sin duda alguna obsequio más común y más indicado para el caso.
Que ante la "gracia" la señorita Vello reacciona airadamente y amaga con tirarle el melón a la cabeza al pretendido admirador, mientras de su boca salen palabras que serían ofensa sino hubieran sido dichas por defensa.
Que la señorita Vello pasa del amago al cumplimiento y le estampa en la cabeza el mencionado melón a su donante.
Que parte del público interviene, unos situándose a favor del señor Belmonte, otros del lado de la señorita Vello (igualito que en los toros, que esto es España).
Que de los gritos, insultos, amagos y otras expresiones de violencia, los cuerpos de seguridad destinados en el teatro (que ya tienen experiencia en estas lides) deciden cortar por lo sano, sacan porras y silbatos y ejecutan la detención del mencionado individuo, de unos amigos implicados en la bromita y que han salido en su defensa, del melón como cuerpo del delito y de la señorita Vello, que en ningún momento pierde dulzura y belleza a pesar de perder compostura y paciencia.
Que, saliendo del teatro, se organizó en el exterior una espontánea manifestación formada por los partidarios de una y otra parte, protestando unánimemente unos y otros por la suspensión del espectáculo (aunque para espectáculo, y gratuito, el de la calle).
En resumen: compareciendo en esta Delegación todas las partes implicadas, y habiendo escuchado el relato de los hechos realizado por todas las partes, se decide su traslado al Gobierno civil donde el buen criterio del gobernador decidirá el castigo, si procediese, que semejante situación se merece como escarmiento. El melón permanece en delegación.

Al día siguiente: leo consternado en la prensa vespertina el desenlace del asunto del fruto del melonar, a saber, que los individuos implicados en broma de tan mal gusto han sido justamente condenados cada uno a cien pesetas de multa, pero que asimismo a la gentil y escultural Fornarina se le ha impuesto también dicha multa. A mi entender esa mujer, esa reina, esa diosa, tan solo hizo que defenderse y no merece castigo alguno. Sin duda, en su rubia cabecita, una pregunta bulle y rebulle insistentemente: ¿no hubiera sido mejor aceptar el melón y darme el gusto de al menos probarlo? No, hija de mi vida, semejante fruto resulta siempre indigesto cuando es ofrecido por manos que tan sólo pretenden el insulto. Seguro que ni siquiera lo habían calado previamente.

jueves, 18 de noviembre de 2010

LA FORNARINA VI: Llega el éxito

La Fornarina de su primera época: encanto provocativo

Ya hemos visto que 1902 es el año del despegue de Fornarina. Consigue sucesivos contratos en diferentes teatros madrileños como Actualidades, Salón Japonés o el Romea. Las carteleras de los periódicos de la época nos van mostrando entre líneas la tímida pero imparable evolución de la cupletista, así como nos informan de los puestos que va escalando a medida que su fama y su caché aumentan en los diferentes espectáculos en los que interviene.
Así la vemos en marzo de 1902 actuando en el Japonés "con toilettes orientales" en segunda sección, detrás de un gran elenco de artistas de variedades y otras cupletistas.
A finales de año está en Romea compartiendo escenario con Chelito (la de "La Pulga") y Bella Belén (la de "El morrongo"), apareciendo en tercer lugar. En el siguiente espectáculo es ya la segunda, detrás de Bella Chiquita y antes de Gardenia y otras cupletistas menos conocidas.

La Chelito, otra de las grandes,
fue compañera y rival

En enero de 1903 tiene uno, acaso el primero, de los que serían sus célebres encontronazos con el público: Fornarina replicó con "ciertas frases" a algunos bullangueros espectadores del Romea y por el escándalo resultante hubo de ser suspendida la representación. Lo mejor de todo: en la función del día siguiente se volvió a repetir el "numerito". Ni Fornarina era de las que se callaban ni el respetable lo era tanto.
En los carnavales de 1903 se hace célebre una aparición suya en el baile de máscaras que la Asociación de la Prensa celebra en el Teatro Real: "... en vistoso desfile de arlequines y sobre un artístico palanquín ... fue ovacionada la hermosa y escultural Fornarina, que dio vuelta al salón luciendo en maillot las admirables líneas de su figura". Es decir, que Consuelito ni cantó ni bailó sino que, sin más alardes, se paseó triunfalmente en lo que otros periódicos calificaron como "traje de Eva". Este tipo de apariciones le brindaron una enorme publicidad pero también le perjudicaron a largo plazo, ya que el público siempre esperó y pidió, a menudo a grito pelado en el interior de los teatros, la faceta más sicalíptica de Fornarina.

Tan modosita ella, cuando quería
sabía bien defenderse ...

La prensa -hábilmente manejada por Cadenas que, como ya dijimos, era él mismo un sagaz y bien relacionado periodista- no tardó en hacerse eco de la evolución de Consuelo y los diferentes rotativos alababan, no sólo su belleza sino "la gracia y el esprit en el arte de recitar y cantar", sabiendo apreciar su talento y el gran esfuerzo que realizaba para conseguir salir del "género ínfimo" en el que estaba catalogada.
En marzo de 1903 actúa en "El Pacha Bum-Bum" y sucede lo que ya hemos visto en la entrada anterior: pasa de ser "una de tantas" a La Fornarina, la escultural esclava del harén, la belleza en carne de mujer, la tentación hecha hembra. Como efecto propagandístico, inmejorable.
En el verano de 1903 actúa en Barcelona donde tiene un gran éxito que tendrá continuación en sucesivas actuaciones y en otoño regresa a Madrid para debutar en la nueva temporada del Romea como primera figura, obteniendo un "gran éxito en sus picantes y atrevidas canciones". En la misma reseña se dice de una compañera suya en el mismo espectáculo que "la señorita Egea obtuvo plácemes por lo bien que baila y por la elegancia con que viste". Está claro que Consuelo es todavía una cupletista sicalíptica y que su público busca en ella el gesto atrevido, las letras picantes y los contoneos sugerentes. No se espera que sea elegante, tan sólo escultural y provocativa.
Así a finales de 1903 vuelve a protagonizar un nuevo escándalo al enfrentarse a un espectador. Al parecer, a la salida del espectáculo este sujeto le dijo algo, bien podemos imaginar sobre qué y cómo, que a Fornarina no le gustó en absoluto y que debió sacar de ella la chulapona de barrio que llevaba dentro y que nunca dejó de ser. El caso es que no sólo se cruzaron frases sino también bofetadas. Resultado: todos a Delegación. Tengamos en cuenta que en esta época una frase grosera o un gesto insultante eran motivo de multa e incluso cárcel. Felices tiempos los del cuplé.

Fornarina: la impecable imagen de la cupletista

Pero a pesar de todos estos pequeños escándalos, Fornarina tiene generalmente en estos años excelentes críticas de prensa y, lo que es más importante, un gran éxito de público. Son notorios sus intentos de abandonar el limitado campo del couplet sicalíptico y de ampliar sus registros, algo que la crítica agradecía aunque no tanto su público, como deja claro este poemilla satírico de la época:

"Sólo dejo de jugar
con los que van a silbar,
de noche, a la Fornarina ...
con gente tan poco fina
es imposible alternar."

En 1904 es ya la clou, es decir, la atracción principal de los teatros en los que actúa (Romea, Actualidades, Novedades, ...) y se le considera la reina del couplet de tipo francés. Aunque no se conoce la fecha concreta para su primer encuentro, se cree que es en este año cuando Fornarina comienza su colaboración profesional con José Juan Cadenas.
Consuelo está trabajando duramente: a sus clases de solfeo, baile y declamación hay que unir los estudios de idiomas, para los que resulta estar sorprendentemente dotada (llegó a manejarse con cierta soltura en portugués, francés y ¡en alemán!), se convierte en voraz consumidora de las lecturas que Cadenas le recomienda y se empieza a mover en círculos intelectuales, aunque todavía tiene una asignatura pendiente que, casi hasta el final de su carrera, no aprobará: llegar al público femenino.
Su imagen se fue dulcificando para llegar
a todos los públicos

A pesar de todos sus esfuerzos, los escándalos le persiguen y en diciembre de 1905 acontece el célebre episodio del melón, que tanto dio que hablar y que escribir. Al merecer capítulo aparte, en capítulo aparte aparece ...
En 1905 actúa con enorme éxito en el Coliseo dos Recreios de Lisboa, donde unos arrebatados espectadores, a la salida del espectáculo, desenganchan los caballos de su carruaje y llevan a Fornarina en plan rickshaw hasta su alojamiento. Regresaría a Portugal en más ocasiones, recibiendo una cálida acogida tanto de parte de la crítica como del público y sintiéndose siempre muy querida.
Durante 1906 sigue trabajando incansablemente y ya no se limita tan sólo al público madrileño sino que hace lo que entonces se llamaba la "gira por provincias", siempre con gran éxito y rodeada de no poco escándalo. Las ligas de la decencia de las capitales de provincia no la recibían en el andén de la estación precisamente con un gran ramo de flores. En todo caso, con una corona con crespones negros.
A principios de 1907 reaparece con gran éxito en Lisboa. A su regreso a Madrid es contratada por el teatro Price pero su estancia en la capital no dura mucho y tardará poco en dar el salto definitivo: París. Ahí es nada.

Y de sus aventuras en París, con José Juan Cadenas, Quinito Valverde y el mismísimo Don Procopio, os hablaré en el próximo capítulo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Intermedio: ¿Cómo era Fornarina?

Nos han llegado de Consuelo múltiples imágenes: portadas en diferentes publicaciones, anuncios, reportajes y reseñas gráficas en periódicos y revistas, postales -en su mayoría coloreadas-, algún retrato al oleo y no pocas caricaturas.

Dibujo al natural de La Fornarina, más bien
una caricatura

En su corta carrera artística, de apenas 15 años, hay que distinguir al menos dos épocas: una primera, más natural, en sus comienzos, donde aparece una Fornarina más rolliza(1), con el pelo oscuro y un vestuario teatral, caracterizado por el corsé. el can-can (en su sentido de enagua armada con volantes) y los mantones floreados; y una segunda etapa más sofisticada, tras sus éxitos internacionales, muy influenciada por los gustos de José Juan Cadenas. El periodista le aconsejó que se tiñera el pelo de rubio y que adoptara el estilo de últimas modas de París, donde un tal Poiret estaba desterrando el corsé del guardarropa de las mujeres.

Paul Poiret fue un precursor y un visionario:
murió olvidado y sin un franco

Del color de ojos de Fornarina tengo informaciones algo contradictorias, aunque me inclino a creer que las referencias a sus "ojos glaucos" son más recreación poética que realidad.
Del color de su pelo, sabemos que era castaño por naturaleza y de un rubio, que se adivina oscuro, por vocación. De los procesos de decoloración del cabello a principios del s. XX no tengo demasiada idea, aunque los imagino basados en el uso del agua oxigenada con pocos escrúpulos y ningún remordimiento.
En España se habló mucho de una "rubia Fornarina" aunque en postales y fotografías apenas se aprecia ese tono, más que como un reflejo luminoso. En todo caso, la imagen que nos ha llegado de ella es más el de la morena racial del pasodoble "Clavelitos" que el de la rubia angelical de la "Canción del Rhin".
La imagen de cupletista aflamencada fue una
de las más populares

Si nos atenemos a sus rasgos, hoy en día su nariz nos parece demasiado prominente, incluso algo torcida; sus cejas, espesas y con una forma demasiado recta; sus ojos, almendrados y con una caída de párpados que en todas las épocas se ha considerado de gran sensualidad; su boca, de labios finos y bien perfilados, al gusto de entonces; el tono de su piel parece en las fotografías luminoso y uniforme; la forma de su cara, ovalada y los rasgos, en conjunto, simétricos -de ahí su fotogenia frontal, aunque su perfil fuera también de una gran plasticidad.

El perfil de Fornarina: curvas "belle-époque"

En cuanto al cuerpo, también hay dos etapas: una primera de cupletista de rotundas carnes al gusto patrio y una segunda, como ya os he indicado anteriormente, más parisina, más sofisticada, de cantante avant-la-lettre, adelantada a su época: no mucho más delgada pero si con trajes de corte imperio que la estilizaban más. No debía ser muy alta, pero sí bien proporcionada, dando sensación de una esbeltez que por entonces no era lo más común entre las cupletistas.


En 1914 la influencia de la moda parisina en Consuelo
es ya muy evidente: si lleva corsé, no se nota

Sabido es el gusto de Fornarina por las joyas, más concretamente por los diamantes. En esto no fue original, ya que todas sus compañeras de fortuna o infortunio, tenían en gran aprecio los regalos en joyas de sus admiradores o incluso invertían casi todas sus ganancias del teatro en las joyerías, aunque los bienes inmuebles (el ansiado "hotelito") también estaban entre sus preferencias en cuanto a inversión de futuro.
En una entrada posterior os hablaré del famoso "escándalo de los brillantes de La Fornarina", que llevó a Consuelo a demandar a un joyero que, al parecer, la habría estafado. Con o sin estafa, a su muerte sus herederos se llevaron un buen "pico" precisamente en diamantes.
De sus esmeradas toilettes sobre la escena, con joyas auténticas incluidas, se habló mucho en la prensa de la época y fue, junto con su encanto y su belleza contemporánea, uno de los rasgos definitorios de su estilo personalísimo.

En cuanto a la Fornarina artista, muy poco podemos decir de su forma de bailar, moverse e interpretar encima del escenario, ya que no nos han llegado testimonios filmados de sus actuaciones. En cuanto a su voz, en las pocas grabaciones que afortunadamente sí nos han llegado de ella, lo primero que nos sorprende es que fuera tan fina, atiplada, incluso chillona. Pero, si la comparamos con las grabaciones de otras artistas (Raquel Meller, Mercedes Serós, La Goyita, Carmen Flores, ...) la voz de Consuelo es precisamente la menos chillona, y su timbre posee unas tonalidades graves que las demás no tenían.
No era una gran cantante, pero su peculiar entonación aún puede apreciarse en estas grabaciones. En algunas ocasiones los nervios la traicionaban y su voz aparecía insegura, vibrante. Pero su público veía en ese fallo la pura emoción y el candor que entonces tanto se valoraba.
Nunca fue por lo visto una gran bailarina -ni lo pretendió: ella era cantante-, y no poseía un gran sentido de la coordinación, según algunos críticos cuyas opiniones nos han llegado. Pero quien la vio en escena, siempre recordaba su gran delicadeza y su insinuante, pero nunca vulgar, forma de moverse. En cuanto a su falta de coordinación, resulta paradójico que uno de sus números más famosos, "El Polichinela", lo realizara accionando una marioneta mientras cantaba y se movía por el escenario. Este número siempre fue uno de los mejor recibidos por su público, así que tan mal no lo haría ...

El famoso número de "El Polichinela"

Y hasta aquí una descripción del físico de La Fornarina y de su estilo como artista. Del carácter de Consuelo y de la evolución de su personalidad, hablaré en otro intermedio.

Pues es consideración indudable y de opinión generalizada, que el interior del ser humano se merezca entrada aparte.

(1) Muy en sus comienzos, cuando era modelo de artistas, Consuelo estaba mucho más delgada. No sería descabellado imaginar que su delgadez se debía, simplemente, al hambre.

Fornarina canta "La Maxixa", "El Polichinela" y "Clavelitos"

viernes, 15 de octubre de 2010

LA FORNARINA V: Un diamante por pulir

Fornarina siempre estuvo muy bien relacionada
con el mundillo periodístico

En la primavera de 1903 Fornarina fue contratada para actuar en el Teatro Nuevo Retiro de Barcelona y a continuación en el Novedades de Valencia, para regresar a Madrid, primero actuando en el Actualidades y después en el Romea, donde intervino en espectáculos como "¡Cuidado con los turcos!" o "La bodega del diablo".
El Romea fue, y durante muchos años siguió siéndolo, uno de los principales teatros de repertorio musical del tipo ligero en Madrid. En la época de Fornarina era uno de los templos del género ínfimo y, además de los espectáculos de variedades y las actuaciones de las gentiles cupletistas de moda, tenía para los espectadores un singular reclamo: el foyer de artistas.
El foyer (1) en este caso era el vestíbulo del Romea y era el lugar de encuentro entre las artistas (femeninas) y los espectadores (masculinos) donde, vestidas para el espectáculo y entre sesiones, las primeras "alternaban" con los segundos. Había bebidas (café, tinto con sifón y quién sabe si algún que otro champagne), risas y coqueteos hasta que el regidor avisaba del comienzo de la siguiente sesión. Si tenemos en cuenta que dichas sesiones podían comenzar a las 5 de la tarde y terminar a la 1 de la madrugada, nos podemos hacer una idea del negocio que significaba para el Romea que sus artistas "alternasen". Como ahora se dice de otro tipo de locales, si después de la actuación las susodichas llegaban a mayores con los susodichos, era asunto de unas y de otros exclusivamente.
No era el único local del género donde esto se hacía, pero el foyer del Romea tiene para nuestra historia un especial significado: al parecer allí se conocieron José Juan Cadenas y nuestra simpar Consuelito. Y allí comenzó su historia de amor y de negocios.

José Juan Cadenas, un caballero de su tiempo

José Juan Cadenas era periodista pero también muchas otras cosas: letrista, dramaturgo, traductor, adaptador, poeta, crítico, viajero, ... un ejemplo perfecto y a la española de bon vivant de la belle époque, que dejó crónicas deliciosas (especialmente para el diario ABC) de los lugares, personajes y momentos que le tocó vivir.
Había nacido en 1872 (es decir, le llevaba a Consuelo 12 años) y era guapo a la manera de entonces: espesos y cuidados bigotes oscuros, atildadas toilettes que le daban un aspecto de dandy y, sobre todo, una labia tremenda. De su inteligencia, oportunismo, audacia y astucia, nos da idea el hecho de que fuera uno de los primeros presidentes de la Sociedad General de Autores.

Una caricatura para José Juan

El caso es que Consuelo se enamoró y, es de suponer, él también cayó rendido a los encantos de la madrileña. Enseguida se dio cuenta del potencial de la cupletista, siendo como era un hombre inteligente y con una gran visión para el mundo del espectáculo. Sus viajes al extranjero, especialmente a París, donde fue corresponsal de ABC, le habían hecho conocer de primera mano las modas y los modos de la capital francesa, que era por entonces la meca del espectáculo no sólo europea sino mundial.
Emprendió una labor de "pulido" del diamante todavía en bruto que era Fornarina. Ella, además, no era precisamente tonta. En ningún sentido. Aprendió diligentemente todo lo que él quiso enseñarle y supo ver la gran ayuda que representaría para su carrera.

Un poema para Consuelito (2)

José Juan inculcó en Consuelo el gusto por la lectura, le enseñó idiomas, la introdujo en sus círculos, periodísticos e intelectuales, la enseñó a vestir, a peinarse, a comportarse en sociedad, a ser -o al menos parecer- una dama del gran mundo.
Pero, sobre todo, Cadenas aportó a Fornarina su sello artístico: multitud de cuplés, la mayoría adaptaciones de éxitos franceses, que no sólo se correspondían con los gustos del momento, sino que incluso impusieron dichos gustos a la sociedad española. De su tándem con Quinito Valverde, un músico muy popular y de gran talento, surgieron éxitos de Fornarina que han llegado hasta nuestros días: "Clavelitos" (sí, los de Sara Montiel), adaptaciones como "La Maxixa", etc.

Manon fue otra Consuelo en la vida de Cadenas

Todo esto, en cuanto a la relación profesional. En cuanto a la personal, tratándose de dos personajes apasionados y de fuertes personalidades, tal relación no pudo ser otra cosa que atormentada y fluctuante. Resumiendo:
Ella tuvo numerosos admiradores y él se ponía celoso.
Él "protegió" a otras artistas y ella se ponía celosa.
Ella tenía un pasado oscuro y callejero y él se ponía celoso con carácter retroactivo.
Él se volcaba en la carrera de una joven divette que empezaba llamada Manón y Consuelo se ponía celosa con carácter de futuro.
Ella recibía con agrado la admiración del poeta Enrique Amado y José Juan, ejerciendo de miembro de la Sociedad de Autores, le prohibía en represalia cantar sus canciones.

Y así, prácticamente hasta el final. El final de Fornarina, claro está, porque Cadenas la sobrevivió hasta el año 1946. Pero esa sí que es otra historia.

(1) Literalmente en francés significa hogar o residencia, es decir, un lugar para sentirse como en casa ...
(2) A su Madrid ha llegado/Fornarina y luce el talle/retrechero en todos lados .../¡Vales tú más en la calle/que muchas en el tablado!

jueves, 14 de octubre de 2010

LA FORNARINA IV: Los duros comienzos

El Teatro de la Zarzuela

En 1902 Fornarina ya estaba actuando en el coro del mismísimo Teatro de la Zarzuela. A partir de ese momento comienza su currículo artístico oficial, pero hasta ahí su recorrido es incierto: posó para pintores (como el costumbrista Alejandro Saint-Aubin, muy valorado en su época) y también para fotografías artísticas y postales; se rumoreó sobre su paso por un taller de costura, en realidad "tapadera" de otro negocio más lucrativo, en el que se relacionaba a las aparentes costureras con caballeros que pagaban por sus servicios, no precisamente en el arte de la aguja. Y acaso en este lugar o dentro de los círculos artísticos que, aunque limitadamente, podía frecuentar una modelo, Consuelo conocería a clientes que estuvieran bien situados o relacionados con el mundo intelectual y periodístico. Precisamente fue un periodista, Betegón, el que le impuso el nombre artístico de "La Fornarina" en lugar del elegido por ella, "Rosa de Te".
Fueron sin duda su físico y su gracejo los que le dieron el billete de entrada al teatro, en concepto de corista, ganando la desorbitada cifra de ¡seis reales al día! No era mucho y tenía que seguir complementando tan escasos ingresos con sus otras actividades, pero su ascenso era ya imparable.
Consuelo en "El pachá Bum-Bum"
como escultura viviente

El jueves 29 de marzo de 1902, Fornarina debutó en el teatro Japonés (que merece entrada aparte) en una pantomima llamada "El Pachá Bum-Bum". Su papel era de esclava, en realidad de "escultura viviente": vestida con unas ceñidísimas mallas de color marfil y aparentando una desnudez prohibida en la España de entonces y que no estaría permitida encima de un escenario hasta la 2ª República.
El éxito fue apoteósico y escandaloso, faltaría más. La obra se enfrentó a la prohibición, el teatro al cierre y Fornarina a la fama.
Medio Madrid le hablaba al otro medio de lo que había visto o había visto un vecino o un vecino le había contado que había visto su cuñado. De resultas de lo cual, Fornarina había salido a escena ¡completamente desnuda! y mayor publicidad que esa no podría haber tenido. A primeros del siglo XX una figura "escultural" como la suya era el rien ne va plus en una mujer.

El Teatro Japonés despertaba las iras de los perfectos caballeros

Aunque ya desde 1902 Fornarina había estado actuando en diferentes salas madrileñas, como una de tantas, a partir del éxito de su intervención en "El pachá Bum-Bum" le empezaron a llover las ofertas. Tuvo que aprender a cantar y a bailar, en suma, a ser una artista de verdad y no una mera "escultura viviente". Empezó a actuar en otros teatros y salones como el Kursaal Central, el Actualidades o el Romea donde, tal y como podemos ver en la cartelera del diario "La Época" en el mes de abril se anunciaba su actuación como "la encantadora Fornarina" junto con otras artistas del varietés como Luz-Bel, Olga de Marigny o Magda La Africanita.
Durante esos primeros años podemos imaginarnos a una Fornarina llena de fuerza, tenacidad y grandes esperanzas. Sometida a 3 ó 4 sesiones teatrales diarias, asistiendo a clases de solfeo, declamación y danza, pesadas pruebas de vestuario y peluquería y sobre todo a los ensayos de las diferentes canciones o representaciones, siempre en permanente cambio. Hay que tener en cuenta que las comodidades en aquellos teatros de variedades eran pocas, con sórdidos camerinos para las que no eran consideradas todavía como primeras figuras. Pero en fin, nada que una mujer joven y fuerte como ella no pudiera afrontar.
Y hablando de afrontar, acaso lo más duro, el más costoso hándicap diario, fuera el enfrentamiento con el público. Formado éste por hombres en su gran mayoría -las señoras no entraban en estos teatros, a no ser que fueran artistas u otra cosa aún peor considerada-, ruidosos, espontáneos hasta la grosería, nada diplomáticos a la hora de expresar sus agrados o desagrados y, sobre todo, a la busca y captura de carne fresca de corista o cupletista. Más de una vez Fornarina se enfrentó con ese público (es célebre el episodio del melón, que más adelante contaré), sobre todo cuando intentó quitarse de encima la etiqueta de divette escandalosa para poder cantar cuplés más serios, más sentimentales, críticos o humorísticos.

Faltaba poco para que conociera al "hombre de su vida", que en su caso fue algo así como su Pigmalión y también su Némesis. Se llamaba José Juan, era guapo, influyente y muy listo. Y de él y sus tormentosos amores con Consuelito hablaremos en la próxima entrada.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Intermedio: La hija del pueblo de Madrid

Postales de Fornarina, con mantón y pañuelo

Imaginemos por un momento a una mujer de clase humilde de entonces, una madrileña de finales del XIX y principios del XX, que no es una dama por cuna ni puede pretender serlo. Pero hoy se ha esmerado porque se ha arreglado para ir a la verbena y luce lo mejor de sus toiletttes: puede que no lleve corsé pero afina su talle con un ancho cinturón y su atuendo se compone de blusa y falda tobillera o vestido de una pieza, que deja ver sus pies pequeños enfundados en botines ceñidísimos o en zapatos bajos, es decir, abiertos y sin caña, que permiten ver las medias, bordadas y de seda en el mejor de los casos, aunque generalmente lisas y de algodón.
Su magra economía no da para abrigos de paño, pero luce un mantón con flecos, de lana para el frío y de algodón o seda cuando el clima es más suave. Liso y de color negro el de lana o bordado el de seda en algún remoto lugar de Oriente. Este famoso mantón bordado, "alfombrao", de Manila o de la China, que con todos estos nombres se conoce, es el más caro y solo es posible lucirlo si se tienen precisamente "posibles" o algún admirador generoso que te lo haya regalado.
En la cabeza, nuestra inefable hija del pueblo de Madrid, no porta elegantes sombreros, que son muy caros. Lleva el cabello al aire, recogido en un moño alto y voluminoso, suyo natural o relleno de crêpe. Puede que luzca pañuelo de algodón o satén, preferiblemente blanco, adornado con flores naturales, prendidas directamente en el pelo. No se maquilla, que eso es de artistas y de pendones, si acaso se aplica con borla una nube de polvos de arroz baratos. Huele a jabón de tocador o a agua de violetas o de rosas. Y en fin, va hecha un pincel por muy poquito parné.

Una escena de "La verbena de la Paloma"

En cuanto a su forma de hablar y de desenvolverse, es expresiva, simpática o desdeñosa según la situación, un tanto descarada y muy consciente del poder de los mohines, los guiños y los desplantes. Su forma de hablar no es la que nos ha llegado en las zarzuelas o los sainetes, pero se parece bastante y, curiosamente, puede hasta variar dependiendo del barrio del que proceda.
No es una chica culta, no tiene apenas educación y la que tiene es de un tipo sentimental y práctico, idealista y grosero, todo al mismo tiempo, algo que hoy en día nos dejaría algo desconcertados. Si no es tonta, medrará, y si lo es, puede que también lo consiga, porque

"la suerte esquiva es atolondrada y veleidosa,
y nunca se sabe dónde se posa"
Es honrada y honesta a su manera: lo primero si puede y lo segundo si la dejan. Valora y ansía el amor verdadero entre un hombre y una mujer, pero para amor verdadero, el que se siente por una madre o por un hijo. Le gustan los folletines y las romanzas, las canciones con doble sentido (los couplets que se han puesto tan de moda últimamente) y los chismes, siempre y cuando no traten sobre una o su familia.

Y una vez que nos hemos imaginado a esta madrileña tan zarzuelera, la típica chulapa, chulona, chulapona, castiza o como le queramos llamar, podremos visualizar a una vecina joven y guapetona de la pequeña Consuelo. Y a ella misma, unos cuantos años después, con muy pocas variaciones. En las clases populares la velocidad de los cambios en la moda va más lenta y los aires del Sena apenas llegan al Manzanares.

martes, 12 de octubre de 2010

LA FORNARINA III: Los años oscuros

Una joven Fornarina, hacia 1900

En algún momento de su adolescencia, o quién sabe si de su niñez, Consuelo ingresó en las abundantes filas de la prostitución callejera.
Hemos de imaginar un Madrid en el que las posibilidades laborales de las mujeres humildes, eran escasas: en el servicio doméstico como criadas, cocineras, doncellas, etc ... generalmente mal pagadas y sufriendo toda clase de abusos; como lavanderas, modistillas o planchadoras en los muchos talleres que existían cuando aún no se había inventado el prêt-a-pòrter; como dependientas en comercios especializados en señoras o atendiendo puestos propios o ajenos en los numerosos mercados y mercadillos -desde aquí un emotivo recuerdo para las célebres verduleras -; y como artistas, por supuesto. Y poco más.
Hacendosa y formalita, desde pequeña

Mujeres que eran en la mayoría de los casos analfabetas o casi sin estudios, aprendiendo lo que entonces se llamaba "las 4 letras", ya que la educación no se consideraba aún imprescindible y menos para las mujeres. Con suerte, llegaban a ser las jefas y a regentar sus propios negocios.
Con más suerte todavía, se casaban más o menos bien y se dedicaban a su marido y a sus hijos hasta el final de sus días. Aquí estaría bien recordar que la esperanza media de vida en la España de 1900 era de ¡35 años!. La mortalidad infantil era muy elevada y las mujeres padecían una altísima tasa de mortalidad en el parto o el post-parto (por entonces puerperio), igual que sucede hoy en día en lo que llamamos el Tercer Mundo. Además en las clases populares no siempre había boda y los hijos ilegítimos eran numerosos.
No había mucho donde escoger pero sí
mucho que planchar

El caso es que Fornarina, cuando aún era Consuelito la hija de la lavandera, comenzó como tal, y tras no sabemos qué estado intermedio, terminó ejerciendo de meretriz en los mismísimos soportales de la Plaza Mayor madrileña. Viéndolo en perspectiva, resulta difícil de creer que la hija de un guardia civil al que podemos imaginar celoso guardián de la virtud de su hija -tal y como estas cosas de honor se trataban en la época-, pudiera vender su cuerpo en plena calle en el pueblo grande que era Madrid a principios del siglo XX, con poco más de 200.000 habitantes. Un lugar donde todo acababa sabiéndose.
De lo que nada se sabe es de la edad en la que comenzó su actividad mercenaria, aunque por entonces no existían demasiados escrúpulos en lo que a menores se refería, y se consideraba que una niña de 13 ó 14 años ya tenía cierta madurez sexual, sobre todo si era pobre.
Muchas niñas de las clases más desfavorecidas sufrían de abusos por parte de su entorno, a veces dentro de su propia familia o cuando se ponían a trabajar en el servicio doméstico, a merced de los impulsos de los señoritos calaveras.
El señorito y su entretenida, entreteniéndose

Sin que haya prueba de que fuera su caso, se sabe que por entonces algunos padres eran los primeros en ofrecer los encantos de sus hijas o incluso vender su virginidad. La necesidad era grande y muchos hombres bien situados estaban dispuestos a pagar mucho dinero por semejante perspectiva. Las chicas se convertían en mantenidas, entretenidas o simples busconas, dependiendo de su suerte, su inteligencia y su aspecto.
Consuelito era hermosa, con una belleza muy al gusto de la época, pecho abundante y cintura fina, cabellos espesos y ondulados, gesto simpático y desenvuelto. Lo que entonces y ahora se consideraba una chulona. Sin duda estos atributos llamarían la atención de los hombres, que le ofrecerían ganar en "un ratito" lo que probablemente no ganaría en una semana.
Aunque nunca renegó de su pasado -ni se jactó de él- cuesta trabajo creer que esta parte de su vida no causara ninguna reacción en su familia, a no ser que estuvieran al tanto de sus actividades, las admitieran tácitamente o incluso en su momento las fomentaran.
En el momento de la muerte de Fornarina, en 1915, vivían su padre y sus hermanos, a los que legó su fortuna, así que podemos pensar que sus relaciones con ellos, y más concretamente con su padre, fueron más o menos fluidas y normales.
Sólo podemos especular con lo que pudo suceder, pero es el caso que hacia 1900 Fornarina alternaba, literalmente, su carrera callejera con el posado para artistas (actividades intrínsecamente relacionadas en muchas ocasiones) o pequeñas figuraciones en el teatro de variedades. Porque, claro, siempre había otra salida para una mujer como ella: ser artista.

Y de cómo salió de la calle y dio sus primeros pasos en espectáculos de variedades, gracias a su belleza y su gracia naturales, trataremos en el siguiente capítulo.

lunes, 11 de octubre de 2010

LA FORNARINA II: Niñez y miseria

Lavadero y secadero a orillas del Manzanares,
principios del siglo XX

De la mísera infancia de Fornarina se ha escrito mucho: desde muy pequeña tuvo que ayudar a su madre lavando ropa en los lavaderos del Manzanares. En fotografías de la época (la que os muestro es de Alfonso) se puede ver bien cuales eran las condiciones de trabajo de estas mujeres, sin lavadoras ni detergentes ni condiciones dignas de trabajo: se lavaba a mano, en todas las épocas del año, en los lavaderos situados a las orillas del río, a veces en la misma orilla, de rodillas y con jabones ásperos, kilos y kilos de ropa ajena. A continuación se ponían a secar en interminables filas de tendederos, así cayera un sol de justicia o una de esas heladas -el que vive en Madrid las conoce- que dejan los dedos amoratados y llenos de sabañones. Si no era el más ínfimo de los trabajos que una gran ciudad podía ofrecerle a una mujer humilde, sin duda estaba muy cerca de serlo, porque al menos las criadas o las planchadoras trabajaban bajo un techo.
Las ninfas del Manzanares, óleo de Cecilio Plá

Siendo el padre de Consuelo guardia civil, por muy escaso que fuera el sueldo de los miembros de la benemérita en aquellos años, no acabo de entender las duras condiciones a las que estuvo sometida desde niña. Acaso una familia numerosa (tuvo hermanos, conozco la existencia de tres, pero pudieron ser más), la desidia o el incumplimiento de los deberes de manutención por parte del padre, la enfermedad, la pura mala suerte o, simplemente, la costumbre entre las clases bajas de la época de "poner a trabajar" a los hijos desde muy pequeños.

El caso es que la pobre niña era de verdad una niña pobre. Guapa, buena (ayudaba a su mamá en sus duros menesteres) y honrada. Hasta aquí, todo es como un cuento de hadas. En el siguiente capítulo, las hadas desaparecen del cuento y todo se vuelve algo más sórdido. La vida misma.
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