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miércoles, 17 de noviembre de 2010
jueves, 11 de noviembre de 2010
Intermedio: ¿Cómo era Fornarina?
Nos han llegado de Consuelo múltiples imágenes: portadas en diferentes publicaciones, anuncios, reportajes y reseñas gráficas en periódicos y revistas, postales -en su mayoría coloreadas-, algún retrato al oleo y no pocas caricaturas.
En su corta carrera artística, de apenas 15 años, hay que distinguir al menos dos épocas: una primera, más natural, en sus comienzos, donde aparece una Fornarina más rolliza(1), con el pelo oscuro y un vestuario teatral, caracterizado por el corsé. el can-can (en su sentido de enagua armada con volantes) y los mantones floreados; y una segunda etapa más sofisticada, tras sus éxitos internacionales, muy influenciada por los gustos de José Juan Cadenas. El periodista le aconsejó que se tiñera el pelo de rubio y que adoptara el estilo de últimas modas de París, donde un tal Poiret estaba desterrando el corsé del guardarropa de las mujeres.
Del color de ojos de Fornarina tengo informaciones algo contradictorias, aunque me inclino a creer que las referencias a sus "ojos glaucos" son más recreación poética que realidad.
Del color de su pelo, sabemos que era castaño por naturaleza y de un rubio, que se adivina oscuro, por vocación. De los procesos de decoloración del cabello a principios del s. XX no tengo demasiada idea, aunque los imagino basados en el uso del agua oxigenada con pocos escrúpulos y ningún remordimiento.
En España se habló mucho de una "rubia Fornarina" aunque en postales y fotografías apenas se aprecia ese tono, más que como un reflejo luminoso. En todo caso, la imagen que nos ha llegado de ella es más el de la morena racial del pasodoble "Clavelitos" que el de la rubia angelical de la "Canción del Rhin".
La imagen de cupletista aflamencada fue una
de las más populares
Si nos atenemos a sus rasgos, hoy en día su nariz nos parece demasiado prominente, incluso algo torcida; sus cejas, espesas y con una forma demasiado recta; sus ojos, almendrados y con una caída de párpados que en todas las épocas se ha considerado de gran sensualidad; su boca, de labios finos y bien perfilados, al gusto de entonces; el tono de su piel parece en las fotografías luminoso y uniforme; la forma de su cara, ovalada y los rasgos, en conjunto, simétricos -de ahí su fotogenia frontal, aunque su perfil fuera también de una gran plasticidad.
En cuanto al cuerpo, también hay dos etapas: una primera de cupletista de rotundas carnes al gusto patrio y una segunda, como ya os he indicado anteriormente, más parisina, más sofisticada, de cantante avant-la-lettre, adelantada a su época: no mucho más delgada pero si con trajes de corte imperio que la estilizaban más. No debía ser muy alta, pero sí bien proporcionada, dando sensación de una esbeltez que por entonces no era lo más común entre las cupletistas.
En 1914 la influencia de la moda parisina en Consuelo
es ya muy evidente: si lleva corsé, no se nota
Sabido es el gusto de Fornarina por las joyas, más concretamente por los diamantes. En esto no fue original, ya que todas sus compañeras de fortuna o infortunio, tenían en gran aprecio los regalos en joyas de sus admiradores o incluso invertían casi todas sus ganancias del teatro en las joyerías, aunque los bienes inmuebles (el ansiado "hotelito") también estaban entre sus preferencias en cuanto a inversión de futuro.
En una entrada posterior os hablaré del famoso "escándalo de los brillantes de La Fornarina", que llevó a Consuelo a demandar a un joyero que, al parecer, la habría estafado. Con o sin estafa, a su muerte sus herederos se llevaron un buen "pico" precisamente en diamantes.
De sus esmeradas toilettes sobre la escena, con joyas auténticas incluidas, se habló mucho en la prensa de la época y fue, junto con su encanto y su belleza contemporánea, uno de los rasgos definitorios de su estilo personalísimo.
En cuanto a la Fornarina artista, muy poco podemos decir de su forma de bailar, moverse e interpretar encima del escenario, ya que no nos han llegado testimonios filmados de sus actuaciones. En cuanto a su voz, en las pocas grabaciones que afortunadamente sí nos han llegado de ella, lo primero que nos sorprende es que fuera tan fina, atiplada, incluso chillona. Pero, si la comparamos con las grabaciones de otras artistas (Raquel Meller, Mercedes Serós, La Goyita, Carmen Flores, ...) la voz de Consuelo es precisamente la menos chillona, y su timbre posee unas tonalidades graves que las demás no tenían.
No era una gran cantante, pero su peculiar entonación aún puede apreciarse en estas grabaciones. En algunas ocasiones los nervios la traicionaban y su voz aparecía insegura, vibrante. Pero su público veía en ese fallo la pura emoción y el candor que entonces tanto se valoraba.
Nunca fue por lo visto una gran bailarina -ni lo pretendió: ella era cantante-, y no poseía un gran sentido de la coordinación, según algunos críticos cuyas opiniones nos han llegado. Pero quien la vio en escena, siempre recordaba su gran delicadeza y su insinuante, pero nunca vulgar, forma de moverse. En cuanto a su falta de coordinación, resulta paradójico que uno de sus números más famosos, "El Polichinela", lo realizara accionando una marioneta mientras cantaba y se movía por el escenario. Este número siempre fue uno de los mejor recibidos por su público, así que tan mal no lo haría ...
Y hasta aquí una descripción del físico de La Fornarina y de su estilo como artista. Del carácter de Consuelo y de la evolución de su personalidad, hablaré en otro intermedio.
Pues es consideración indudable y de opinión generalizada, que el interior del ser humano se merezca entrada aparte.
(1) Muy en sus comienzos, cuando era modelo de artistas, Consuelo estaba mucho más delgada. No sería descabellado imaginar que su delgadez se debía, simplemente, al hambre.
viernes, 15 de octubre de 2010
LA FORNARINA V: Un diamante por pulir

Fornarina siempre estuvo muy bien relacionada
con el mundillo periodístico
En la primavera de 1903 Fornarina fue contratada para actuar en el Teatro Nuevo Retiro de Barcelona y a continuación en el Novedades de Valencia, para regresar a Madrid, primero actuando en el Actualidades y después en el Romea, donde intervino en espectáculos como "¡Cuidado con los turcos!" o "La bodega del diablo".
El Romea fue, y durante muchos años siguió siéndolo, uno de los principales teatros de repertorio musical del tipo ligero en Madrid. En la época de Fornarina era uno de los templos del género ínfimo y, además de los espectáculos de variedades y las actuaciones de las gentiles cupletistas de moda, tenía para los espectadores un singular reclamo: el foyer de artistas.
El foyer (1) en este caso era el vestíbulo del Romea y era el lugar de encuentro entre las artistas (femeninas) y los espectadores (masculinos) donde, vestidas para el espectáculo y entre sesiones, las primeras "alternaban" con los segundos. Había bebidas (café, tinto con sifón y quién sabe si algún que otro champagne), risas y coqueteos hasta que el regidor avisaba del comienzo de la siguiente sesión. Si tenemos en cuenta que dichas sesiones podían comenzar a las 5 de la tarde y terminar a la 1 de la madrugada, nos podemos hacer una idea del negocio que significaba para el Romea que sus artistas "alternasen". Como ahora se dice de otro tipo de locales, si después de la actuación las susodichas llegaban a mayores con los susodichos, era asunto de unas y de otros exclusivamente.
No era el único local del género donde esto se hacía, pero el foyer del Romea tiene para nuestra historia un especial significado: al parecer allí se conocieron José Juan Cadenas y nuestra simpar Consuelito. Y allí comenzó su historia de amor y de negocios.

José Juan Cadenas, un caballero de su tiempo
José Juan Cadenas era periodista pero también muchas otras cosas: letrista, dramaturgo, traductor, adaptador, poeta, crítico, viajero, ... un ejemplo perfecto y a la española de bon vivant de la belle époque, que dejó crónicas deliciosas (especialmente para el diario ABC) de los lugares, personajes y momentos que le tocó vivir.
Había nacido en 1872 (es decir, le llevaba a Consuelo 12 años) y era guapo a la manera de entonces: espesos y cuidados bigotes oscuros, atildadas toilettes que le daban un aspecto de dandy y, sobre todo, una labia tremenda. De su inteligencia, oportunismo, audacia y astucia, nos da idea el hecho de que fuera uno de los primeros presidentes de la Sociedad General de Autores.

Una caricatura para José Juan
El caso es que Consuelo se enamoró y, es de suponer, él también cayó rendido a los encantos de la madrileña. Enseguida se dio cuenta del potencial de la cupletista, siendo como era un hombre inteligente y con una gran visión para el mundo del espectáculo. Sus viajes al extranjero, especialmente a París, donde fue corresponsal de ABC, le habían hecho conocer de primera mano las modas y los modos de la capital francesa, que era por entonces la meca del espectáculo no sólo europea sino mundial.
Emprendió una labor de "pulido" del diamante todavía en bruto que era Fornarina. Ella, además, no era precisamente tonta. En ningún sentido. Aprendió diligentemente todo lo que él quiso enseñarle y supo ver la gran ayuda que representaría para su carrera.
José Juan inculcó en Consuelo el gusto por la lectura, le enseñó idiomas, la introdujo en sus círculos, periodísticos e intelectuales, la enseñó a vestir, a peinarse, a comportarse en sociedad, a ser -o al menos parecer- una dama del gran mundo.
Pero, sobre todo, Cadenas aportó a Fornarina su sello artístico: multitud de cuplés, la mayoría adaptaciones de éxitos franceses, que no sólo se correspondían con los gustos del momento, sino que incluso impusieron dichos gustos a la sociedad española. De su tándem con Quinito Valverde, un músico muy popular y de gran talento, surgieron éxitos de Fornarina que han llegado hasta nuestros días: "Clavelitos" (sí, los de Sara Montiel), adaptaciones como "La Maxixa", etc.
Todo esto, en cuanto a la relación profesional. En cuanto a la personal, tratándose de dos personajes apasionados y de fuertes personalidades, tal relación no pudo ser otra cosa que atormentada y fluctuante. Resumiendo:
Ella tuvo numerosos admiradores y él se ponía celoso.
Él "protegió" a otras artistas y ella se ponía celosa.
Ella tenía un pasado oscuro y callejero y él se ponía celoso con carácter retroactivo.
Él se volcaba en la carrera de una joven divette que empezaba llamada Manón y Consuelo se ponía celosa con carácter de futuro.
Ella recibía con agrado la admiración del poeta Enrique Amado y José Juan, ejerciendo de miembro de la Sociedad de Autores, le prohibía en represalia cantar sus canciones.
Y así, prácticamente hasta el final. El final de Fornarina, claro está, porque Cadenas la sobrevivió hasta el año 1946. Pero esa sí que es otra historia.
(1) Literalmente en francés significa hogar o residencia, es decir, un lugar para sentirse como en casa ...
(2) A su Madrid ha llegado/Fornarina y luce el talle/retrechero en todos lados .../¡Vales tú más en la calle/que muchas en el tablado!
jueves, 14 de octubre de 2010
LA FORNARINA IV: Los duros comienzos

El Teatro de la Zarzuela
En 1902 Fornarina ya estaba actuando en el coro del mismísimo Teatro de la Zarzuela. A partir de ese momento comienza su currículo artístico oficial, pero hasta ahí su recorrido es incierto: posó para pintores (como el costumbrista Alejandro Saint-Aubin, muy valorado en su época) y también para fotografías artísticas y postales; se rumoreó sobre su paso por un taller de costura, en realidad "tapadera" de otro negocio más lucrativo, en el que se relacionaba a las aparentes costureras con caballeros que pagaban por sus servicios, no precisamente en el arte de la aguja. Y acaso en este lugar o dentro de los círculos artísticos que, aunque limitadamente, podía frecuentar una modelo, Consuelo conocería a clientes que estuvieran bien situados o relacionados con el mundo intelectual y periodístico. Precisamente fue un periodista, Betegón, el que le impuso el nombre artístico de "La Fornarina" en lugar del elegido por ella, "Rosa de Te".
Fueron sin duda su físico y su gracejo los que le dieron el billete de entrada al teatro, en concepto de corista, ganando la desorbitada cifra de ¡seis reales al día! No era mucho y tenía que seguir complementando tan escasos ingresos con sus otras actividades, pero su ascenso era ya imparable.
El jueves 29 de marzo de 1902, Fornarina debutó en el teatro Japonés (que merece entrada aparte) en una pantomima llamada "El Pachá Bum-Bum". Su papel era de esclava, en realidad de "escultura viviente": vestida con unas ceñidísimas mallas de color marfil y aparentando una desnudez prohibida en la España de entonces y que no estaría permitida encima de un escenario hasta la 2ª República.
El éxito fue apoteósico y escandaloso, faltaría más. La obra se enfrentó a la prohibición, el teatro al cierre y Fornarina a la fama.
Medio Madrid le hablaba al otro medio de lo que había visto o había visto un vecino o un vecino le había contado que había visto su cuñado. De resultas de lo cual, Fornarina había salido a escena ¡completamente desnuda! y mayor publicidad que esa no podría haber tenido. A primeros del siglo XX una figura "escultural" como la suya era el rien ne va plus en una mujer.

El Teatro Japonés despertaba las iras de los perfectos caballeros
Aunque ya desde 1902 Fornarina había estado actuando en diferentes salas madrileñas, como una de tantas, a partir del éxito de su intervención en "El pachá Bum-Bum" le empezaron a llover las ofertas. Tuvo que aprender a cantar y a bailar, en suma, a ser una artista de verdad y no una mera "escultura viviente". Empezó a actuar en otros teatros y salones como el Kursaal Central, el Actualidades o el Romea donde, tal y como podemos ver en la cartelera del diario "La Época" en el mes de abril se anunciaba su actuación como "la encantadora Fornarina" junto con otras artistas del varietés como Luz-Bel, Olga de Marigny o Magda La Africanita.
Durante esos primeros años podemos imaginarnos a una Fornarina llena de fuerza, tenacidad y grandes esperanzas. Sometida a 3 ó 4 sesiones teatrales diarias, asistiendo a clases de solfeo, declamación y danza, pesadas pruebas de vestuario y peluquería y sobre todo a los ensayos de las diferentes canciones o representaciones, siempre en permanente cambio. Hay que tener en cuenta que las comodidades en aquellos teatros de variedades eran pocas, con sórdidos camerinos para las que no eran consideradas todavía como primeras figuras. Pero en fin, nada que una mujer joven y fuerte como ella no pudiera afrontar.
Y hablando de afrontar, acaso lo más duro, el más costoso hándicap diario, fuera el enfrentamiento con el público. Formado éste por hombres en su gran mayoría -las señoras no entraban en estos teatros, a no ser que fueran artistas u otra cosa aún peor considerada-, ruidosos, espontáneos hasta la grosería, nada diplomáticos a la hora de expresar sus agrados o desagrados y, sobre todo, a la busca y captura de carne fresca de corista o cupletista. Más de una vez Fornarina se enfrentó con ese público (es célebre el episodio del melón, que más adelante contaré), sobre todo cuando intentó quitarse de encima la etiqueta de divette escandalosa para poder cantar cuplés más serios, más sentimentales, críticos o humorísticos.
Faltaba poco para que conociera al "hombre de su vida", que en su caso fue algo así como su Pigmalión y también su Némesis. Se llamaba José Juan, era guapo, influyente y muy listo. Y de él y sus tormentosos amores con Consuelito hablaremos en la próxima entrada.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Intermedio: La hija del pueblo de Madrid

Postales de Fornarina, con mantón y pañuelo
Imaginemos por un momento a una mujer de clase humilde de entonces, una madrileña de finales del XIX y principios del XX, que no es una dama por cuna ni puede pretender serlo. Pero hoy se ha esmerado porque se ha arreglado para ir a la verbena y luce lo mejor de sus toiletttes: puede que no lleve corsé pero afina su talle con un ancho cinturón y su atuendo se compone de blusa y falda tobillera o vestido de una pieza, que deja ver sus pies pequeños enfundados en botines ceñidísimos o en zapatos bajos, es decir, abiertos y sin caña, que permiten ver las medias, bordadas y de seda en el mejor de los casos, aunque generalmente lisas y de algodón.
Su magra economía no da para abrigos de paño, pero luce un mantón con flecos, de lana para el frío y de algodón o seda cuando el clima es más suave. Liso y de color negro el de lana o bordado el de seda en algún remoto lugar de Oriente. Este famoso mantón bordado, "alfombrao", de Manila o de la China, que con todos estos nombres se conoce, es el más caro y solo es posible lucirlo si se tienen precisamente "posibles" o algún admirador generoso que te lo haya regalado.
En la cabeza, nuestra inefable hija del pueblo de Madrid, no porta elegantes sombreros, que son muy caros. Lleva el cabello al aire, recogido en un moño alto y voluminoso, suyo natural o relleno de crêpe. Puede que luzca pañuelo de algodón o satén, preferiblemente blanco, adornado con flores naturales, prendidas directamente en el pelo. No se maquilla, que eso es de artistas y de pendones, si acaso se aplica con borla una nube de polvos de arroz baratos. Huele a jabón de tocador o a agua de violetas o de rosas. Y en fin, va hecha un pincel por muy poquito parné.
Una escena de "La verbena de la Paloma"
En cuanto a su forma de hablar y de desenvolverse, es expresiva, simpática o desdeñosa según la situación, un tanto descarada y muy consciente del poder de los mohines, los guiños y los desplantes. Su forma de hablar no es la que nos ha llegado en las zarzuelas o los sainetes, pero se parece bastante y, curiosamente, puede hasta variar dependiendo del barrio del que proceda.
No es una chica culta, no tiene apenas educación y la que tiene es de un tipo sentimental y práctico, idealista y grosero, todo al mismo tiempo, algo que hoy en día nos dejaría algo desconcertados. Si no es tonta, medrará, y si lo es, puede que también lo consiga, porque
"la suerte esquiva es atolondrada y veleidosa,
y nunca se sabe dónde se posa"
Es honrada y honesta a su manera: lo primero si puede y lo segundo si la dejan. Valora y ansía el amor verdadero entre un hombre y una mujer, pero para amor verdadero, el que se siente por una madre o por un hijo. Le gustan los folletines y las romanzas, las canciones con doble sentido (los couplets que se han puesto tan de moda últimamente) y los chismes, siempre y cuando no traten sobre una o su familia.
Y una vez que nos hemos imaginado a esta madrileña tan zarzuelera, la típica chulapa, chulona, chulapona, castiza o como le queramos llamar, podremos visualizar a una vecina joven y guapetona de la pequeña Consuelo. Y a ella misma, unos cuantos años después, con muy pocas variaciones. En las clases populares la velocidad de los cambios en la moda va más lenta y los aires del Sena apenas llegan al Manzanares.
martes, 12 de octubre de 2010
LA FORNARINA III: Los años oscuros

Una joven Fornarina, hacia 1900
En algún momento de su adolescencia, o quién sabe si de su niñez, Consuelo ingresó en las abundantes filas de la prostitución callejera.
Hemos de imaginar un Madrid en el que las posibilidades laborales de las mujeres humildes, eran escasas: en el servicio doméstico como criadas, cocineras, doncellas, etc ... generalmente mal pagadas y sufriendo toda clase de abusos; como lavanderas, modistillas o planchadoras en los muchos talleres que existían cuando aún no se había inventado el prêt-a-pòrter; como dependientas en comercios especializados en señoras o atendiendo puestos propios o ajenos en los numerosos mercados y mercadillos -desde aquí un emotivo recuerdo para las célebres verduleras -; y como artistas, por supuesto. Y poco más.

Hacendosa y formalita, desde pequeña
Mujeres que eran en la mayoría de los casos analfabetas o casi sin estudios, aprendiendo lo que entonces se llamaba "las 4 letras", ya que la educación no se consideraba aún imprescindible y menos para las mujeres. Con suerte, llegaban a ser las jefas y a regentar sus propios negocios.
Con más suerte todavía, se casaban más o menos bien y se dedicaban a su marido y a sus hijos hasta el final de sus días. Aquí estaría bien recordar que la esperanza media de vida en la España de 1900 era de ¡35 años!. La mortalidad infantil era muy elevada y las mujeres padecían una altísima tasa de mortalidad en el parto o el post-parto (por entonces puerperio), igual que sucede hoy en día en lo que llamamos el Tercer Mundo. Además en las clases populares no siempre había boda y los hijos ilegítimos eran numerosos.

No había mucho donde escoger pero sí
mucho que planchar
El caso es que Fornarina, cuando aún era Consuelito la hija de la lavandera, comenzó como tal, y tras no sabemos qué estado intermedio, terminó ejerciendo de meretriz en los mismísimos soportales de la Plaza Mayor madrileña. Viéndolo en perspectiva, resulta difícil de creer que la hija de un guardia civil al que podemos imaginar celoso guardián de la virtud de su hija -tal y como estas cosas de honor se trataban en la época-, pudiera vender su cuerpo en plena calle en el pueblo grande que era Madrid a principios del siglo XX, con poco más de 200.000 habitantes. Un lugar donde todo acababa sabiéndose.
De lo que nada se sabe es de la edad en la que comenzó su actividad mercenaria, aunque por entonces no existían demasiados escrúpulos en lo que a menores se refería, y se consideraba que una niña de 13 ó 14 años ya tenía cierta madurez sexual, sobre todo si era pobre.
Muchas niñas de las clases más desfavorecidas sufrían de abusos por parte de su entorno, a veces dentro de su propia familia o cuando se ponían a trabajar en el servicio doméstico, a merced de los impulsos de los señoritos calaveras.
El señorito y su entretenida, entreteniéndoseSin que haya prueba de que fuera su caso, se sabe que por entonces algunos padres eran los primeros en ofrecer los encantos de sus hijas o incluso vender su virginidad. La necesidad era grande y muchos hombres bien situados estaban dispuestos a pagar mucho dinero por semejante perspectiva. Las chicas se convertían en mantenidas, entretenidas o simples busconas, dependiendo de su suerte, su inteligencia y su aspecto.
Consuelito era hermosa, con una belleza muy al gusto de la época, pecho abundante y cintura fina, cabellos espesos y ondulados, gesto simpático y desenvuelto. Lo que entonces y ahora se consideraba una chulona. Sin duda estos atributos llamarían la atención de los hombres, que le ofrecerían ganar en "un ratito" lo que probablemente no ganaría en una semana.
Aunque nunca renegó de su pasado -ni se jactó de él- cuesta trabajo creer que esta parte de su vida no causara ninguna reacción en su familia, a no ser que estuvieran al tanto de sus actividades, las admitieran tácitamente o incluso en su momento las fomentaran.
En el momento de la muerte de Fornarina, en 1915, vivían su padre y sus hermanos, a los que legó su fortuna, así que podemos pensar que sus relaciones con ellos, y más concretamente con su padre, fueron más o menos fluidas y normales.
Sólo podemos especular con lo que pudo suceder, pero es el caso que hacia 1900 Fornarina alternaba, literalmente, su carrera callejera con el posado para artistas (actividades intrínsecamente relacionadas en muchas ocasiones) o pequeñas figuraciones en el teatro de variedades. Porque, claro, siempre había otra salida para una mujer como ella: ser artista.
Y de cómo salió de la calle y dio sus primeros pasos en espectáculos de variedades, gracias a su belleza y su gracia naturales, trataremos en el siguiente capítulo.
lunes, 11 de octubre de 2010
LA FORNARINA II: Niñez y miseria
Lavadero y secadero a orillas del Manzanares,
principios del siglo XX
De la mísera infancia de Fornarina se ha escrito mucho: desde muy pequeña tuvo que ayudar a su madre lavando ropa en los lavaderos del Manzanares. En fotografías de la época (la que os muestro es de Alfonso) se puede ver bien cuales eran las condiciones de trabajo de estas mujeres, sin lavadoras ni detergentes ni condiciones dignas de trabajo: se lavaba a mano, en todas las épocas del año, en los lavaderos situados a las orillas del río, a veces en la misma orilla, de rodillas y con jabones ásperos, kilos y kilos de ropa ajena. A continuación se ponían a secar en interminables filas de tendederos, así cayera un sol de justicia o una de esas heladas -el que vive en Madrid las conoce- que dejan los dedos amoratados y llenos de sabañones. Si no era el más ínfimo de los trabajos que una gran ciudad podía ofrecerle a una mujer humilde, sin duda estaba muy cerca de serlo, porque al menos las criadas o las planchadoras trabajaban bajo un techo.
Siendo el padre de Consuelo guardia civil, por muy escaso que fuera el sueldo de los miembros de la benemérita en aquellos años, no acabo de entender las duras condiciones a las que estuvo sometida desde niña. Acaso una familia numerosa (tuvo hermanos, conozco la existencia de tres, pero pudieron ser más), la desidia o el incumplimiento de los deberes de manutención por parte del padre, la enfermedad, la pura mala suerte o, simplemente, la costumbre entre las clases bajas de la época de "poner a trabajar" a los hijos desde muy pequeños.
El caso es que la pobre niña era de verdad una niña pobre. Guapa, buena (ayudaba a su mamá en sus duros menesteres) y honrada. Hasta aquí, todo es como un cuento de hadas. En el siguiente capítulo, las hadas desaparecen del cuento y todo se vuelve algo más sórdido. La vida misma.
domingo, 10 de octubre de 2010
LA FORNARINA I: Nacimiento, familia y entorno

La Puerta del Sol de Madrid, hacia 1880
Consuelo Vello Cano llega al mundo en Madrid el 27 de mayo de 1884 aunque hay discrepancias al respecto: que si fue en 1885 o que si fue un día 28, el caso es que poco importa y nada aporta. Su padre, originario de Orense, era guardia civil y se llamaba Laureano. Su madre era lavandera, se llamaba Benita y había nacido en El Toboso. Vamos, que Consuelito era como muchos madrileños: un poco de todas partes.
La familia Vello Cano vivía a unos 2 kilómetros hacia el norte de la Puerta del Sol, en la calle Marqués de Urquijo (entonces se llamaba Cuesta de Areneros y el barrio era mucho más humilde que ahora) y muy probablemente, como era costumbre, Benita dio a luz en casa. Tuvieron madre e hija la suerte de sobrevivir, lo cual por aquellos años no era poca cosa, y así comenzó la historia de la bella Fornarina.
Si ya al nacer Consuelo era bella, lo que se llama un bebé de anuncio, nada se sabe. Si fue una preciosa niña que llamaba la atención de todos los vecinos -como medio siglo después le ocurrió a la también inigualable y también cupletera Sara Montiel-tampoco me ha llegado noticia alguna. Yo no soy historiadora y este es un blog humilde, así que no esperéis que tenga datos para todo. Pero donde el dato no llega, vaga libremente la imaginación, y así me place la imagen de una pequeña Consuelito, de cabellos oscuros y abundantes, ojazos rasgados y piel marfileña, vestida con ropitas humildes pero limpias, en brazos de su madre o de la mano de su padre, que camina orgulloso con su hijita por el Parque del Oeste. Claro que el parque no existía aún y por entonces no era más que el principal vertedero de Madrid ...
En fin, la poesía y el proletariado nunca han ido orgullosamente de la mano.
sábado, 9 de octubre de 2010
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