
En mayo de 1910 un especialmente brillante cometa Halley
llena de asombro a los españoles
Sería demasiado fácil la comparación entre estas dos rutilantes y fugaces estrellas, pero no por fácil es menos cierta, ya que Fornarina es en estos momentos y sin duda alguna una estrella: la artista española que ha conseguido prestigio y riqueza ofreciéndole al público europeo una imagen muy diferente de las Otero, Tortajada y compañía, sin necesidad de descoyuntarse en bailes pretendidamente gitanos, con caracolillos, volantes y castañuelas como principal distintivo. Su figura menuda coronada por rubios cabellos, su "picaresca ingenuidad, candorosa malicia" y su estudiada elegancia a la francesa, convierten a Fornarina en un tipo de artista española nunca visto antes al otro lado de los Pirineos.

La Tortajada ... y ¡olé!
Fornarina es ya rica y famosa pero no ha tenido nunca corazón de vagabunda, como Colette. Su más íntimo anhelo es el de comprarse un hotelito (1) en Madrid y, gradualmente, ir abandonando las tablas. Pero todavía es joven, está en lo más alto de su carrera y hasta que llegue el momento de retirarse -sus cálculos son de cinco años- aún le quedan muchas cosas por hacer en el terreno profesional.

El teatro de la Comedia de Madrid, en la actualidad
El 4 de mayo de 1910 Fornarina debuta en el Teatro de la Comedia de Madrid, tras las funciones de tarde y noche de "La viuda alegre". La fecha y el lugar son de gran relevancia en la trayectoria de Consuelo: por una parte significa su regreso triunfal a España después de tres años de éxito internacional y por otra parte enmarca esta reaparición en el mejor de los escenarios posibles, un teatro “serio” y hasta entonces cerrado al cuplé, considerado todavía como género ínfimo. Aunque las cosas ya habían empezado a cambiar.

El elenco del Edén Concert en 1912 todavía parecía llevar un cartel
de "Prohibido a las señoras decentes"
El éxito de las antaño infravaloradas cupletistas y especialmente el de Fornarina en prestigiosos escenarios del resto de Europa, lleva a los empresarios y al público español a un replanteamiento en su consideración del cuplé y sus descocadas representantes y, a su vez, tanto éstas como los autores buscan un acuerdo en formas y contenidos para poder llegar al gran público, esto es, mujeres y familias. Los salones, cafés-cantantes, barracas y teatruchos destinados a un público mayoritariamente masculino, comienzan a desaparecer o a adaptarse a los nuevos tiempos. A su vez los teatros prestigiosos, como el ya citado de la Comedia en Madrid, abren sus puertas a los nuevos repertorios del cuplé.

Raquel Meller en sus comienzos: con ella el cuplé
se convirtió en un género mayor
Fornarina en este sentido es una especie de precursora y abre las puertas a las que, aunque en algunos casos son contemporáneas, llegarían después de ella a ser reconocidas cancionistas de un género que ya no se consideraría ínfimo, extraordinarias artistas aptas para todos los públicos, tales como Raquel Meller, Mercedes Serós o La Goya.

La Goya fue, más que cupletista, tonadillera
y se especializó en repertorios antiguos
El repertorio de Fornarina se adaptará a los nuevos tiempos e irá incluyendo hasta el final de su carrera títulos más románticos y sentimentales, como “La canción del Rhin” o “El primer amor”, juguetones e ingenuos como “El diávolo francés”, cantados en francés como “La Paraguaya”, patrióticos como “La bandera”, humorísticos sin más como “El ojo de cristal”, lo que hoy llamaríamos folklóricos como “Clavelitos” o decididamente melodramáticos como “El último cuplé”. No abandonará nunca del todo lo picante y sugerente como es el caso de su gran éxito “El sátiro del ABC” y “¡Ni una palabra más!” o lo todavía rematadamente sicalíptico como “La llave”, pero también han cambiado las formas y la rubia Fornarina que canta estos temas es más dulce, más comedida en sus gestos y sus maneras son más delicadas en la insinuación. Abandona el “uniforme de cupletista” y sus toilettes, a la última moda de París, han sido estudiadas hasta el último detalle, dejando a un lado el exceso de plumas, lentejuelas, volantes y bisutería. Sus trajes están realizados para la escena pero su corte y los tejidos empleados son de primera calidad y estilizan dentro de lo posible su figura, siempre algo rotunda a la manera española. En cuanto a las joyas, no pueden ser otra cosa sino auténticas. Fornarina reaparece, en dos palabras, “suavizada y pulida” tal y como la definió su gran admirador, autor de algunos de sus temas y personaje muy a tener en cuenta, Alvarito Retana.

Álvaro Retana se hacía llamar "el novelista
más guapo del mundo"
En su debut en el teatro de la Comedia una aterrorizada Consuelo observaría, antes de salir a escena, al encopetado público del prestigioso local formado por hombres y mujeres de la mejor sociedad madrileña, esperando ansiosamente unos y otras –especialmente las otras- la aparición de la tan gentil como "perversa" divette. Han pagado su entrada para poder apreciar en rigurosa primicia la transformación de Fornarina, la transformación en realidad de todo un género, como un entomólogo observa y estudia detenidamente la metamorfosis que lleva a un gusano a convertirse en mariposa. Y mientras, la mariposa, empachada a base de infusiones de tila, sales inglesas y agua de azahar, susurra tras el telón "... si me silban, me muero".
Fornarina en el punto culminante de su carrera:
hermosa, joven y "para todos los públicos"
Sin embargo Consuelo no tenía demasiados motivos para sus temores ya que, con toda probabilidad, la disposición de este público era a priori bastante positiva, no en vano habían transcurrido tres años de inmejorables noticias sobre los éxitos europeos de Fornarina. Además, ésta no había abandonado nunca del todo al público español, regresando cada primavera para actuar en Madrid durante unos días. El avispado empresario de la Comedia Tirso Escudero, no se hubiera arriesgado tanto de no haber tenido por seguro el éxito de la cupletista.
El ilustre riojano don Tirso Escudero,
en el vestíbulo del Teatro de la Comedia
El caso es que el éxito de la convocatoria fue indiscutible, lo que se llamaba "un entradón formidable". Sobrecogida por el silencio absoluto y expectante, apareció en escena una nerviosa y recatada Fornarina, poco escotada, con sus ondulados cabellos recogidos con peinetas de nácar y brillantes, su sonrisa encantadora y "más bonita que un puro con sortija". Comenzó su actuación con los ya famosísimos “Clavelitos” y tras los primeros fervorosos aplausos, cantó con más seguridad en la voz y el gesto, cuplés como “El ojo de cristal”, “El aeroplano”, “El pigui”, "Lo que no olvidan nunca las mujeres", “La embajada”, “La Paraguaya” (en francés) y el inevitable “Polichinela”, entre otros. Hubo aplausos, ovaciones, bises y tres enormes corbeilles (cestas de flores, siempre mejor regalo que un melón). La representación de la maravillosa opereta "La viuda alegre" de Franz Lehar, el gran éxito de la temporada, quedó totalmente eclipsada. El éxito de Fornarina fue apoteósico.

"La viuda alegre", la más emblemática
de las operetas
Se ensalzó en Fornarina, aparte de las archi-conocidas cualidades de belleza, simpatía y gracia, su "arte de la gradación y el matiz... sin caer nunca en lo chocarrero ni en lo insolente". Las damas se preguntaban qué tendría aquello de escandaloso para no haber podido verlo y escucharlo antes, y algunos caballeros acaso se preguntaron si ya nunca volverían a ver a la Fornarina más sicalíptica e insinuante. Pero hombres y mujeres salieron unánimemente encantados del teatro, esa noche y todas las noches mientras duró el contrato de Consuelito en la Comedia, en un principio de ocho días y prorrogado finalmente hasta llegar a los veinticinco.
La Fornarina más recatada, en tonos pastel,
con flores y mantilla de blonda
Los críticos también se rindieron a sus pies, aunque hay que reconocer que para Fornarina fueron siempre benevolentes, salvo excepciones. La palabra más habitualmente empleada por parte de la crítica para calificar a la Fornarina de esta época, posterior a sus estancia en París, es la de "chic", al igual que anteriormente fue "gentil" y en sus comienzos fue simplemente "hermosa" o cualquiera de sus sinónimos. Además Consuelo había adquirido, muy merecidamente, un aura de voluntariosa autodidacta, instruida y políglota, y de lectora incansable de autores como Rubén Darío, Lamartine o Víctor Hugo, entre otros. Se alababa su capacidad de aprendizaje y sus inquietudes intelectuales, a lo cual contribuían sus excelentes relaciones con periodistas, escritores y poetas.
El poeta nicaragüense Rubén Darío fue uno
de los escritores favoritos de Fornarina
De su buena relación con la prensa –algo que Consuelo procuró alimentar durante toda su carrera- nos da idea el famoso banquete que en su honor se celebró en la sala Parisiana el 13 de mayo de 1910. Una radiante aunque algo azorada Fornarina se nos aparece en las fotos de este acto con un extraordinario sombrero, blusa de lamé (2) e impecable traje sastre con falda de talle alto, guapetona y elegante. Por cierto, que a costa de uno de los reportajes gráficos de este acto, el de la revista "Comedias y Comediantes", hubo cierta rechifla durante un tiempo: “La Fornarina, ríe”, “La Fornarina, brinda” y “La Fornarina, bebe” eran los textos a pie de foto, tan poco originales como obsesivos, que registraban casi minuto a minuto todos los pasos de la simpática Consuelito. De sus otras actividades durante el banquete y de su posible tratamiento a pie de foto, se especuló lo suyo durante un tiempo…
La Fornarina, ríe. La Fornarina, brinda. La Fornarina, bebe.
La celebración de banquetes en honor a una artista famosa no era infrecuente. Poco después del de Fornarina se celebró otro para agasajar a su rival, la Chelito. Y unas semanas más tarde se llegó incluso a homenajear a una tal Madame Pimentón, cantante callejera muy famosa en el Madrid de aquellos años, aunque en este caso el homenaje no estaba desprovisto de cierta dosis de guasa.
El banquete de Fornarina en particular nos ha dejado un curioso reportaje gráfico, en el que una Consuelo que se sabe hermosa, elegante, segura de si misma e íntimamente orgullosa, brinda con champagne ante la opulenta y ornamentada mesa en el salón de Parisiana. Más tarde, Fornarina toma el café después de la comida (con su preceptivo vaso de agua incluido), sentada ante un sencillo velador de la terraza, abrigada hasta con bufanda debido al frescor de la primavera madrileña. Pero en todo momento se encuentra rodeada exclusivamente de hombres, no en vano el homenaje había sido promovido por el Ateneo madrileño, feudo masculino por excelencia.

El homenaje en Parisiana: Fornarina en la terraza exterior
con sus admiradores
No hay ni una sola mujer invitada en el evento, por no haber, ni siquiera hay camareras. Consuelo se yergue, hermosa y joven, con su encantadora sonrisa, y brinda su agradecimiento, su orgullo y su más o menos genuino rubor a la admiración de los hombres que le rodean. Es su consecuencia, está allí por ellos y para ellos, se debe a su público como cualquier otro artista pero, al mismo tiempo, su exposición a las miradas, a la admiración o a los deseos de estos hombres, le hace especialmente vulnerable, devastadoramente desprotegida.
El homenaje en Parisiana: Fornarina brinda en el interior
por sus admiradores
Cualquiera de estos caballeros que gustosamente le hubieran ofrecido su abrigo contra el frío, su rendida y absoluta admiración eterna, un collar de diamantes o un ventajoso contrato publicitario, son los mismos que años después no asistirán a su entierro, los mismos que, de no haber mediado su temprana muerte, hubieran ignorado a una madura Consuelo y hubieran organizado otro banquete en honor de la siguiente cupletista de moda, más hermosa, más ambiciosa y , sobre todo, más joven.
A finales de este mismo año aparecen en los periódicos reseñas sobre el debut de una diseuse llamada Manon: joven, guapa, elegante, de voz fina y cuerpo precioso, son algunos de los calificativos que se le dedican, además del de "envidia de Fornarinas y otras". Detrás de Manón está José Juan Cadenas, detrás de él está Fornarina. Y ya tenemos así formado un triángulo de lo más interesante para la siguiente entrada.
(1) El hotelito era el nombre popular que se le daba a una mansión en la ciudad, algo así como un chalet con jardín pero en el casco urbano o a las afueras. Lo que en Cataluña se denomina torre.
(2) El lamé es un tejido realizado con hilos metalizados, generalmente dorados o plateados.