La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época

La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época: mujeres ayer admiradas, hoy olvidadas
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martes, 24 de mayo de 2011

LA FORNARINA XIV: Tiempos de guerra

Fornarina a los treinta años era ya considerada
por algunos
como una artista "bien conservada"

Como ya hemos visto en el anterior capítulo, la vida de Fornarina termina 1913 bajo tres importantes premisas: una todavía exitosa carrera que comienza a dar síntomas de decadencia, la estruendosa ruptura con Cadenas, de efectos negativos tanto en lo personal como en lo profesional y sus graves problemas de salud, aún ignorados pero ya muy evidentes.
Pero 1914 le da un respiro y no todo serán tristezas. Sin saber muy bien cómo ni por qué, Consuelo y Cadenas se reconcilian (ellos serán los primeros sorprendidos) y vuelven a vivir juntos en el modesto pisito alquilado de París. Este reencuentro, que será breve, se realiza gracias a la intervención de amigos comunes que consiguen el perdón de Cadenas, pero sobre todo a esa especie de fatalidad que unió sus destinos hasta el final. Esta vez la ruptura no es traumática y la relación acaba definitivamente más por aburrimiento, desilusión o desinterés que por celos o achares.
Al menos en apariencia seguirán siendo buenos amigos y, lo que es más importante, su relación profesional no se ve afectada y Cadenas continúa ejerciendo sus funciones de letrista y adaptador de los temas de Consuelo. A ésta, trabajo no le falta y continúa cumpliendo con sus contratos fuera de España, aunque ya desde el año anterior el número de estos contratos en el extranjero haya ido disminuyendo, en parte por su voluntad de bajar el ritmo y empezar una lenta retirada de los escenarios, en parte por la pérdida paulatina del favor del público, siempre deseoso de novedades e ingrato por naturaleza. Durante estos últimos años han empezado a imponerse otros ritmos muy diferentes a los del cuplé, no menos populares que éste y más bailables, como son el tango argentino o el cake-walk.

El tango argentino causa auténtico furor en la España
de 1914,
como espectáculo o como baile de sociedad

Consuelo era una mujer reflexiva y cauta, al menos en lo que a su carrera se refería, y nunca se hizo ilusiones a lo Norma Desmond(1) sobre su fama y el favor de su público. Al fin y al cabo, no se puede ser una estrella eternamente y a sus apenas treinta años ya había quien cruelmente comentaba "lo bien que se conserva todavía la Fornarina". Deseosa desde sus comienzos de ganar el dinero suficiente para comprarse el hotelito y tener un buen pasar en el futuro, se encuentra en este año de 1914 con una circunstancia que todavía no es la ideal pero que, con un poco más de esfuerzo, puede llegar a serlo a medio plazo. Asegura por estas fechas a un periodista que con el hotelito y una renta mensual de dos mil pesetas se daría por satisfecha, ya que sus gustos son modestos -las joyas son solo una inversión- y nunca ha tenido aficiones caras.
La suerte le acompañará a su regreso a Madrid después del impass de su breve reconciliación con Cadenas. Encontrará refugio a sus pesares y será éste un refugio sólido y palpable: nada más y nada menos que bajo la forma del ansiado hotelito.

Este hotelito de 1914, en la Ciudad Lineal, no debía ser
muy diferente
del de Fornarina: sencillo, "coqueto" y con un pequeño jardín

La manera en que su sueño se hizo al fin realidad se conoce, a medias. Poco aparece en la prensa de la época al respecto como no sea alguna rara foto o las breves descripciones que acompañan algunas de sus últimas entrevistas. Se sabe dónde estaba situado (en el número 4 de la calle María de Molina), cómo era su reducido y sencillo jardín (repleto de rosales y árboles frutales) e incluso su decoración interior (recargada en maderas oscuras y tapices, al gusto de la época), pero nada se sabe sobre el dato más importante de todos: quién lo pagó.
Y es que Fornarina no era su propietaria, aunque tampoco exactamente su inquilina. Se trató de la donación de uno de sus mejores amigos y admiradores, un hombre adinerado y generoso cuyo nombre no aparece en ninguna de las biografías o reseñas de la cupletista. No resulta difícil imaginar el porqué.

Fornarina anunciando el proyector
casero KOK
de los Hermanos Pathé, en el jardín de su hotelito

Consuelo siempre presumió de independiente y de no haber claudicado ante ninguno de los millonarios que pusieron a sus pies sus fortunas, más o menos cuantiosas, a lo largo de su exitosa carrera. Al parecer el generoso amigo que puso a su disposición el deseado hotelito no pidió en contrapartida ningún tipo de compromiso por parte de ella. El comportamiento de este caballero misterioso fue, como ya veremos más adelante, tan excelente como discreto hasta el final. No se puede negar que, al menos, Fornarina tuvo buen criterio a la hora de elegir al que sería su protector.

Fornarina extasiada ante la visión
de
la
lámpara incandescente "Z"

Ya tiene el hotelito, pero está empeñada en conseguir con su propio esfuerzo las dos mil cucas mensuales que asegurarán su futuro de rentista. No hay más remedio, hay que seguir trabajando, y no necesariamente encima de un escenario. Desde 1910, el año de su eclosión como estrella internacional, Consuelo ha venido haciendo campañas publicitarias -a la pintoresca manera de la época- para diferentes marcas y productos, especialmente de belleza. Pero es en este año de 1914 cuando parece empeñada en anunciar prácticamente todo lo que se le ofrezca: bombillas, chocolates, perfumes, somieres, proyectores caseros de cine, etc.

Cromo de Fornarina para la publicidad
de una fábrica de "sommiers"

Pero lo suyo es la escena y así vuelve a ser contratada en el madrileño Apolo, donde debuta el 1 de mayo con los mismos miedos e inseguridades de la primera vez. Esta vez esconde un as en la manga, que ella misma desconoce, y estrena "El último cuplé" -con música de Berlin y Snyder y letra adaptada por Cadenas-, que obtiene un gran éxito, de hecho su último gran éxito.
Este cuplé sentimental a ritmo de ragtime, es más que una canción: es una premonición, una especie de melancólica despedida, tanto más triste ahora que ya sabemos hasta qué punto fue realmente su último cuplé.

En mi país, en mi país,
lejos, muy lejos de París, sí,
un rincón tendré, que cuidaré
para reposar
y descanso buscar.
Y cuando ya un día yo,
como un juguete que pasó,
al olvido el público me dé,
cuando cante mi último cuplé...
En mi país, en mi país,
mi canción os cantaré.

(Podéis encontrar la letra completa en la página de Repertorio de Fornarina de este blog).

Hasta junio Fornarina seguirá actuando en el Apolo, siempre como principal reclamo y con gran éxito. En el cartel aparecen obras tan dispares como "El amigo Melquiades", "El motete" o "El sueño de Pierrot", tras de las cuales una encantadora Fornarina sigue haciendo las delicias de su público. La fórmula sigue funcionando como antes, pero este público entregado advierte en la cupletista una languidez hasta entonces desconocida en ella. Ya no es alegre y simpática sin más. Su belleza ha adquirido un matiz más interesante y menos ingenuo. Surgen los comentarios sobre su adicción al opio, se dice que es a causa de sus conflictos sentimentales, hay quien aventura problemas de salud... y todos tienen razón.

Fornarina en uno de sus mejores retratos, con aquel aire
de lejana tristeza tan característico de sus últimos años

Pero Consuelo, inasequible al desaliento, continúa trabajando sin que ninguno de sus problemas le impida seguir cumpliendo sus contratos. El 6 de mayo interviene, por primera vez, en el "31º vermouth de gran moda", gala de exótico nombre e inescrutable significado que al parecer unía música, elegancia y bebidas espirituosas bajo el mismo techo y a la misma hora (la del aperitivo, se entiende). El 27 de mayo se celebrará el vermouth número 34, así que suponemos que la fórmula obtuvo una gran acogida por parte del público. Al menos, alegres sí salían del teatro.
El "vermouth" era una de las bebidas alcohólicas
más populares de la época

La Fornarina de inquietudes intelectuales continúa en activo y el 26 de mayo acepta encantada intervenir en una velada en el Círculo de Bellas Artes, organizada por la sección de Literatura con motivo de la conferencia sobre "El arte dramático y las varietés en nuestro teatro contemporáneo". Actúa al final, acompañada al piano por el maestro Foglietti, interpretando temas de su repertorio. Está bellísima: lleva un traje blanco de inspiración griega, cruzado por un estilizado ramo en tonos oscuros y los cabellos recogidos en un moño alto. Resplandece incluso al lado de la actriz Mercedes Pardo, otra belleza de la época -con la que parece tener una amistosa complicidad-, los conferenciantes y el resto de intervinientes en la gala. Sobresale entre todos ellos, luminosa y alegre, con su amplia y dulce sonrisa tan característica. Según el Heraldo, siempre muy partidario de Fornarina, "...el de anoche fue el triunfo más grande que ha obtenido artista alguna de este género ante un público de intelectuales". Su actuación ha sido un éxito, el mayor de la noche y se habla, una vez más, de su "gracia, distinción y arte".

Fornarina, la tercera por la derecha, resplandece en esta fotografía
tomada en la velada del Círculo, a pesar de su mala calidad

El 3 de junio celebra su beneficio y despedida del Apolo, dispuesta a comenzar la tradicional gira veraniega por España y, en otoño, su temporada en el extranjero. En julio actúa durante cinco noches en el Salón Regio de Granada, donde un crítico entusiasta se refiere a ella como el "non plus ultra de las mujeres". En agosto es contratada por el Novetats de Barcelona, reconvertido al music-hall durante la temporada veraniega y que ofrece a los barceloneses un cartel característico de las variedades. Y así Fornarina actúa como número final detrás de la canzonetista Carmen Ibañez, las bailarinas Hermanas España (que "bordan la jota") y las Imperiales, los barristas cómicos The Gustinos o el Trío Lara. Todo esto tras "metros de películas y sinfonías kilométricas" de las que se queja un público deseoso de ver las atracciones anunciadas.

La Raquel Meller de 1914 aún no era una diva glamurosa
y hermética, aunque su talento ya era innegable

En Barcelona triunfa otra cupletista que será mítica y que ya apunta maneras para recoger el cetro de Fornarina como reina del cuplé: Raquel Meller, que de momento gana trescientas pesetas diarias donde el caché de Consuelo no baja de las quinientas. Algún crítico hablará de las supuestas pérdidas del teatro Novetats a causa precisamente de este elevado caché de la madrileña. En realidad, la temporada de verano en Barcelona -a pesar de ser ciudad costera- suele ser tan floja como la madrileña, y los teatros se las ven y se las desean para no tener pérdidas.
El 25 de agosto Fornarina debuta en el Salón Pradera de Santander, donde no se habla de pérdidas sino de todo lo contrario. Así como en el Victoria Eugenia de San Sebastián, donde da por terminada la temporada de verano a mediados del mes de septiembre, regresando a Madrid con unos planes muy concretos y nada prometedores. Marinelli, su tenaz agente en el extranjero, le ha preparado contratos para Francia, Alemania y Dinamarca, entre otros países. Pero todo se ha desbaratado, esta vez por una circunstancia totalmente ajena y de tan radicales como duraderos efectos.

Una trinchera de la Gran Guerra: cerca de ocho millones
de muertos para cambiar el mapa de Europa

El año 1914 quedará marcado en la historia de la humanidad como el del inicio de la Primera Guerra Mundial, conocida en su momento (antes de la llegada de la Segunda) simplemente como la Gran Guerra.
Hasta el 28 de junio, fecha en la que fue asesinado en Sarajevo el heredero del Imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando, la pequeña historia que se escribe día a día en lo cotidiano se aferra todavía a los últimos momentos de la Belle Époque. En realidad a los últimos momentos de toda una manera de entender la vida, ya que nada sería lo mismo al terminar la Gran Guerra: ni el mapa de Europa, ni la situación política y económica mundial, ni las ideologías, ni las modas.
Para Fornarina significa el fin de su sueño parisino. Como hemos visto, al terminar la temporada en España decide viajar a la capital de Francia para desmontar el meublé de la calle Godot de Mauroy, en el que tantos momentos felices en lo personal y lo profesional compartiera con Cadenas. El ambiente que en París se encuentra es opresivo: comienzan a llegar los primeros refugiados, hay miedo e incertidumbre en el ambiente, la gente tiene prisa, no hay tiempo para hacer planes aunque sí para romper contratos. Los parisinos se despiden de la frivolidad mágica de la Belle Époque sin apenas darse cuenta.

Refugiados belgas a su llegada a París en 1914

Consuelo, contagiada por esta atmósfera de temor, recoge precipitadamente todos sus objetos personales, regalando aquellos que no puede portar consigo en su maleta de regreso a Madrid. Liquida las cuentas pendientes con el casero y otros proveedores, y al despedirse de la portera no puede evitar derramar unas lágrimas. Aunque una y otra se prometen volver a verse "cuando todo termine", de alguna manera Consuelo ya presiente cual va a ser la realidad de este pretendido reencuentro: no volverán a verse nunca más, de hecho no regresará a París, su querido París, ni volverá a salir de España.
Regresa a Madrid con el corazón encogido, tras un viaje accidentado y más largo que de costumbre. En el trayecto ha tenido tiempo de meditar sobre su situación: sus contratos con Marinelli han sido cancelados y se encuentra con un vacío laboral inesperado que, de momento, no sabe cómo llenar. La visión de la frontera militarizada y los relatos que escucha en el tren aumentan su desasosiego. Comprende que ha llegado el momento de tomarse un respiro para reflexionar sobre su situación.

La cortesana Aspasia de Mileto reunió en su casa de Atenas
lo mejor de la sociedad de la época de Pericles

Durante el resto del año, Fornarina se establece en su hotelito de María de Molina, decora con esmero su interior, cuida tanto de su jardín como de sí misma (su salud es muy delicada) y recibe a sus amigos en lo que fueron las famosas veladas en la casa de Fornarina, actuando como una especie de Aspasia a la española. Y de estas veladas y de los interesantes personajes que en ellas intervenían, os hablaré en la siguiente entrada.

(1) Norma Desmond, el personaje interpretado por Gloria Swanson en "El crepúsculo de los dioses", representa el prototipo de la diva envejecida que se niega a admitir su decadencia, instalándose en un mundo irreal en el que la fama y la juventud todavía le asisten.

viernes, 8 de abril de 2011

LA FORNARINA XIII: Ruptura

Fornarina en 1913, caracterizada (y coloreada)
para
uno de sus números

Comienza 1913 y, como si de la pesadilla de un supersticioso se tratara, el número trece le trae a Fornarina la peor de las suertes: su ruptura con José Juan Cadenas, de forma traumática, explosiva y (casi) definitiva.
Ya hemos visto que su relación fue siempre tormentosa e irregular. Formaban la típica pareja que aún queriéndose de forma pasional no soporta bien la aridez de la convivencia diaria, y aún teniendo intereses comunes, sus formas de ver la vida no podían ser más opuestas. Ambos mantuvieron relaciones paralelas de mayor o menor relevancia que eran la causa o el efecto de cada uno de sus muchos desencuentros pero, al final, estas relaciones esporádicas se quedaban en nada una vez cumplida su función de entretenimiento, venganza o simple gancho. Durante muchos años se alejaron el uno del otro, se engañaron con la más deliciosa de las inconsciencias y se turnaron en el perdón olvidando los deslices del otro, al menos en apariencia. Pero, como no podía ser de otra manera, llegó el momento en que tal situación se hizo insostenible. El detonante, como ya hemos visto, fue la relación de Cadenas con Manón, pero también Consuelo cometió la torpeza de "dejarse querer" de forma demasiado pública por parte de uno de sus más constantes y antiguos enamorados, el poeta Enrique Amado.
Enrique Amado y la paradoja de su apellido: fue el más constante
y el más triste de los enamorados de Fornarina

El que fuera uno de los organizadores del famoso banquete en Parisiana, siempre actuó discretamente a la sombra de Fornarina, pendiente de sus necesidades, deseos y... caídas. Y durante una de estas caídas, probablemente a raíz de la relación de Cadenas con Manón, el hasta entonces desinteresado admirador le jugó una premeditada mala pasada a Consuelo: procuró que su tonteo de verano durante unos días de vacaciones en Vigo, fuese conocido y comentado por propios y extraños, esperando sin duda una reacción definitiva de compromiso por parte de Consuelo después de tantos años de amor en la sombra. La jugada no pudo salir peor ya que, no sólo no consiguió el amor de la cupletista, sino que le dio a Cadenas la ocasión que éste esperaba para terminar con la relación, y de la peor de la maneras posibles: cegado por el amor propio -celos no hay cuando amor ya no existe-, Cadenas prohibió a Fornarina llevar en su repertorio todos los temas firmados por él.

Cadenas se dedicó a la adaptación de operetas y al montaje
de revistas musicales después de su ruptura profesional con Fornarina

Ya sabemos que el repertorio de Fornarina estaba compuesto, en su mayor parte, por temas originales de Cadenas o adaptados por él. Para colmo, desde muy jovencita tuvo dificultades para el aprendizaje de nuevas canciones debido a sus carencias educativas y a una falta de memoria musical que se fue agudizando con el paso del tiempo y sus crecientes problemas de salud. Además, las canciones de Cadenas eran las más populares de su repertorio y las más solicitadas por público y empresarios. Todo esto significaba el desastre y el más que probable final de su carrera, ahora precisamente, cuando se encontraba en lo más alto.
Fornarina cayó en una depresión. Por entonces no se le daba este nombre y ella misma declaró que estaba "neurasténica", que sentía una gran tristeza, una insatisfacción constante y que nada ni nadie conseguía sacarle de tal estado. Además, estaba enferma, enferma de verdad.

Una rubia Fornarina nos sonríe con melancolía

Desde que en Leipzig le fuera diagnosticada una enfermedad de tipo ginecológico y le recomendaran una intervención quirúrgica para atajar su mal, Fornarina no hizo más que evadirse y huir de la realidad, visitando a diferentes especialistas tanto en España como en el extranjero cuando los fuertes dolores le impedían hacer una vida normal. En cuanto la crisis pasaba, la cupletista se olvidaba del problema, se lo negaba a sí misma y a los demás, y decidía posponer la operación para más adelante, siempre "para más adelante". Su actitud de evasión y negación de la enfermedad recuerda a la que, años más tarde, también mantendría en muy parecidas circunstancias una mujer excepcional, Evita Perón. Como ella, accederá a ser intervenida cuando sea ya demasiado tarde.

Hay un paralelismo entre la vida de Evita y la Fornarina,
un punto de encuentro trágico e ¿inevitable?

Pero enferma o no y por encima de todo, estaba su carrera, y sin pensárselo dos veces se agenció un nuevo repertorio de diferentes autores, todos ellos deseosos de poner sus temas al servicio de "la reina del cuplé". Comenzó, con gran dificultad, a preparar el nuevo repertorio con métodos que hoy en día nos parecen algo pintorescos: cantaba a todas horas (de oído, sin saber solfeo) y procuraba que las personas de su entorno se aprendiesen también los temas y los cantasen constantemente. Al final, a base de repeticiones, los nuevos cuplés iban tomando forma en su garganta, después de haber pasado de su oído a su cerebro de manera harto superficial. Algo rústico pero efectivo.
Voluntariosa y resolutiva, seguía manteniendo una apariencia de simpatía y conformidad de cara a la galería. Pero a los más cercanos no podía engañarlos: su situación debió convertirse en algo tan patético y lamentable que, gracias a la intervención de amigos bienintencionados, Cadenas volvió a permitir a Consuelo cantar sus temas pero sin transigir en asuntos más personales. En lo que a él se refería la ruptura sentimental era definitiva y no había posibilidad de marcha atrás.
Consuelo hubo de resignarse, pensando -no sin razón- que vendrían épocas mejores y que lo más conveniente era esperar a que el tiempo y la distancia calmasen los recelos de su Pepe. No se dio por vencida y continuó con su vida. La mejor forma de evasión a sus problemas afectivos y la mejor de las disculpas para no tomar una decisión definitiva con respecto a su salud, fue el trabajo. Continuó cumpliendo sus distintos contratos fuera de España hasta el mes de abril, cuando se presentó -como todas las primaveras- en Madrid. Y así debutó en el Apolo el 19 de abril llevando su antiguo repertorio y alguno de los nuevos temas.
Obtuvo un gran éxito y prensa y público se volcaron con ella. Apareció en escena "gentil, alegre, distinguida siempre", fue recibida con "halagüeño murmullo de simpatía", y los "acentos mimosos de su voz cariñosa y sugestiva" unidos a las "notas picarescas, un ingenuo candor" con que matizaba sus cuplés, fueron los causantes de una acogida de gran calidez por parte del público madrileño, siempre entregado de antemano a su simpática paisana. En estos momentos de su carrera, un teatro como el Apolo bien podía llenarse tan sólo con amigos y admiradores incondicionales de Consuelo.
En el ABC apareció esta fotografía tomada en su debut en el Apolo.
Nunca estuvo tan guapa, aunque la procesión iba por dentro...

Fornarina es, una vez más, el número fuerte y final del espectáculo en el que, durante dos meses, se turnarán obras tan variopintas como "El niño castizo", "El nuevo testamento", "Los cadetes de la reina", "La canción húngara", "El sostén de la casa", "El santo de la Isidra" o "Las musas latinas": opereta, sainete y género chico en sana -y productiva- convivencia. La gran apuesta de la temporada, la revista "Las musas latinas", no tiene el éxito esperado y sus autores (Moncayo y Penella) la reforman introduciendo tres nuevos números para su protagonista, Amalia de Isaura. Pero todo intento se revela como inútil y las musas resultan ser caprichosas e ingobernables criaturas que merecerán, con razón, críticas como la siguiente: "... tuve que aguantar la insoportable lata de ese esperpento, derroche de mal gusto que se llama Las Musas Latinas", a pesar de la Isaura, artista versátil y de peculiar talento que se merecerá en su momento su propia entrada en este blog.

Curioso fotomontaje de la época que nos muestra a Amalia de Isaura
en los cuatro personajes que interpretaba en "Las musas latinas"

Pero si las musas se van, Fornarina permanece. En mayo, mes que parece propicio para el renacimiento y la alegría, Consuelo continúa actuando con gran éxito en el Apolo. El día 4 se celebra la primera Fiesta de la Flor, acontecimiento de tipo benéfico en el que mediante la cuestación por parte de damas y señoritas de cierta relevancia social, se recaudaban fondos para el auxilio de los tuberculosos indigentes. Y así, mucho antes de la "banderita", a los madrileños se les imponía un alfiler con una florecilla de papel como muestra pública de su generosidad y desprendimiento. Consuelo fue una de las figuras solicitadas para la cuestación y la prensa, puntualmente, informó sobre la anécdota que tan sugestiva postulante previsiblemente provocara: encontrándose en la plaza de Canalejas pasó un elegante caballero que inmediatamente fue fichado por la cupletista; al ver el clavel que se le ofrecía a cambio de unas pesetas, le preguntó a Fornarina: "Y un beso ¿cuánto vale?" y ella, tras vacilar unos segundos, respondió: "Un beso no se puede tasar. Pero tratándose de socorrer a los tuberculosos, yo lo tasaría en cien pesetas ¿es mucho?". E indudablemente lo era, pero el transeúnte echó mano a la cartera, sacó las cien cucas y tras depositarlas en el cestillo, rozó con suavidad la mejilla de Consuelo con un casto amago de beso.

La cubano-española Catalina Bárcena era, en 1913, una dama
joven
del teatro con un gran futuro por delante

Además de chicas anónimas -eso sí, todas de buena familia-, hubo otras artistas célebres y hermosas que intervinieron en la cuestación, como Catalina Bárcena, Joaquina Pino o Mercedes Pérez de Vargas (todas ellas pertenecientes a géneros teatrales de mayor prestigio que las variedades), pero la única a la que la prensa diferenció entre todas fue a Fornarina. Había algo en ella, su sencillez, su simpatía, su generosidad sin alardes, su belleza cercana y sin artificios, que le hacían ser seguida con cariño por el gran público. Las otras eran admiradas y estaban, acaso, mejor consideradas. Pero ella era sin duda la más querida.

Toreros de 1913 antes del paseillo

Ese mismo mes de mayo aparece en el número 10 de la revista taurina "Palmas y Pitos" una curiosa entrevista a Fornarina, donde se le pregunta su opinión sobre la fiesta de los toros y sus preferencias en cuanto a las principales figuras de la temporada. Aunque Bombita es su favorito, prefiere no explayarse por no molestar a una compañera, refiriéndose sin nombrarla a La Goya, por entonces novia del torero; en cuanto al favorito del público, el Gallo, es tajante, no le gusta nada porque cada vez que le ha visto ha sido huyendo y "tirándose de cabeza al callejón"; el tercero en discordia es Vicente Pastor, al que califica de "desangelao" e "inglés vestido de torero", calificativo éste que para un matador de toros debía de significar algo realmente terrible...
Vicente Pastor fue un torero de gran arrojo
y físico poco favorecido

En lo que a las corridas de toros se refiere, Fornarina tiene una opinión ambigua pero valiente: como española le gusta el ambiente de la plaza, el brillo y la policromía del traje de los toreros, "las mujeres con mantilla blanca y claveles rojos", la música, los gritos y el ambiente en general pero, para ser sincera, no le gusta la lidia en sí, sufre por los caballos y los toreros (literalmente en este orden), en realidad no entiende nada de corridas de toros y lo pasa mal cuando va a alguna. Precisamente por esta época se rumorea sobre un beso robado por cierto famoso torero a la cupletista, en un lugar tan público como una estación de tren. Fue un rumor de incierta base que ni pudo ser confirmado ni llegó tan siquiera a la siguiente estación. Fornarina, discreta y con veleidades intelectuales, tuvo siempre unos gustos muy particulares en lo que respectaba a los hombres y en estos gustos los toreros, simplemente, no entraban.

Mantillas blancas y claveles rojos: la imagen tópica y típica
de la española taurina de principios del siglo XX

El 22 de mayo Fornarina hace su despedida y beneficio en el Apolo. Comienza la temporada de verano en Alicante, donde debuta el 5 de junio en su Teatro de Verano. Cumplirá con numerosos contratos en el extranjero, entre los que destaca el gran triunfo obtenido en el salón Wintergarden de Berlín, ciudad donde tiene ya incondicionales seguidores y donde posará este mismo año para una exquisita colección de tarjetas postales. La Fornarina que aparece en estas postales se aleja de la imagen de cupletista francesa que cultivaba en su país y es más racial, más de "española de pandereta", muy al gusto berlinés. Está en la plenitud de su belleza, y su sonrisa resplandece, radiante y auténtica, hasta debajo de un sombrero cordobés de pega.
Las postales berlinesas de Fornarina están entre las más
conocidas y fueron ampliamente comercializadas en su época

Sigue cumpliendo con diferentes compromisos pero, a diferencia de años anteriores, se toma en verano unos días de asueto en Biarritz sin que medie actuación alguna. De estas pequeñas vacaciones nos dejó un delicioso reportaje fotográfico que, remedando al del famoso banquete en Parisiana, bien podía haberse titulado: "Fornarina entra en el agua. Fornarina sale del agua. Fornarina se seca". Las poses playeras al estilo rígido y poco natural que imperaba en la época, nos muestran a una Consuelo poco favorecida, con una expresión inescrutable que no se corresponde con un momento tan lúdico y, se supone, placentero. Siendo como fue una gran profesional, con un concepto tremendamente moderno de la importancia de la propaganda para la carrera de una artista como ella, podemos suponer que este reportaje fue una autoimposición publicitaria a la que se sometió en un momento de su vida poco propicio. El corsé debajo del bañador nos da la pista definitiva: en realidad está trabajando y no divirtiéndose.
Esa manera tan natural de entrar en el agua...

...esa salida, no menos natural, con bañero "cachas" incluido...
...y esa pose final, digna de un número del Folies Bergère.

Durante el resto del año sigue trabajando especialmente fuera de España. Los viajes son constantes y obedecen a un buen momento profesional tanto como a uno pésimo en lo personal; una especie de huida hacia adelante que lleva a Consuelo a buscar la evasión y el olvido. Es posible que fuera esta la época en la que, según algunas fuentes, comenzó a consumir opio. Personalmente me cuesta creer que una mujer como Fornarina tuviera propensión a una adicción como esa. Alguien con su tenacidad, su capacidad de lucha y sus ambiciones, no parece capaz de caer en algo tan anulador de la propia personalidad como es la droga. Por otra parte, es cierto que el opio estaba de moda y su consumo no estaba mal visto en según qué ambientes. Me inclino a creer que, de ser verdad esta dependencia, fue tan breve como fácilmente superable y se debió a su ruptura con Cadenas, a su neurastenia y quién sabe si también a las crisis de su enfermedad, que le causaba dolores cada vez más intensos.
Afortunadamente sigue a su lado su amiga Nati, alegre camarada en los buenos momentos y leal compañera en los más tristes. Gracias a ella, su casa no está vacía ni le falta quien le "cante las cuarenta", insistiendo constantemente en que debe cuidarse más y acceder a la operación que en tantas ocasiones le han recomendado. Consuelo, impermeable a los buenos consejos, no escucha a su amiga. La relación entre las dos comienza a resentirse, de forma sutil pero imparable.

La imagen más sofisticada y elegante de Fornarina,
la más parisina de las cupletistas españolas

El año termina con el "escándalo de los brillantes" del que ya os he hablado en un Intermedio. A pesar del quebradero de cabeza que supuso para Consuelo, no dejó de ser un inconveniente de tipo ligero que terminó de la mejor manera y le aportó la dosis justa de publicidad. Gracias al trabajo, a sus amigos y a su público, Consuelo continúa con su lucha. Aún le quedan por vivir grandes satisfacciones profesionales y alguna que otra grata sorpresa en lo que al corazón se refiere.

lunes, 7 de marzo de 2011

Intermedio: Las joyas de la Fornarina


Fornarina con parte de sus "pedruscos": una cupletista
sin brillantes
era como un jardín sin flores


En el annus horribilis de 1913 -que para Consuelo marca el comienzo del fin de su relación con Cadenas- un suceso que podríamos calificar como un intento de estafa, empaña aún más si cabe una situación personal bastante inestable.
Ya hemos hablado de la importancia que las cupletistas le daban al lucimiento de joyas de gran valor y vistosidad. Especialmente los diamantes eran considerados como el adorno imprescindible de la mujer elegante y, sobre todo, como la demostración más palpable de su poder adquisitivo, de su fama y de la calidad de sus admiradores. Además tenían un gran valor como inversión de futuro, en tiempos en los que una pensión o un seguro de vida quedaban descartados por su rareza. Por todo ello no es de extrañar que artistas de renombre (Úrsula López, Julia Fons, Rosario Pino, Preciosilla, Fornarina,...) tanto en el teatro serio como en el género ínfimo, se convirtieran en auténticas expertas en diamantes, en lo que a carats, engarces, tonalidades y tallados se refería. Era difícil engañarlas, pero no imposible.

Ursula López, prototipo de la diva extravagante,
fue famosa por sus joyas y su ostentoso automóvil

La Preciosilla, luciendo aquí algunos de sus diamantes,
fue una cupletista de talento discreto pero gran belleza

Según contó Consuelo (nos atendremos a su versión, que para algo este blog está dedicado a ella) el 27 de octubre de 1913 se encontraba en Madrid, alojada en el hotel Palace. Tras una corta temporada de descanso, se disponía a salir esa misma noche en el sudexpress rumbo a París primero y más tarde a San Petersburgo, donde tenía un contrato que cumplir. Siempre según su versión, recibió una nota del joyero Lacloche que quería verla antes de su partida para ofrecerle "una pareja de brillantes muy interesantes".
Este joyero, judío de origen francés, formaba parte de una prestigiosa saga, los Lacloche Frères (Fernand, Jacques, Jules y Leopold), establecidos en Madrid desde 1875 y a los que les fueron tan bien las cosas que más tarde ampliarían el negocio, abriendo tiendas en San Sebastián, Biarritz, París y Londres. Su tienda de Madrid, en la calle Sevilla, era considerada como una de las más importantes y novedosas joyerías de España, y a ella acudían no sólo cupletistas sino también damas de la alta burguesía y de la aristocracia.

Fachada de la tienda que los Lacloche Frères abrieron en 1911
en el número 2 de Bond Street en Londres

Siendo como era la joyería de moda, Fornarina ya había adquirido allí anteriormente algunas de sus alhajas y, por tanto, accedió a recibir a Lacloche en el Palace a unas horas un tanto intempestivas. Es de suponer que ante clientes de importancia un joyero se trasladaba a donde fuese preciso y a la hora que fuera necesario. Nada podía obstaculizar un buen negocio.
Lacloche llegó al Palace a las 6 de la tarde y le enseñó a Consuelo una pareja de pendientes con unos pedruscos de gran tamaño. Unas piezas realmente excepcionales, tanto como su precio: 35.000 pesetas de 1913. Consuelo regatea -era de esperar- y el precio baja a 33.000. En esos momentos no lleva encima tanto dinero en metálico y además ya es de noche y, con la luz artificial del interior del hotel, no se puede apreciar bien la calidad de los diamantes. Lacloche llega a un acuerdo con Consuelo: se puede quedar los pendientes, sin compromiso, para verlos a la luz del día y decidir si le convienen. Daría en pago, eso sí, esa misma noche, unos solitarios(1) y un collar ya comprados a Lacloche y tasados por éste en 23.500 pesetas, y el resto se pagaría en cash, sacando Consuelo 9.500 pesetas de su cuenta del Crédito Lyonés esa misma tarde.
Hasta ahí, todo bien. Lacloche se va con los solitarios y el collar más las 9.500 pesetas en metálico en el bolsillo. Fornarina mete los pedruscos en la maleta y parte hacia París, olvidando de momento el asunto. Pero ¡ah!, dieciséis horas después y ya en Hendaya, llega la mañana y con ella la luz del día, tamizada y gris, pero luz natural al fin y al cabo. Y esa luz inmisericorde muestra a Consuelo unos pedruscos enormes, sí, pero "de mucho color, desiguales y mal tallados". No valen, ni por el forro, las 33.000 pesetas que se pretenden. Al llegar a París las lleva a un tasador y se entera de varias cosas: que su valor no llega a las 13.000 pesetas y que son el resultado de un lote de 500 carats, procedentes del tesoro de Abdul Hamid que se subastó en París, y del que resultaron un tipo de brillantes que en la capital francesa nadie quería por su exceso de color e imperfecciones. Pero lo que allí nadie quiere bien podría colar en países meridionales, donde al parecer no son tan tiquismiquis con dichos detalles. Fornarina descubre así el engaño e inmediatamente le pone un telegrama a Lacloche diciéndole que deshace el trato al sentirse perjudicada y le pide la inmediata devolución de sus alhajas y del dinero en metálico. Lacloche, por supuesto, no sabe y no contesta.


En tiempos sin teléfono móvil ni internet, el telegrama era el medio
más rápido y eficaz de comunicación

Fornarina regresa precipitadamente a Madrid y, de nuevo, se deja embaucar por el joyero. Éste le dice que ya no tiene sus joyas, que las vendió, que no dispone de dinero en metálico y que, a cambio de los malhadados pedruscos, le ofrece un collar y unos pendientes fetén, por valor de 45.000 pesetas. Y todo esto, de nuevo con nocturnidad y alevosía. Consuelo, que no aprende, se lleva el collar y los pendientes para tasarlos al día siguiente y se encuentra con un nuevo fraude: no llega su valor a las 25.000 pesetas. A estas alturas ya nadie sabe muy bien qué es lo que está pasando allí, ni siquiera la misma Consuelo, así que se lleva el collar y los pendientes a la Dirección General de Seguridad y los deposita en manos del mismísimo director, el Sr. Méndez Alanís, a la sazón amigo o al menos conocido de la artista.
El joyero, al ver perdidas sus joyas, pone el grito en el cielo, con un "sacré bleu" o un "maldita sea", porque el hombre era bilingüe y de cierta cultura. Y a continuación del grito, pone una denuncia. La denuncia sigue su curso y llega a los tribunales con inusitada celeridad, seguramente bajo la presión de las declaraciones en prensa de Fornarina que, siento decirlo, llega a calificar al joyero de "ese tío judío" y lo define como un "vivo" y un fantástico que lleva una "vidita de juerga con unas y con otras". Lo del antisemitismo no tiene disculpa -aunque era algo bastante común en la sociedad de la época-, pero sí es cierto lo de la vida disipada ya que, al parecer, Lacloche estaba pasando por una temporada difícil, con muchos gastos y una falta de crédito que estaban poniendo en peligro su negocio. Además ya había tenido algún que otro desencuentro con clientas tan importantes como la actriz Julia Fons o la marquesa de Viana.


Para joyas, las de la Bella Otero: se las jugó todas
en los casinos de Niza y Montecarlo...

El caso Lacloche-Fornarina llegó a los tribunales y el relato del esperpéntico juicio dice mucho de la falta de medios de la justicia en la España de 1913 (cien años después, la situación no ha mejorado mucho). Fornarina, la demandada, es asistida por su guapísimo letrado, Fernando Guitart, y aparece en la Casa de los Canónigos impecablemente ataviada, elegante pero sobria, dejando por los pasillos tras de si la estela de su perfume. Los ujieres y escribientes se asoman y cuchichean: "¡Recórcholis, qué guapa!", mientras ella, impaciente, golpea con sus pies contra el suelo el compás del cuplé de "La Martinica". Tras las declaraciones de demandante y demandada, hay un careo, interminable, en el que no se llega a ningún acuerdo entre las partes. Pasa el tiempo, se hace de noche y "el amanuense, dirgiéndose al señor juez, lanzó una afirmación categórica: -¡Nos quedamos a obscuras!". Y no era una frase de sentido figurado ni una metáfora sobre la falta de entendimiento de las partes, no, tratábase de la verdad pura y dura, porque el pobre hombre no se veía ya ni los dedos de las manos y en el vestusto edificio, todavía sin luz eléctrica, no fueron capaces de encontrar "ni un quinqué de petróleo, ni una vela...". Alguien salió zumbando a buscar unas bujías y, entre la oscuridad y la luz, al joyero y a la cupletista se les quitaron las ganas de seguir discutiendo. El juez da por terminada la diligencia y, bajo la trémula luz de una sencilla bujía prestada, insta a los careados a firmar el acta. No hay avenencia, así que vuelvan ustedes mañana.

Portada de ABC del 29 de noviembre de 1913, en la que aparecen
Fornarina y su abogado, Fernando Guitart

Al final -que siempre hay un final para todo, incluso para los procesos judiciales en España- y, tras una tasación pericial hecha por los joyeros Henry Vignan y Linaceroso, se llega a la conclusión de que, efectivamente, las joyas depositadas en Jefatura valen menos de 29.000 pesetas (muy lejos de las pretendidas 45.000) y que los ya célebres pedruscos valen exactamente 19.650 pesetas. Así las cosas el juez de instrucción Felipe de Santiago Torres, dicta el auto de procesamiento y ¡prisión provisional! contra el infeliz joyero. Se tiene en cuenta, además, la forma en que se realizó la venta, de noche, con luz artificial, con prisas y contando con la falta de conocimientos sobre el tema que se le suponía a la cupletista. Y ésta pasa así de demandada a víctima y el joyero de demandante a imputado.

Exquisito broche de la casa Lacloche, años 30, con zafiros,
zafiros rosas, esmeraldas, citrinos y... diamantes

Se le impone a Lacloche una fianza de 3.000 pesetas, que suponemos sería pagada por alguno de sus hermanos. La familia es la familia y está para algo. Y para hacerle justicia al señor Lacloche, al menos un tipo de justicia histórica y casi poética, hay que decir que su casa se hizo muy famosa en las décadas de los años 20 y 30 con sus exquisitos diseños art decó, que alcanzaron fama mundial.

Fornarina se quejó amargamente de haber sido demandada por algo de lo que no era culpable y llevada ante un juez, por primera vez en su vida, siendo como era la parte más perjudicada de la historia. En una entrevista que le hizo el Duende de la Colegiata, aparece en las fotografías con un impresionante mantón de armiño y un sombrerito adornado con una pluma de longitud desorbitada. Hay en sus quejas ante el periodista una nota falsa, un algo de capricho, de berrinche de niña mal acostumbrada. Parece haber olvidado sus más que modestos comienzos en el espectáculo, y no digamos su vida anterior, entre el lavadero y la prostitución callejera. Nada queda de aquella chiquilla miserable en esta dama cubierta de diamantes, pieles y plumas de pavo real. O acaso sí, acaso es precisamente esa chiquilla maltratada por las circunstancias de sus orígenes la que se queja, la que, por primera vez en su vida, se permite el lujo de una pataleta. El lujo del brillo de unos pedruscos... de pega.


(1)Estos solitarios eran un "recuerdo sentimental" para Fornarina y le costó mucho desprenderse de ellos, aunque luego volvieran a sus manos. Acaso se trataba de un regalo de Cadenas, brillantes testigos de tiempos mejores que, en este caso, no volverían nunca más.


sábado, 12 de febrero de 2011

LA FORNARINA XII: Algo está cambiando

Fornarina nunca dejó de ser, en el fondo, la chulilla Consuelo
envuelta en su mantón "alfombrao"

A diferencia de 1911, el año 1912 será más tranquilo para Consuelo, a pesar de comenzar con un rumor del que en realidad se viene hablando desde hace años: una tournée inminente de Fornarina por América que comenzaría en Nueva York. Aunque ella nunca lo confirma, en la prensa se da por hecho que tiene ofertas firmes y muy suculentas, ya que sería aumentado sensiblemente el caché de Fornarina en Europa que es en estos momentos de 4 ó 5.000 duros al mes, cantidad muy apreciable en 1912. Se habla incluso de que formaría una pequeña compañía junto con La Goya y Quinito Valverde. Sea como fuere este proyecto nunca se cumplió y en la carrera de Fornarina siempre quedó pendiente el "hacer las Américas", quién sabe por qué motivos.

El Flatiron Building de NuevaYork, en 1910

Descartada la gira americana y todavía bajo contrato con la agencia de monsieur Marinelli, Consuelo seguirá con sus actuaciones europeas pero, a diferencia de los cinco últimos años, la tendencia se invertirá y la mayor parte de sus contratos serán en salas españolas.
Así en enero de 1912 está actuando en el Eslava, en programa especial detrás de obras tan dispares como "La corte de faraón", "La viuda alegre", "La mujer divorciada" o "El Revisor". Fornarina era una especie de seguro de éxito en cualquier representación. Si la obra -generalmente género chico, sainete u opereta- funcionaba regular o mal, se reemplazaba por otra, pero Fornarina permanecía como número final, asegurando así la asistencia del público.

Una polifacética Fornarina, caracterizada para diferentes números

El 16 de enero, tras una pequeña gira por provincias, actúa en el Eslava a beneficio de la Asociación de la Prensa. El programa es muy revelador del signo de los tiempos: primero "La mujer divorciada", en segundo lugar películas de la Casa Pathé y por último Fornarina que, acompañada al piano por Quinito Valverde, canta temas de su repertorio tan populares como "El primer amor", "¿A dónde va usted?", "El tuteo", "El polichinela" y "El sátiro del ABC".
Precisamente en la crítica que en el periódico ABC aparece, sobre esta actuación, se nos hace una detallada descripción de lo que era un recital típico de Fornarina: un comienzo tímido, una voz trémula, una actitud medrosa e insegura, que, poco a poco, se va afianzando en la voz y en la presencia. Una voz acariciadora, argentina, bien modulada, de acento insinuante y perfecta dicción. Todo ello unido a una presencia encantadora, natural, que provoca reacciones de simpatía y deleite en el público, definitivamente entregado a la artista mucho antes del segundo tema.
Caricatura de 1912: Fornarina manejando a los hombres,
como si de marionetas se tratase

A finales de enero se celebra en el estudio del famoso fotógrafo Calvache una comida de amigos con la excusa de homenajear a la cupletista, y ella misma ejerce de cocinera de un arroz con pollo o paella (de las dos formas aparece referenciado), ya que al parecer era muy aficionada a la cocina y disfrutaba realizando tales menesteres domésticos en su vida diaria. En el Heraldo de Madrid apareció hasta un "Poema del arroz con pollo", por lo cual colegimos que no debía ser mala cocinera. Este gusto por lo doméstico -real o simulado- estaba muy bien visto entre las artistas de variedades, ya que así se mostraban ante el público como mujeres normales y corrientes, es decir, inofensivas. Promocional o auténtico, Consuelo manifestó en múltiples ocasiones su gusto por las tareas del hogar.

Consuelo cocinando arroz con pollo, con mención especial para
su atuendo: mandil bordado y canesú con chorreras

El 8 de febrero se despide del Eslava para hacer la ya clásica temporada parisina, pasando antes por Barcelona, cita también clásica en la agenda de Consuelo.
Por estas fechas aparece la primera mención en la prensa de las "veladas en la casa de Fornarina". Estas reuniones en las que se congregaban amigos y conocidos de Consuelo, procedentes principalmente del mundillo intelectual y periodístico, tienen un gran interés a la hora de comprender la verdadera personalidad de Fornarina y merecen un desarrollo más extenso en el próximo capítulo. Teniendo en cuenta que todavía en 1913 Fornarina aseguraba no ser propietaria, estas primeras veladas se celebrarían seguramente en algún meublé alquilado por la artista y no compartido, al menos oficialmente, con Cadenas.

Una juguetona Fornarina fotografiada en la famosa
Venta de Eritaña de Sevilla

En mayo regresa a España procedente de París y actúa en el Salón Llorens de Sevilla. En la capital de la canción española, del flamenco y de la tonadilla andaluza, en la cuna de la copla (que desbancará al cuplé, hasta hacerlo desaparecer, en menos de veinte años) el estilo de Fornarina, tan parisino, tan europeo, es esperado y bien recibido. No en vano sus "Clavelitos", de aire pretendidamente andaluz, se han convertido en una especie de himno a lo español en el resto de Europa. Desgraciadamente, parte del público sevillano -como ya va siendo costumbre en otros escenarios de España- se cree en el derecho de recibir su ración de sicalípsis por parte de Fornarina. Esa etapa de su vida, de su arte, pasó hace tiempo y no está dispuesta a rebajarse a ciertas pretensiones. La actuación queda deslucida; hay, como en los toros, división de opiniones.
A continuación es contratada en Zaragoza y allí sucede otro pequeño escándalo. La noche de su debut, el día 6 de junio, de nuevo hay división de opiniones entre el público asistente a la función, pero en este caso se termina provocando una bronca de tal magnitud que, al día siguiente, el gobernador civil decide mandar varias parejas de los cuerpos de seguridad para garantizar el orden. Y así la noche del 7 de junio, una Fornarina serena y sonriente, comienza su actuación enfrentada a lo imprevisible. Al finalizar la primera canción, el público le tributa una gran ovación de desagravio, que se repetirá en todos y cada uno de sus temas. Al finalizar la actuación, muy emocionada, tiene que salir a escena varias veces para agradecerle al público zaragozano tan espectacular acogida. ¿Qué había ocurrido el día anterior? ¿A qué se debía este cambio de actitud? Misterios del cuplé. O de la claque.

De un patio de butacas puede esperarse cualquier cosa...

La claque, termino ambiguo que en su original francés significa algo así como bofetada, en realidad era la denominación que se daba a los grupos contratados en muchas ocasiones por los propios empresarios y artistas, que decidían en los teatros qué representación iba a ser un éxito clamoroso el día del estreno, cual iba a ser pitada o ignorada, qué actor tenía el beneplácito del público o cual había caído en desgracia, por los motivos que fueran. Podían tener gran influencia y ejercer cierto tipo de chantaje sobre autores, empresarios e intérpretes. En el caso de Fornarina no hay datos fehacientes sobre la influencia, negativa o positiva, de la claque en su carrera. Pero muchos de sus escándalos sobre el escenario tienen una firma equívoca, casi gratuita, que no parece obedecer a ningún otro estímulo que no fuera el de la influencia de estos reventadores profesionales.

A pesar de todo, Fornarina continúa con su carrera imparable, todavía considerada como la número uno entre las cupletistas. Así en julio está actuando en Barcelona, en el teatro El Bosque y es agasajada con una merienda, organizada por el semanario barcelonés El Cine.
De cómo el cine contribuyó a la desaparición del género chico en España, poco se puede añadir que no se sepa. En 1912 todavía era considerado como un espectáculo menor, aunque no minoritario. Muchas salas ofrecían como complemento en su programa rollos de películas francesas o americanas. Charles Chaplin, o mejor dicho su personaje Charlot, comenzaba a ser conocido, así como otros actores o actrices, en comedias o dramas, herederas directas unas y otras del teatro y las variedades. Pero el cine no podía ser considerado aún como un enemigo, tan sólo como un complemento, un hermano pobre: sin sonido ni color, no era rival para el teatro. Al menos, todavía.
El público español de principios del siglo XX frente
a una pantalla de cine: entonces, como ahora

En agosto continúa trabajando en Barcelona, contratada en el Novedades. Y allí, de nuevo, tiene lugar un pequeño escándalo. Actuaba en el mismo programa la chanteuse y diseuse francesa Nitta-Jo. El avispado empresario del Novedades contrata a ambas y organiza esta actuación al alimón, esperando obtener un lleno total al reunir a unos partidarios enfrentados de la francesa y de la madrileña, más que dispuestos a armar bronca. Ciertamente, los estilos de ambas no podían ser más diferentes: Nitta-Jo era una cantante dramática, una especie de apache trágica, de voz desgarrada y gesto arrabalero; Fornarina era la pícara delicada, la chula madrileña procedente del pueblo pero pulida en los salones de los hoteles de lujo, de voz trémula y ademanes ingenuos.

Nitta-Jo nació alrededor de 1890 en Marsella, y tuvo
una larga
carrera que llegó hasta finales de los años 30

Pero, además, Consuelo no se encuentra en su mejor momento. Una antigua dolencia, de la que apenas se sabe nada pero que al parecer le fue diagnosticada durante su estancia en Leipzig, ha vuelto y le causa fuertes dolores. Físicamente se encuentra en inferioridad de condiciones con respecto a la cantante francesa.

Los partidarios de Nitta-Jo silban la actuación de Fornarina y ésta, poco acostumbrada a no ser considerada como la primera estrella del cartel, se niega a actuar la noche siguiente y rescinde su contrato, saliendo precipitadamente hacia París. Los espectadores pidieron la devolución del importe de sus entradas para esa noche, organizándose una bronca considerable a las puertas del teatro. Incluso se habló de un duelo entre un amigo de Consuelo y un militar, partidario de la cantante francesa. Todo quedó en nada, como siempre, pero este tipo de escándalos teatrales estaban comenzando a convertirse en una molesta costumbre en las actuaciones de Fornarina. Algo está cambiando, tanto en el gusto del público como en la vida de Consuelo.

Desde mediados de agosto hasta primeros de septiembre, se encuentra en Madrid actuando en el Edén Concert, algo que se podría considerar como una vuelta a sus inicios sino fuera porque se trataba de funciones benéficas, a título de estrella invitada. En estas funciones benéficas se hace un poquito de todo, desde un concurso de mantones hasta una rifa de besos, pasando por las actuaciones de otras cupletistas y artistas del varietés, tales como Petite Copelia, Elvirita Ramos, el trio Rui-Car o la pareja Muñoz Lillo.
Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos
a aquellas discográficas pioneras...

Durante este año de 1912 realizará muchas de sus grabaciones para "La voz de su amo". Gracias a ellas, la voz de Fornarina ha llegado hasta nosotros, si bien no en todo su esplendor, sí al menos lo suficiente como para hacernos una pequeña idea, aunque sea lejana, del encanto y la personalidad artística de la maravillosa Consuelo. En este mismo blog tenéis alguna de estas grabaciones, merece la pena disfrutarlas.

Después de una temporada fuera de España, en octubre Consuelo es contratada por el teatro Sanchís de Oviedo, donde dará tres funciones, esta vez con enorme éxito. A continuación actúa en Bilbao y después pasa una corta temporada en Madrid, descansando, antes de salir de nuevo hacia París. Antes de su marcha, es entrevistada para el Heraldo de Madrid por el célebre periodista el Duende de la Colegiata, junto con otras artistas del elenco del teatro Eslava. Le pregunta de nuevo por los rumores de boda y Fornarina, de nuevo, los desmiente. Lo que sí cuenta es la pérdida o robo que acaba de sufrir en la estación de tren de Miranda de Ebro: nada menos que 4.000 pesetas de la época que portaba encima como si cualquier cosa y que, horror, se le han caido del bolso en un descuido. Estas historias de pérdidas, robos y estafas le daban un punto de interés a las carreras de las cupletistas, y la prensa se encargaba puntualmente de difundirlas cuando no de aumentarlas o incluso inventarlas.

La maravillosa Julia Fons, caracterizada como
Lotha en "La corte de Faraón"

En la foto publicada con esta entrevista, borrosa por el paso del tiempo, aparece el Duende rodeado de las artistas del Eslava (entre otras, la extraordinaria Julita Fons) y una sonriente Fornarina que, sentada en el centro del grupo, destaca por su elaborado atuendo: traje à la mode, gran sombrero y boa de plumas. Acaba de llegar de la calle y se pasa por el Eslava por algún motivo de tipo personal, ya que no está allí contratada. Sus compañeras aparecen vestidas con más sencillez, pilladas acaso antes o después de algún ensayo y parecen algo eclipsadas, formando una especie de comparsa de la estrella. Fornarina es en estos momentos una diva, es rica, es famosa, joven y guapa, todavía admirada casi incondicionalmente.



Tres momentos de diferentes coreografías de Loïe Fuller

A finales de diciembre llega a Madrid, presentada como el gran acontecimiento de la temporada, una madura Loïe Fuller, la excéntrica bailarina norteamericana. Su espectáculo, basado en los efectos de la iluminación sobre sus amplios vestidos, flotando alrededor de su cuerpo en movimiento, ha sido la sensación en Europa, especialmente en París, desde su debut a finales del siglo XIX.
No sabemos si Fornarina acudió a ver su actuación pero es improbable ya que, por estas mismas fechas, está actuando en el Eslava, acompañada de nuevo al piano por Quinito Valverde. Aunque no se considera su recital como "el gran acontecimiento de la temporada", es muy aplaudida y Fornarina se siente ante todo querida, envuelta por la calidez del público madrileño, siempre incondicional con su "chulilla" favorita.

Consuelo y Quinito en 1912, fotografiados por Alfonso,
o cómo el tiempo inclemente no respeta ni el papel de periódico

Termina 1912, con su nochevieja de champagne y uvas, tradición que todavía nos une a todos, pasado un siglo. Consuelo la celebra sin saber qué le deparará 1913, quizá con pequeños rituales de la buena suerte, quizá trabajando en el escenario del Eslava, sin tiempo para pensar en otra cosa que no sea el número siguiente. Hay algo en su interior, algo muy profundo, que se mueve. Su salud no es buena, tiene extraños presentimientos. La relación con Cadenas está en su momento más crítico. Todo se tambalea bajo sus pies pero ella, Consuelo la Fornarina, no pierde la sonrisa. La vida es bella y le aguarda, colmada de futuras dichas, a la vuelta de la esquina de 1913.

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