La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época

La Fornarina y otras cupletistas que marcaron una época: mujeres ayer admiradas, hoy olvidadas

La moda en 1910

La Gran Guerra, nombre con el que se conoció en su momento a la Primera
Guerra Mundial, propició un cambio radical de la moda femenina
En la década que comprende de 1910 a 1920, comienzan a darse en la moda cambios impactantes y decisivos, exactamente igual que sucede en la sociedad de la época. Tan sólo la década siguiente conseguirá superar a ésta en cuanto a transformaciones radicales, pero es sin duda el período posterior a la Primera Guerra Mundial uno de los más innovadores en la historia del atuendo femenino.
Los cambios serán sutiles y pasarán desapercibidos hasta que, como una ola de destrucción -y creación- gigantesca, llega la Gran Guerra. Nada volverá a ser lo mismo. Merece la pena detenerse en cada uno de los cambios que se produjeron durante ese significativo periodo. Por ello, y debido a las grandes diferencias que podemos encontrar en la década, he querido dividir esta entrada en dos capítulos dedicados al antes y al después de la guerra.

De 1910 a 1914: las últimas bocanadas de la Belle Époque
Ya hemos visto cómo, en las tres décadas anteriores, la mujer ha ido incorporándose lenta pero imparablemente al mundo laboral. La delicada, al mismo tiempo que recargada, silueta de la Belle Époque se irá transformando a medida que se transforma la mujer y su entorno.
A comienzos de la década la moda femenina tenía todavía el recargado
aspecto de la década anterior, aunque con una silueta menos forzada
El corsé, las largas colas y los sombreros voluminosos no son compatibles con una mujer que se incorpora al trabajo, a los estudios superiores y a ciertos cargos de responsabilidad que ya no se circunscriben tan sólo al ámbito doméstico. Pero ya hemos visto en anteriores capítulos que los cambios en moda nunca son instantáneos sino más bien lentos e inseguros. Así, al comienzo de la década, todavía algunas mujeres se resisten a prescindir del sofisticado corsé que marcara la artificiosa silueta en "S", así como de las faldas largas que ocultan sus correspondientes enaguas. A medida que pasan los años, los corsés se simplifican y se convierten en discretas fajas o desaparecen. Las enaguas comienzan a no tener razón de ser bajo las faldas cada vez más sencillas y estrechas. Tan estrechas que, de hecho, el incombustible Poiret lanza a comienzos de la década un modelo de falda trabada que durante un tiempo -poco, todo hay que decirlo- llega a convertir la forma de andar de las mujeres en un verdadero tour de force.  La línea se completaba con un cuerpo con largo asimétrico, rematado en el bajo con un aro y que recibió el nombre de "pantalla". Esta moda tuvo más aceptación que la falda trabada, acaso por las múltiples posibilidades que ofrecía, con remates de plumas o incluso lujosas pieles. O acaso porque, por lo menos, permitía libertad de movimientos.
En esta deliciosa ilustración de Georges Lepape podemos apreciar
el cuerpo "pantalla" y la falda trabada, ambas creaciones de Poiret 
El talle, como respuesta a la cintura de avispa, no sólo se libera sino que sube hasta situarse debajo del pecho, como una especie de revival del estilo imperio de comienzos del siglo XIX. Los vestidos, realizados en tejidos ligeros como la gasa montados en capas superpuestas, se utilizarán especialmente para la noche y seguirán imponiendo una imagen de mujer pasiva, delicada y vulnerable.

En esta ilustración de 1914, de Georges Barbier, podemos ver el típico vestido de talle alto,
complementado con un collar largo y turbante de fantasía, todo muy Poiret
Seguirá triunfando la inspiración oriental, como la japonesa, con sus delicados diseños y sus voluminosas mangas, así como la de la Grecia clásica con sus vestidos fluidos. Estas influencias del lejano o no tan lejano oriente, con sus fantasías de "Las mil y una noches",se desvanecerá en 1914 y la parte más pragmática de la vida comienza a imponerse. El lujo ostentoso y la imaginativa frivolidad de estos primeros años no tendrán cabida en años de necesidad y tragedia.

Tres ejemplos de damas elegantes hacia 1913: traje de tarde con perrito incluido,
vestido de noche de inspiración griega y suntuoso abrigo de ópera, rematado con pieles
En lo que se refiere al atuendo en sí, tenemos que hablar de dos grandes líneas principales: el conjunto sastre y el vestido. El primero se impone durante el día y se compone de dos piezas, la superior en forma de chaqueta, levita o abrigo, según su largo, y una falda que, a medida que va pasando la década, se va acortando y ensanchando. Trajes y vestidos seguirán teniendo un código formal diferente en lo que se refiere a tejidos, colores y formas. Se impone el traje sastre inspirado en el masculino, y en lo que se refiere a los tejidos empleados, las franelas y los tweeds en tonos grises o marrones serán los preferidos. Debajo de estos trajes se impone la blusa, normalmente blanca, que puede ser de un sencillo algodón liso o jugar con el encanto de los plisados y los encajes. El bordado inglés, que otorga a quien lo lleva un aspecto ingenuo y algo infantil, se llevará especialmente en verano.

Mary Pickford, con sus tirabuzones y su blusa de bordado inglés,
daba una imagen inofensiva, vulnerable y aniñada de la mujer
En cuanto a los vestidos, los grandes reyes de la indumentaria de la mujer de esta década, serán cada vez más sueltos y ligeros. El cuerpo se acorta y se ciñe, sin necesidad de corsé, con primorosos cinturones o lazos. Los tejidos para el verano: desde la sencillez del percal o la popelina a la sofisticación de las muselinas, rasos y organzas, en elegantes colores pastel (amarillos, rosas, azules o verdes) o en los más prácticos grises, blancos o cremas. En invierno, poca variación en cuanto a los tonos y los tejidos, con patrones más armados, cerrados y ceñidos.

Esta dama, vestida para el verano de 1914, a pesar de su cómodo atuendo
lleva todavía un aparatoso sombrero de paja, con flores y lazos
En cuanto a los sombreros, la complicación de los materiales y los volúmenes de las décadas anteriores, dará paso a una aparente sencillez, al menos en lo que al tamaño se refiere. Surge, rutilante, la moda del turbante que aúna la corriente orientalista con la creciente simplificación. Como adorno, las plumas siguen siendo las favoritas, en un principio en forma de airosa aigrette, solitaria, en dúo o trío, disparadas espiritualmente hacia al cielo o más mundanas hacia los laterales del tocado. Más tarde, esta pluma se acorta hasta desaparecer durante el día y volver a aparecer, rutilante, para la noche.

El magnífico turbante de terciopelo, rematado con dos aigrettes, completa este
atuendo de noche que incluye echarpe y manguito de martas cibelinas 
Todo esta forma de entender la moda, basada en el exceso, termina durante la guerra del 14 y no tan sólo para los países implicados en ella. El mismo París, centro neurálgico de la moda femenina, comprende bajo los bombardeos que las cosas tienen que cambiar, pero curiosamente serán otras nacionalidades las que impondrán las nuevas modas y modos. De todo ello os hablaré en el siguiente capítulo.

De 1914 a 1920: la mujer trabaja, la mujer se libera
Con Francia prácticamente fuera de combate, los dos países que influirán poderosamente en los cambios que se avecinan son Inglaterra y Estados Unidos. Del primer país, pionero de la lucha por los derechos de las mujeres -las célebres sufragistas inglesas-, y también bajo la influencia de la guerra, saldrá la imagen de una mujer más comprometida, emancipada y profesional, que tendrá durante los años del conflicto acceso a trabajos y responsabilidades tradicionalmente masculinos.

Cobradora de autobús en el Londres de 1917, con su falda corta
y sus botas masculinas, más contenta que todas las cosas
Desde Estados Unidos, con el tremendo y creciente auge del cine de Hollywood, nos llegará la imagen de una mujer más fuerte, natural y libre, con un tipo diferente de sofisticación, menos sumiso y vulnerable que el de la dama de la Belle Époque.

El corte de pelo estilo Bob, de origen estadounidense, era tremendamente
favorecedor y, para asombro de muchos, totalmente femenino 
Para empezar a hablar sobre esta interesante época, nada mejor que hacerlo desde arriba. Los sombreros seguirán teniendo una importancia vital en el atuendo femenino y esto no cambiará hasta que lleguemos a los años sesenta del siglo XX. Pero debajo de ese sombrero, hacia 1914, se produce un cambio básico: el peinado. Hasta entonces las largas melenas eran un must, con sus complicados recogidos que en muchas ocasiones recurrían a rellenos y postizos. Toda esa parafernlia que ocupaba horas en la toilette diaria de las mujeres, desaparece para dar paso a cortes de pelo tan cómodos como favorecedores. El Bob, inspirado en el corte de pelo de los niños (de ahí su nombre), con raya a un lado y flequillo, se convierte en el favorito y muchas chicas cortan sus magníficas melenas al ras de la nuca, siguiendo la línea de los pómulos. Raramente se deja liso y normalmente se rizan u ondulan las puntas, con tenacillas o bigudíes, dándoles un aspecto más femenino. En los años veinte el corte se radicalizará y se convertirá en el famoso corte a lo garçon, esto es, a lo chico.
Estos innovadores peinados piden, como es lógico, sombreros menos complicados y cómodos, cada vez más ajustados a la forma de la cabeza. Aunque en este caso, como en tantos otros de la moda, es difícil saber qué fue antes, el sombrero o el peinado. El caso es que los sombreros irán simplificándose... aparentemente. Es cierto que desaparecen los complicadísimos tocados de plumas, flores y pájaros disecados de las décadas anteriores, y los volúmenes se acortan tanto a lo ancho como a lo alto, pero después de la guerra surgen nuevas formas caprichosas, de nuevo cuño o inspiradas en el pasado, como los tricornios dieciochescos.

Trajes de paseo, creación de Georges Doeuillet para el otoño de 1920.
El modelo de la izquierda, complementado con tricornio de terciopelo
En muchas ocasiones un sombrero de gran moda era la mejor de las inversiones, incluso para una mujer de economía limitada, ya que salvaba más de un conjunto que, por su sencillez o sus materiales de escasa calidad, no hubiera resistido el examen público de la elegancia. La distinción entre la pobre y la rica seguía empezando en la cabeza: sencillo pañuelo o nada para la primera, sombrero o tocado para la segunda. Durante la guerra, con su escasez de materiales y su economía de subsistencia, la imaginación no subió tanto al poder como a la cabeza.
Este magnífico sombrero de plumas contrasta con la sencillez del traje
sastre y los zapatos abotinados, aportando elegancia y originalidad
En cuanto al atuendo, el vestido cede durante un tiempo el protagonismo ante el traje. Los talles de las chaquetas, que subieron en un primer momento, irán bajando desde la cintura hasta las caderas. En cuanto a  la falda, al comienzo recta y ajustada, va dando paso a otra más casual y cómoda. Los cinturones se harán imprescindibles para marcar esta nueva figura, pero serán sencillos y generalmente en el mismo material que el traje, o de cuero, inspirados en los cinturones masculinos. Por debajo, sencillas blusas de algodón o seda, con una moda efímera de cuello alto que se impondrá hacia  1919, pero que por lo común tenderá a los cuellos camiseros o de lazadas sueltas.Otra moda efímera pero altamente significativa fue la del uso de la corbata masculina, que "profesionalizaba" a las mujeres trabajadoras.
La utilización de la corbata, prenda masculina por excelencia,  fue un símbolo
de emancipación, en este caso suavizado por el collar de vueltas
Las anchas solapas de las chaquetas adoptarán formas de fantasía y jugarán con distintos materiales. Para el invierno los adornos en terciopelo, los grandes botones o el sofisticado azabache, serán los favoritos, junto a los remates de piel que resurgirán, con gran fuerza, al final de la guerra. En cuanto a los materiales, junto a los tradicionales masculinos, comienza su glorioso reinado -efímero, como todo en la moda- el más suntuoso y resistente de todos los tejidos: el terciopelo.

Extraordinario abrigo de Chanel para el invierno de 1920, en terciopelo marrón,
con sobrefalda, grandes botones y el talle bajo que empezaba a imponerse
Los colores, tonos profundos como el burdeos, el marrón caldero, el azul marino, el verde botella o el negro, para invierno y entretiempo, con tejidos como el ya mencionado terciopelo, la lana y la seda. En verano, los linos y algodones de la época de guerra darán paso, a partir de 1918, a otros tejidos de más caída y ligereza, como el crepé o el punto de seda. El término "caída", aparentemente sencillo y fácil de entender, alcanzará una inusitada importancia durante los años 20 y 30, marcando el estilo de la moda femenina. La caída de una prenda será fundamental para la imagen y la forma de vida de la nueva mujer.

Delicioso traje de Redfern en crepé verde, con falda de plisado soleil y levita
semientallada con solapa de vueltas estampadas, un modelo intemporal
Más cambios fundamentales: el largo de la cada vez más ancha falda, que se acorta hasta llegar a la pantorrilla y, en raras ocasiones, hasta debajo de la rodilla; el renacimiento del escote generoso, que alcanzará a los hombros y la espalda; y por último, pero no por ello menos importante, el surgimiento de un traje confeccionado específicamente para bailar, tanto el cakewalk como el foxtrot o el tango.

En esta conocida ilustración de Penagos, podemos ver un escotado traje ceñido
pero ligero, largo hasta la pantorrilla e ideal para bailar el tango
En cuanto a los complementos, aparte del sempiterno y ya mencionado sombrero, se limita el uso de las sombrillas, se llevan (cada vez menos) los abanicos de plumas para la noche y la joyería se va haciendo cada vez más evidente, siendo la bisutería una opción probada y aprobada incluso por las más elegantes. Los zapatos seguirán las líneas marcadas durante la década anterior: botines de cordones o botones durante el día (especialmente con el mal tiempo) y zapatos de tacón medio, especialmente para el verano o la noche. Los materiales en el último caso, satenes forrados al mismo tono del vestido o delicados tafiletes. Pero si el auge de los bailes de salón llegará a marcar el estilo de los vestidos, también lo hará con los zapatos y así, durante la década de los veinte, veremos grandes cambios y variaciones en el calzado femenino.
Este delicado y resistente botín de la firma Bally, de 1915, une lo bello con lo práctico
y es un magnífico ejemplo del calzado de día durante esta época
Por último, un repaso a la moda de baño y al atuendo deportivo en general. Pocos cambios hasta bien mediados los años veinte, cuando las prendas se acortan y se estrechan hasta extremos nunca vistos antes. El cada vez mayor número de mujeres deportistas, hace que se normalicen los atuendos específicos para cada actividad, haciéndose más cómodos y cada vez más parecidos a los de los hombres, aunque, ni qué decir tiene, las tenistas seguirán llevando largas faldas tableadas y las gimnastas no podrán prescindir de los enormes pololos. Los trajes de baño, de un tejido de punto extensible cada vez más fino, no tienen mangas pero bajan todavía hasta los muslos. Los gorritos y los albornoces, todavía son un must imprescindible.

Bañista de Ostende con traje de baño ceñido, de punto fino,
un modelo que será el más utilizado hasta mediados de los años veinte

En resumen
La década 1910-1920 no podría entenderse sin la influencia de la Primera Guerra Mundial y todos los cambios sociales que ésta provocó. Los esplendores artificiosos de la época del corsé llevarán a la frivolidad práctica de los años veinte, pasando por la austeridad de los años de guerra. Una mujer que en 1910 tenga veinte años llegará a 1930, con cuarenta, a transformar su imagen de forma radical: la larga y ondulada melena dará paso al pelo corto a lo chico, el largo de falda hasta los tobillos subirá hasta por encima de las rodillas, el torturador corsé dará paso a la lencería fina sin ningún tipo de sujeción, la cara lavada con agua de rosas se cubrirá de un recargado maquillaje y la actitud recatada de la mujer casadera dará paso a la compulsiva alegría de la flapper, que imita a los hombres bebiendo, fumando y flirteando sin descanso. Pero todo eso, en la próxima entrada.


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